Había visto un par de niños con el rostro pintado, ¿por qué ella no podía? Parecía una locura, pero para Enya no importaba. Su humor estaba por sobre las nubes, al igual que el nivel de azúcar en su sangre. Pacientemente hizo la fila y pidió que la pintaran con la niña que se había ido hace unos segundos.—¡Oye, te he visto! No te rías, haré que te pinten de osito. —Le fue inevitable no reír al ver, por el espejo, el reflejo de la otra persona que la miraba.
—No, gracias, no deseo pintarme el rostro —respondió, divertido—. No sabía que a algunos les gustaba hacer actividades de niños.












