He aquí, una fragmento de una novela que he trabajado:
Dunaiya y las torres de la fortaleza: la brisa no arde
Ambos, tirados sobre la penumbra, se deslizaban agónicamente por el suelo liso y húmedo, con las heridas que un poseido de Rimur les había dejado en la espalda, para poder alcanzar la zona donde había un poco de musgo en el que posarse, pues el suelo parecía un témpano.
Uno seguía al otro al creer haber tocado un poco más el claro en aquella mazmorra gélida, amplia como una habitación de noble, pero vacío, que hasta el eco podía embellecer un poco los quejidos de un sollozo.
—¿Cómo...— masculló Deaneeym entre la saliba y la sangre colándose entre sus dientes —es, que... que hasta el más imbecil, de estos malditos, pudieron someternos hasta aquí?. ¿Cómo, es que ni siquiera una Inexistente, —continua mientras intenta sostenerse sobre sus brazos con la cabeza encorvada —no pudo ni siquiera, abrirse paso entre sus más fuertes adversarios teniendo el poder? —.
Garlir al oír esto, se detuvo y levantó su mirada débilmente hacia él como si viera otro aliado siendo elevado del cuello.
—esto... no será más que un final tan inerte, ¡como todo lo echado a perder allá atrás! —dijo Deaneeym mientras volvió a toser los cohagulos de sangre que resintió hace unos momentos, haciendo que se volviera a desplomar sobre el suelo de piedra. Sobre el suelo empapado de su propia sangre, e intentando recuperar el aliento sin ahogarse.
—Znifena... —dijo Garlir mientras gimoteaba, temblando y bajando la frente —siempre seguirá escuchando a sus hijos, aún en el seno de los condenados. Porque, —aclarando la voz hasta tomar un tono rabioso —esos llamados malditos, nacieron de la misma madre, por muchas veces que lo renieguen.
Entonces Deaneeym, habiendo recuperado el ritmo normal de su respiración y aguantado las cosas que dijo Garlir, mirando una vez más al piso, con las fuerzas que tuvo, se colocó sobre sus rodillas y ambos brazos para elevar sus ojos hacia el débil haz de luz que emanaba de la superficie de la cámara, gimoteando entrecortadamente por la sangre colándose en su garganta.
—¡Si no fuera por Znífena, ya habrías sucumbido a los azotes de nuestros verdugos! —gritó la Gérerdy enardecida por los insultos.
El eco resultante de dicho vacío rebotó por las paredes hasta escabullirse por un pasillo que se sumía en la oscuridad de la prisión subterránea.
—Si es verdad, que todo ha conducido a éste fin por ella, entonces también sabrá esto. —dijo Deaneeym bramando débilmente para luego alzar la voz con la fuerza que podía juntar—¡Óyeme vil tierra de fértiles brotes!. ¡Óyeme terrible dotadora, que compartes nombre con la amada del creador... con la madre de los Enaiyar y los Renegados!.
Heme aquí, como tu hijo, perdido entre los albores de la miseria, la desesperación y el rencor. ¿Porque no escucho tus palabras?, ¿Porqué me has privado de hasta tu callado en medio de mis maldiciones contra tí?
¿Acaso, también he sido exiliado de tu afamada misericordia?.
Garlir al oír ésto, volvió a elevar la mirada hacía Deaneeym, estrujó la mandíbula y anidó sus dedos dentro de sus palmas.
—¡Escúchame Znífena! —vociferó Deaneeym con vehemencia.
—¡Tus hijos me han acogido de cientos de formas, donde los más bondadosos a mí han perecido en su propia sangre, exprimida de la mano de los mismos a los que han violado tu magnanimidad! ¡y solo pude contemplar escurriendose en mis brazos!.
¡Sus últimos pensamientos se disiparon sin poder ser emitidos por sus bocas, y sus sacrificios sin el fruto que les correspondía.
—¡Deaneeeym basta! ¡No aceptará semejantes agravios!
—¡Dime madre!, ¿A qué se debe que una de tus hijas más pequeñas se vió obligada a ayudarme a llevar semejantes cargas, que solo los gobernantes y defensores debieron realizar?. ¿Porqué no puedo apartarla de mí aún con el filo de las dagas enemigas rosando su garganta? ¿dónde están tus elegidos entre nosotros preparando el Tercer Sueño? —las fuerzas de sus pulmones se agotaron y volvió a sostenerse cabizbajo sobre la piedra helada, mascullando con rabia las ultimas palabras de lo dicho. —Y aún inverecunda... ¿Porqué todavía cuando termina siendo por mi mano?, ¿a qué fin me has obligado a volverme contra quienes alguna vez fuí congénere?.
Garlir aún airada, interrumpió diciendo—¡Ambos, sabemos que no se trata de acabar con un contrincante! ¡Znífena aún te necesita!—en eso, un vigilante de la prisión gritó mofándose con un bocado mal masticado en su boca: —Idgardat mayl kaendhobyel. Esa farsante sólo nos abandonó a nuestra suerte al ver que nadie la adora como le place.
—¡No! ¡No es la adoración lo que ansía. Ninguno de ustedes lo entiende bien. Znífena morirá al seguir recibiendo el venenoso cáliz que han vertido en su savia! —contestó Garlir enerdecida de ira, pero Deaneeym, en su desesperación, ignoró lo que su compañera dijo y con las manos tremosas, tendiéndose en el suelo por el dolor de las laceraciones, tomó lentamente el objeto maldito de su cuerpo, incrustado para que no sea retirado sin antes dejar parte de la piel necrosada, mientras sus fuerzas se fueron apagando, y entre tanto Garlir, enseguida posesa de un espiritu desconocido, también buscó sostenerse, pero por la misma causa, fue mitigándose —Ya... ya no hay, tiempo, para... Dunaiyar. Sus virtudes en reposo han... —y antes de decir el resto, cayó inerte bajo el debil haz de luz.
—Deben, perecer... como lo merecen.













