La hipocresía en el criar hijos
Cuánto advierten a los padres del guardarse del «haz como digo, no como hago». Los padres suficientemente buenos intentarán lo más posible ser ejemplares, aunque es inevitable, cuan humanos son, que ocasionalmente no representen sus propios consejos o ideales. La perfección no debe ser la meta, sólo una buena regulación psicoemocional y estabilidad.
Lo que psicopedagogos indican para que los padres eduquen emocionalmente a sus hijos es, entre otras cosas, «vivir las emociones»; es decir, ayudarlos a comprender que no hay ni emociones buenas ni malas, sólo hay que aceptarlas y aprender a modularlas de la mejor forma para no herir a los demás ni reprimirse a sí. Ésta no es mi experiencia.
Pasé mi infancia entre dos extremos y la disfunción de mis abuelos maternos de por medio.
Mi padre se refugiaba en el estoicismo. Como casi nunca perdía la calma, era bueno calmando a mi hermano y a mí, pero nunca nos explicó como él procesaba las emociones. Hoy sé que ni él mismo sabe que la filosofía es su muleta para no confrontar su mitomanía y el abuso físico y sexual que sufrió en su infancia. Era un puerto en la tempestad emocional de mi vida, uno que nos hería a mi hermano y a mí al usarnos para expresar sus propios deseos de reunir la familia bajo un sólo techo. Lo veía una vez a la semana y lo prefería a mi madre; hoy comprendo por qué es así.
Mi madre era toda volcánica. No sufría de problemas de ira, sino que no regula sus emociones adecuadamente, creo que por su trastorno no diagnosticado. Cuando niña y adolescente joven, la resentía sin saber entonces que era por usarme para suplir sus necesidades emocionales y por ignorar las de mi hermano y las mías y me deleitaba en resaltar nuestra relación disfuncional con sacarla de sus casillas. A consecuencia, acabábamos desgañitándonos sobre nuestros problemas. No necesito usar palabrotas o insultos para ser hiriente y mi madre me tachaba de grosera, furibunda, inmadura e irracional.
Las tres primeras eran ciertas. Lo de irracional lo resentí mucho, porque mis emociones no eran irracionales y la más de las veces podía explicar por qué tal o cual cosa me hizo sentir así, pero ella nunca me dio la oportunidad de explicar y, para cuando se comenzó a interesar —en mi adolescencia tardía—, no me latía compartirle nada. De adulta intenté reconectar, pero ya desistí.
Igualmente, resentía lo de grosera, furibunda e inmadura. En el párrafo anterior escribí que «la más de las veces podía explicar por qué tal o cual cosa me hizo sentir así», no obstante, «la más de las veces» no es siempre y no es hasta que me peleé con ella el 27 de enero y hube publicado en el tumblog que me di cuenta por qué.
Cuando intenté hablar de nuestra relación se caldearon los ánimos. Gracias a mis terapias, conseguí mantener la calma, aunque admito que obré mal en mostrarme impertinaz y reclamarle a mi madre que por qué me alzaba la voz, cuando ella siempre me pide que cierre el pico. Esto terminó por cabrear a mi madre, quien me hizo un gesto con la mano y me dijo que ya no quería saber más de esta conversación; al intentar insistir, me hizo el gesto varias veces en mi cara y me estrelló la puerta. El gesto en sí no es importante, es sólo que la brusquedad y el contexto lo convertían en grosero.
Después de publicar aquel 27 de enero, de súbito, me di cuenta de algo importante: Que mi madre siempre nos ha exigido a mi hermano y a mí un control emocional del cual ella carece. Entendí a la niña dentro mío; que cuando tenía doce, trece, catorce años, y ella me tachaba de grosera, furibunda e inmadura, no la resentía porque esas cosas no fuesen ciertas, puesto que lo eran, sino por la hipocresía de sus palabras.
Me tenía por grosera y ella nos hacía groserías a mi hermano y a mí cuando perdía los estribos; me gritaba que era una furibunda cuando ella era la primera en levantar la voz, y me chillaba «¡inmadura!» a pesar de que ella misma alababa mi supuesta madurez ante otros y perdía el control delante de sus hijos. Es un hecho que yo era todas esas cosas, así como otro que todo eso mi madre también lo era y uno más que ella no ha caído en cuenta y quizás jamás lo haga.
La hipocresía de mi padre me afectaba de otro modo. Mi madre era su obsesión. Quizás lo sea aún.
Mis padres intentaron trabajar en equipo a la hora de criar a mi hermano y a mí como seres divorciados. No funcionó porque mi madre se desahogaba conmigo que hasta de la manutención sabía y porque mi padre es un mitómano demasiado inteligente, quizás un genio en términos de coeficiente intelectual.
A pesar de que mi madre se esforzaba por comunicarse con mi padre para, entre otras cosas, arreglar que mi padre nos recogiese de las actividades extracurriculares y que los castigos que uno u otro nos impusiese se hiciesen cumplir sin importar en cuál casa estábamos, mi padre mermaba esa labor a propósito, mas sin estar consciente de las consecuencias para mi hermano y para mí.
Mi padre estaba enamorado. Quería volver a su fantasía de una familia feliz, en la cual él era el sostén del hogar y su mujer en la sala mirando a sus hijos en el jardín.
Teníamos siete y ocho años, ya mis padres con un año y tanto de separación, cuando los tres, mi padre, mi hermano y yo, convenimos debajo de la veranera de la verja de abuelito y abuelita un domingo por la noche. Creo que mi hermano y yo estábamos sentados sobre la tapa del motor del Rocky.
Para ser más precisos, un Daihatsu modelo Rocky de 1989.
Nos envenenó.
Fue dulce, muy dulce. «No le digan a su mamá», nos dijo muy serio. ¡Qué emocionante, un secreto de papá! Nos pidió que juntásemos nuestras manitas y rezásemos:
Abba1, amado Abba. Bendice a mi mamá, bendice a mi papá, bendice a todos nuestros abuelitos. Bendice a todos los que me quieren y, muy especialmente, bendice a todos los que no me quieren. Y permite que podamos vivir juntos en nuestra casita, como una familia feliz.
Nos hizo memorizarla y la rezábamos cada que nos dejaba en la casa de nuestros abuelitos, seguida del padrenuestro y del angel de la guarda y el gloria. Nuestro ritual secreto.
Ahora mismo no puedo articular cuánto daño nos hicieron esas palabras; mi hermano intuía que nuestros padres jamás estarían juntos de vuelta y yo sabía exactamente por qué eso era imposible.
La hipocresía de mi padre fue pretender comunicarle todo a mi madre mientras que utilizaba las emociones de sus hijos en su contra. Mi hermano sufría en silencio, ya que lograba disociar sus experiencias con nuestro padre de las suyas con nuestra madre; no que haya sido algo bueno a largo plazo. Yo lo asimilaba todo y rabiaba; cómo sentía más afinidad con mi padre, hasta le llegué a gritar a mi madre que prefería a mi padre y que quería mudarme con él. Me torció con su labia; cuando estaba en primaria, mi padre era mi favorito, porque él me calmaba y me hacía sentir segura en mis emociones, y a ratos quería vivir con él, aunque sabía que eso era una sandez por ser la casa de mi abuela paterna un entorno todavía más insano que la de mis abuelos paternos.
Hoy día veo cómo mis padres predican una cosa y hacen otra, por lo que procuro sobrevivir como pueda y trazo planes de fuga con mi prometido.
La hipocresía desacredita a los padres ante los hijos.
[1] Más propiamente «abbá», la palabra significa «padre» en arameo. Mi padre la eligió específicamente por aludir a la oración de Jesucristo en el huerto de Getsemaní. Al escribir esto me doy cuenta que es porque se sentía abandonado y para que intercediésemos por él y sus deseos ante el Señor. Él siempre ha sido así de críptico.






