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"Todo arte es autobiográfico; la perla es la autobiografía de la ostra".
Federico Felline.
Arte: Heide Windhausen Brown.
Fuente: Pinterest.com
Sueños y fantasmas. El arte de soñar.
Aquella noche también fue la mujer la que abrió las ostras a su manera y las puso en una fuente con hielo. Luego añadió unos cuartos de limón y la llevó a la mesa.
—Venga cómete una —dijo el hombre, cogiendo una del centro de la gran fuente y dejándola caer en su plato con un repique. Luego la roció con limón.
—Sí... —respondió ella, pero no se sirvió ninguna.
—Oye, de verdad... —insistió él levantando el borde de la ostra que estaba a punto de comerse con ayuda un tenedor de postre.
—Sí, sí... —respondió de nuevo, pero se recreó en no hacerlo. Miró la mano del hombre aferrando de tal modo el tenedor que éste parecía aún más frágil, y manejándolo a un lado y a otro, tratando de desprender el pie. Pareció que lo había logrado de cuajo. Al deslizar la ostra en su boca —que tenía algas todavía pegadas a la concha— se ayudó ligeramente con el tenedor y el sonido trajo todo el olor, el sabor y la frescura del mar.
—¿Están buenas? —preguntó la mujer. Él asintió, desechando la concha, y con la misma mano tomó otra de la fuente con hielo. Cuando la puso en su plato la mujer le exprimió limón. Ya iba por la tercera y había dejado la concha vacía en la mesa cuando la mujer se sirvió en su plato una de las conchas que el había desechado.
—Toma una de éstas —dijo el hombre señalando la fuente.
Cuando le dijo tal cosa, ella se deleitó todavía más en privarse, y en su lugar raspó con su tenedor el pedacito del músculo que el hombre había dejado pegado. Cuando por fin se llevó en la punta del tenedor el minúsculo trocito de carne blanca, lo frotó contra sus labios. Le gustaba tener la carne firmemente apretada en los labios, sintiendo cómo la lengua se excitaba al punto con el deseo de intervenir. El pie estaba encajado en una leve depresión de la concha y todavía no había retirado toda la carne que el hombre había dejado allí. Se dispuso a hacerlo tenedor en ristre, apremiada por sus labios y su lengua que ya habían dado cuenta del primer pedacito. Su impaciente anhelo le hacía manejar atolondradamente el tenedor y no lograba sacar el pedacito de carne. Con el ansia le costó bastante desprenderlo, y una vez que lo consiguió no acertaba a pincharlo; cuando por fin se lo llevó a los labios le temblaba la mano. Sosteniendo en alto la concha y el tenedor, saboreó la vehemente competencia entre sus labios y su lengua por la carne.
Pero la mujer no desechó la concha todavía. Lo único que quedaba del animal era un cerco parduzco rehundido, con algo de carne pegada: la rebanó con el tenedor y acercando la concha a la boca la dejó caer. La mujer sintió que todas las partes de su boca competían por el sabor, el olor y la frescura del mar. O tal parecía, a juzgar por la rabiosa liza allá dentro. Pero a la par tenía la sensación de que todas y cada una de aquellas partes se erizaban a la vez con el placer de la satisfacción. Su vista estaba ofuscada por el blanco incomparable, el morado pálido, el azul y el amarillo del reluciente interior de la concha. Todas sus papilas se estremecieron a una de gusto cuando posó en sus labios la última rajilla de carne parda, pues pareció que el fresco reflejo pasaba también con ella a la boca.
—¡Ah, qué bueno! —con una exhalación dejó la concha sobre la mesa.
—Es que te comes lo mejor...
—Di que sí... —asintiendo exageradamente, tomó la siguiente concha que el hombre había dejado junto a su plato.
—¿Te pongo una? —sugirió el hombre poco después, refiriéndose a las ostras de la fuente— O mejor no, quizá...
—Me comeré una sola —dijo ella con el tenedor en una mano y en la otra una de las conchas vacías, con solo una migaja de carne.
—Con eso tienes tú de sobra —señaló la concha vacía.
—No seas así, dame una, por favor.
El hombre escogió rápidamente una del hielo y la colocó con un clonc en el plato de ella.
—Prueba y ya me dirás.
La mujer se sintió algo desconcertada con aquella desviación del desarrollo habitual del programa. El prosiguió: —No parecen tan buenas como siempre. Tenía hambre, por eso no me di cuenta al principio.
La mujer dejó la concha que tenía en la mano y desprendiendo la ostra que el hombre le había puesto en el plato, la sorbió de la concha. En un segundo toda la cosa fría y resbalosa llenó su boca, la misma que se había soliviantado con el diminuto pedazo de carne.
—¿Cómo está?
—Pues no te lo puedo decir... —respondió ella. Desde luego estaba muy lejos del sabor del músculo que había raspado de la concha vacía o del otro pedacito que la había llevado al cielo. Incluso parecía notablemente menos intenso que el sabor, olor y frescura de mar evocados por el lúbrico sonido que hizo el hombre al llevar la concha a los labios y succionar la ostra. Aunque el sabor revivido por aquel sonido fuera poco más que la imaginación de una sensación muy remota y gastada, el caso es que una ostra cruda entera siempre le sabía igual. No tenía manera de decir si las ostras de aquel día eran peores que de costumbre.
—A mí no me parecen tan buenas —dijo el hombre.
La mujer advirtió que el tiempo era demasiado soleado y radiante para ser invierno: —¿Estarán malas?
—No, te das cuenta enseguida. El sabor es completamente distinto.
El hombre tomó otra de la fuente. Desprendió la ostra pero no le echó limón, la pinchó y la levanto a la boca con aire escrutador.
—Igual soy yo. Parece que están bien ¿no? —puso otra de la fuente en el plato de la mujer y luego se sirvió él de nuevo. Todavía quedaba una. Cuando se terminó la suya , la mujer se la comió también.
La mujer recogió las conchas en la fuente con el hielo medio fundido y la llevó al fregadero. Lavó el cuchillo con que las había abierto y lo puso a escurrir, luego levantó la tabla de donde la había dejado. Cuando la frotaba bajo el grifo abierto hubo algo ancho y cortante que le pinchó la mano. Cerró el grifo y tentó la tabla a ver qué era, luego se la llevó al hombre: «Mira esto», le cogió la mano por la muñeca y puso su palma sobre la tabla. El la quitó enseguida.
—¿Qué es eso? ¡Cómo raspa! —dijo, volviendo a pasar con cuidado las yemas de los dedos.
—Ahí es donde abrí las ostras. Cuando les hinco el cuchillo se incrustan en la madera; siempre pasa —la mujer hablaba como en un sueño. Era verdad que siempre pasaba, pero por una vez, en vez de pasarle la piedra pómez como solía, no pudo resistirse a mostrárselo, pues se sentía frustrada porque él se había apartado de la escena que siempre interpretaban cuando comían ostras en su concha. El hombre tomó su mano y la acarició. Ella deseó sentir aquel tacto en otra parte de su cuerpo.
—¿Crees que no pasa nada? —preguntó.
—Es una tabla de cortar. Se tiene que manchar de sangre alguna vez.
Pero aquella tarde que no culminó con el acostumbrado desenlace de la escena ligada a aquel sabor, fue la última vez que comieron ostras juntos. No pasaron muchos días cuando se echó encima la primavera y la época de las ostras llegó a su fin. Pasó el verano y vino el otoño, y para cuando el aire empezó a enfriarse, el hombre ya no estaba.
[...]
No se podía decir que la mujer hubiera sido nunca llenita, ni de muchacha. Sin embargo por el tiempo en que el hombre había empezado poco a poco a dejar sus cosas en la casa pareció que estaba poniendo un poco de peso.
Sus gustos coincidían y a ambos les gustaban los platos con huesos, caparazones o conchas. La mujer era pobre y las perspectivas del hombre, hasta cuando la dejó, no eran muy buenas, así que para poder permitirse tales especialidades con frecuencia tenían que ahorrar en las otras comidas. Aún así lo que le tocaba a la mujer eran los huesos y las cáscaras. Pero a pesar de comer tan poco empezó a poner peso.
A la mujer aquel extraño fenómeno no la extrañaba en absoluto. El hombre atacaba una cola de atún cocida con tal avidez que hacía temblar la vajilla y aunque a la mujer sólo le llegaba lo que ella llamaba la espina, el sabor que extraía de cada intersticio la hacía exclamar: «¡Qué cosas tan ricas hay en este mundo!». Igualmente la vista del menguado bocado de carne revestido de carmesí de la única pinza de langosta que le era concedida la hacía resollar. Con todos aquellos platos de huesos y caparazones le pareció sentir que un nuevo sentido del gusto despertaba por todo su cuerpo; que todos sus sentidos se habían concentrado hasta tal punto en su gusto que apenas era capaz de moverse. Al día siguiente se despertaba con el cuerpo rebosante de nueva vitalidad. Lo raro hubiera sido que no pusiera peso. [...]
Aquella noche fue la última en que comieron ostras, dado lo avanzado de la temporada, pero durante el verano a menudo pusieron abulón en la mesa. Al hombre le gustaba comérselo entero y parecía que disfrutaba escatimándole a la mujer hasta el más mínimo bocado. Ella gozaba enormemente gustando el poco sabor que quedaba en la gran valva vacía.
La mujer nunca lo criticaba cuando consumían aquellos platos, porque en esas ocasiones él nunca la exasperaba o le recordaba sus tribulaciones. Él ansiaba la carne con más saña que nunca y ella saboreaba todavía más plenamente las migajas. Formaban un único organismo, una fusión de elementos materialmente distintos, sumergidos en un sueño. A veces ambos exhalaban a la vez por el colmo de sabor, y luego rompían a reír de tal modo que tenían que dejar en el plato la comida que tenían en las manos.
Kōno Taeko
Fideos
“Llegué a aceptar el desorden de la Maga como la condición natural de cada instante, pasábamos de la evocación de Rocamadour a un plato de fideos recalentados, mezclando vino y cerveza y limonada, bajando a la carrera para que la vieja de la esquina nos abriera dos docenas de ostras, tocando en el piano descascarado de madame Noguet melodías de Schubert y preludios de Bach, o tolerando Porgy and Bess con bifes a la plancha y pepinos salados”.
Rayuela. Julio Cortázar.
Deja de buscar. Ya no existen ostras con perlas en el mar.