El viernes pasado, cuando me enteré de que el Nobel de Literatura de este año es Kazuo Ishiguro, luego de la incredulidad y la sorpresa me sentí eufórico, casi reivindicado. Pero durante el fin de semana esa sensación se diluyó, se convirtió en decepción y melancolía, a medida que aparecieron, en periódicos, blogs y redes sociales, los comentarios de medios culturales, escritores, editores y lectores a quienes sigo y admiro, casi todos latinoamericanos, que criticaban la decisión de la Academia Sueca por aburrida, predecible, mediocre, conciliadora, conservadora o políticamente correcta. No faltó quien tachó al nuevo Nobel de decimonónico, ni tampoco quien sugirió que el peor defecto de su obra es precisamente la limpieza de su factura. Se lo trató de “segundón del dream-team británico”, se describió su galardón como un premio en bandeja de plata para el establishment editorial, y se lo tachó de “trabajador privilegiado sin cuestionamientos al sistema.”
El resultado es que ahora me siento todavía más solo que antes en mi forma de entender la literatura; pero me digo que acaso tenga utilidad, de pronto para mí mismo más que para el improbable lector de esta nota, que detalle las razones por las que este Nobel me toca de manera tan honda. Porque Ishiguro no es ni de cerca mi escritor favorito, y de hecho su última novela, “The Buried Giant”, me pareció mediocre; pero sigo sintiendo que es uno de los míos, que concebimos de forma muy similar el oficio anodino al que nos dedicamos. Y que conste que eso no lo afirmo con base en lo que él mismo haya dicho sobre su obra, sus ideas o sus métodos. Pocas cosas me parecen más aburridas e inanes que lo que los escritores parloteamos cuando nos entrevistan, o peor aún, las teorías, si es que así cabe llamarlas, en las que nos basamos para trabajar. Me obsesionan las narraciones, pero a veces casi que me ahuyenta de ellas su sórdida, mezquina y absolutamente prescindible trascescena.
Fue en parte pensando en eso que, al llegar anoche a la casa, saqué de la biblioteca mi viejo ejemplar de “The Remains of the Day” y releí las primeras veinte páginas, el prólogo en el que Stevens monologa en círculo sobre la posibilidad de tomar prestado el carro de su empleador para dar un paseo por un puñado de pueblos de Inglaterra. Y me volvió a sobrecoger la sencillez con que las características del personaje y las claves de la historia se acomodan en sus lugares sin que el lector se percate. En una primera, segunda y hasta tercera lectura puede parecer que en ese prólogo no pasa nada; pero tras bambalinas, con tal habilidad que todo lo que hace resulta invisible, Ishiguro halla la voz, intuye el alma y prepara el destino de ese mayordomo que ha erigido la servidumbre, la rigidez y el silencio en una especie de disciplina trágica.
Pero con eso no me bastó, tan ácida me había resultado la bilis de mis colegas. Así que también saqué “Never Let Me Go”, y releí un par de pasajes, igual de tersos y taciturnos, que detallan como desde lejos, sugiriendo apenas sus características, los dibujos de Tommy; y comprobé que se entrevén detrás de los trazos imaginarios, si uno se fija un poco y deja al texto hacer lo suyo, las claves de la rabia y el orgullo, la torpeza y el amor, la vulnerabilidad y el milagro, como quien intuye la masa de un iceberg al mirar la punta que sobresale del agua. Y la euforia no regresó con mis relecturas, pero sí la confianza. Otros tendrán sus convicciones, sus disciplinas o rebeliones, sus juegos o sus teorías; lo que yo tengo es esto, estas historias. En el fondo no soy sino un lector, y esto es para mí la gran literatura.
A Ishiguro se lo critica por blando, por tibio en sentido político y social, y eso me hace dudar que se entienda la crítica demoledora que esconde “The Remains of the Day”, no sólo de las instituciones inglesas en un cierto momento de su historia, sino también y sobre todo de cosas mucho más íntimas y centrales del sentir británico, como su obsesión con el decoro y el orden, su respeto patológico de las jerarquías, e incluso su desapego, su elegancia y su “flema”, que la novela revela tan cruel como calladamente como síntomas inequívocos de una insostenible hipocresía. Se lo condena por poco innovador y siento que se borran de un torpe codazo, no sólo la valentía de su apuesta por la fantasía y la ciencia ficción en tiempos en los que ningún esnob le va a perdonar que se incline por los “géneros menores”, sino también y sobre todo la complejidad alucinada de su Hailsham, los colores oníricos y nuevos de ese mundo que se lanzó a inventar con el coraje minucioso que sólo les es dado a los apocados. Pero sobre todo me pregunto en qué momento se decidió que el narrador, antes que narrador, tiene que ser filósofo y sociólogo, antropólogo e historiador, y siempre, o si no no vale, en clave deconstruccionista; que lo verdaderamente loable es lo experimental y lo mordaz, y un pecado mortal todo tipo de estructura que huela así sea vagamente a lo que se ha hecho antes; que ese fantasma que llaman “la forma” está ahí para conjurarlo haciéndolo pedazos; que el género literario por excelencia es la columna dominical, y la novela y el cuento su extensión cada vez más prescindible; y sobre todo que el escritor de verdad es un “intelectual”, léase voz desaforada y gritona y omnipresente que en vez de contar incendia y desgarra y escupe y desbarata y desafía y empuja y desestabiliza. De otra manera le hace el juego al sistema, es un lacayo más, y leer, y sobre todo admirar sus artesanías, es un síntoma de ingenuidad o de servilismo capitalista. Me pregunto en qué momento asumimos en Latinoamérica como axioma —y no dudo que el prestigio mismo del Nobel es uno de los culpables— que el escritor de ficciones es un “pensador”, y que su deber es primero para con la crítica social y la innovación formal, y sólo de forma secundaria y casi que fortuita para con el antiguo, y por eso mismo patético, arte de narrar.
Por eso, porque me parece síntoma de que en nuestro rapaz esnobismo de provincia nos hemos tragado con más avidez que en Europa misma la idea del narrador como proto-intelectual, me entristece que la literatura joven latinoamericana mire con desprecio el premio de Ishiguro. A quién le interesa contar este continente en ruina perpetua donde las ideas valiosas son sólo las que nos permiten hacernos a un púlpito como sus críticos más agudos, y por eso mismo nos distinguen de él, nos hacen superiores, salvadores y salvíficos despreciadores narrantes de nuestra miseria sin remedio. Para qué sirve un cuentero en este lugar donde lo que nos urge es pirotecnia intelectualoide.
Y es que si hay algo que distingue a Ishiguro de sus pares, y sobre todo de esa ficción de las editoriales que es el tan mentado “dream-team británico”, es la atención obsesiva que le presta al antiguo truco de sumergir al lector en un mundo de mentiras. Ciertamente no es un provocador, no le interesa en absoluto que se le adjudique ese calificativo inane de “original”. Y tampoco es ni fue nunca un “angry young man”, no ha escrito novelas ni cuentos con el objetivo primario de criticar o cuestionar. Se ha dedicado a contar historias. Y reitero que en mi lectura atenta y sistemática de su obra he visto crítica verdaderamente mordaz y desestabilizadora. Lo que pasa es que ninguna intensidad panfletaria la acompaña; es un elemento como tantos otros, uno de cientos de hilos casi invisibles, y por eso mismo fundamentales, de la filigrana con que construye universos. Y el enfoque, la obsesión de Ishiguro, en última instancia son siempre las mentes y los cuerpos efímeros, mediocres y hermosos que cruzan esos universos, y que con su paso les otorgan esa combinación de sentido y sinsentido que él sabe bien retratar y se parece tanto a la vida.
Y bueno, no sé, esta nota ya está muy larga y mi reacción cada vez me parece más excesiva e infantil. Me digo que en últimas esto sólo es un premio, y que en el mundo de las historias y sus lectores, una vez pasa la explosión mediática y de ventas, no hay nada más insignificante que un premio. Pasarán los años, pasará el ruido, pasarán las críticas, pasarán incluso las naciones y sus atrocidades, pasarán como un soplo los intelectuales y sus juicios perentorios, pasará la sustancia misma de que se hicieron los libros, y quedarán las historias. Y sobresaldrán las mejores, y por eso durarán un poco más, y en un momento mágico serán más reales que el mundo que dio pie a su existencia. Así que me quedo con la alegría de que el Nobel de este año se una al escaso puñado, que a mi juicio incluye el de Munro, el de Kawabata y el de la genial Sigrid Undset, de los otorgados a los sabios callados, los narradores sin pretensiones, los cultivadores de la tekné. De que el Nobel de Literatura del 2017 sea para los artesanos.