Dejaste algún tipo de cenizas acá, donde solías jugar con el fuego.
Una especie de escombro, el pedacito de papel que dejaste sin escribir, la rima que nunca me dejaste rimar, un fragmento de tiempo que nunca pudiste llenar. Como un vacío tempo-espacial, un hueco en medio de tanta plenitud, un camino oscuro sin recorrer en medio de una maravilla natural.
Me dejaste a mí. Acá. Encerrada. Soy tu mejor proyecto sin terminar, tu historia sin punto final.
Me viste arder, te divertiste quemándote con las llamas, te memorizaste las miradas y los pasos, nos pintaste en algún cuaderno que jamás volviste a abrir. Aprendiste el son de nuestra canción, anotaste en tu piel nuestras iniciales, grabaste en tu boca el sabor de nuestras traiciones y sellaste con lágrimas cada traición. Bailaste conmigo en un sueño taciturno, te acoplaste con mis manos y con mi corazón, dejaste tus huellas en el camino a casa, robaste la mitad de mi alma y la completaste mejor.
Acariciaste el cielo que nos vio surgir, le rezaste a la luna que nos vio dormir y enmarcaste los astros que nos escucharon reír. Le rezaste a la Luna, como nunca habías hecho antes, le pediste una chance al destino y esperaste siempre mi “sí”. Te encerraste en mi habitación y en mis sentidos, me escuchaste hablar y me escuchaste pensar, me cantaste tus canciones y tus verdades, me confesaste tus errores y tus pecados. Te abrí la puerta, la cerré a tus espaldas, te dije que no quería a nadie más mientras tu perfume invadiera mi alrededor. Y te sonreí ante cada injusticia y sinceridad, te entendí, te asimilé, te esperé. Le solté la mano a la que era para volcarme a conocer tu verdadero yo y me perdí en algún lugar, por ahí, entre tus muecas.
Sabía de memoria nuestros himnos, nuestros acordes, nuestros ritmos. Sabía de memoria los aciertos de tu boca y los fallos de tu memoria. Sabía en qué centímetro tus ojos se convertían en verde, y bajo qué luz del día eran castaños. Te sabía. Sabía tu voz, tus manos, tu piel y tus brazos. Sabía que estabas aún sin anunciarte, porque aprendí a sentirte para poder tenerte aún sin verte. Sabía tus colores, tus ánimos, tus humores. Sabía que decirte para animarte y qué escribirte para amarte. Aprendí, de a poco, qué letras te gustaban más. Y me volqué y te tuve sólo para mí, más brillante que el Sol que llevo dentro.
Ahora sólo soy eclipses. Temporadas bajas en invierno, presa de la sequía que arrasa con todo. Soy cenizas, muertas y esparcidas, del fuego que encendiste en mí. Todo acá es muerte arrancada a pedazos por la ausencia y condenada por el infierno.
Yo era Sol, hasta que te dejé iluminarte.
Una vez me dijiste “todo este tiempo estuvimos esperándonos”. Y pienso: quizás mi destino era brillar hasta que algo me apagara. Quizás mi misión era prender la llama, avivar el fuego y verlo morir ante el frío sepulcral que dejaste cuando te fuiste.
Así que me siento frente a esta hoguera agonizante, me pregunto si algún día seré capaz de prenderla otra vez, y siento como la nieve me va manchando la piel. Quizás el error fue esperar, me confieso. Quizás el error fue esperar a que alguien me robara la luz para darme cuenta de lo fuerte que brillaba.