La Casa de Cristal
¿Qué mierda mirabas, Nahuel?
¿Para qué me mirabas mientras lo besabas?
Decímelo.
Porque después hacías esa cara. Esa cara de que yo te daba lo mismo, de que estabas bárbaro, de que ese pibe te encantaba, de que ni siquiera habías notado que yo estaba ahí.
Pero no dejabas de mirar.
No dejabas.
Y yo quería agarrarte de la cara y obligarte a seguir mirando.
Hijo de puta, mirá bien.
Mirá cómo me toca.
Mirá dónde pone las manos.
Mirá cómo le abro la boca.
¿Esto querías?
Bueno.
Mirá.
No apartes los ojos ahora.
No te hagas el distraído ahora que lo estoy besando como si me gustara. Como si no estuviera pensando solamente en vos. Como si no estuviera esperando, desesperado, que se te rompa un poco esa cara de mierda.
Porque yo te conocía.
Yo sabía cuándo te dolía.
Aunque sonrieras.
Aunque siguieras bailando.
Aunque le agarraras la cintura al otro como si fuera el amor de tu vida.
Yo sabía.
Y vos también sabías que yo sabía.
Esa era nuestra forma de hablarnos.
Vos lo besabas.
Yo entendía.
Yo buscaba a otro.
Vos entendías.
Qué enfermos.
Qué hijos de puta.
Qué cobardes.
Dos tipos llenando un boliche de mensajes que nadie más podía leer.
Y los otros ahí, en el medio.
Pobres boludos.
Creyendo que los estábamos eligiendo.
Creyendo que esa desesperación era por ellos.
No era por ellos.
Nunca era por ellos.
Eras vos.
Siempre vos.
Hasta cuando tenía la lengua de otro adentro de la boca, eras vos.
Hasta cuando me bajaba el pantalón en un baño de mierda, eras vos.
Hasta cuando alguien me apretaba contra la puerta y yo gemía fuerte, demasiado fuerte, por si estabas cerca, por si escuchabas, por si te imaginabas qué me estaban haciendo.
¿Escuchabas?
Decime que sí.
Decime que te dolía.
No me vengas ahora con que no te importaba.
No me mientas.
No después de mirarme así.
No después de seguirme con los ojos cuando salía del baño acomodándome la ropa.
No después de buscar mi cara entre toda esa gente.
Porque yo te veía buscándome.
Te veía.
Y me daba una bronca.
Una bronca de mierda.
Porque ¿para qué?
¿Para qué me buscabas si después no ibas a venir?
¿Para qué carajo me mirabas si después ibas a seguir haciéndote el indiferente?
Vení.
Vení y sacámelo de encima.
Vení y decime que pare.
Vení y rompeme la boca contra una pared.
Vení y hacé algo.
Pero no.
Vos mirabas.
Nada más.
Mirabas y me dejabas hacer.
Me dejabas seguir.
Como si no supieras que yo podía llegar demasiado lejos con tal de lastimarte.
Como si no supieras que iba a meterme con cualquiera con tal de verte perder la calma.
Y cuanto más tranquilo te mostrabas, más ganas me daban de destruirte.
No de perderte.
No.
Eso era lo peor.
Yo no quería perderte.
Quería destruirte y después quedarme con vos.
Quería romperte esa cara de indiferencia, arrancarte el orgullo, hacerte llorar, hacerte gritarme que era un hijo de puta, que cómo podía hacerte eso, que me odiabas.
Quería que me odiaras.
Pero mirándome.
Siempre mirándome.
Quería que me agarraras del brazo cuando intentara irme.
Quería que dijeras mi nombre con bronca.
Nicolás.
Como una acusación.
Como si mi nombre fuera lo que más te dolía en el mundo.
Porque yo estaba harto de sufrir solo.
¿Entendés?
Harto.
Harto de volverme loco cada vez que te veía con otro.
Harto de sentir que el pecho se me llenaba de vidrio mientras vos sonreías.
Harto de imaginarte tocándolo.
Harto de pensar si lo besarías como me besabas a mí.
Si le dirías las mismas cosas.
Si cerrarías los ojos.
Si por un segundo, aunque fuera uno, se te aparecería mi cara.
Tenía que aparecerte.
Tenía que.
Porque si no, entonces ¿qué mierda estaba haciendo yo?
¿Por qué estaba ahí?
¿Por qué iba todos los sábados sabiendo que ibas a ir?
¿Por qué elegía la ropa pensando en vos?
¿Por qué entraba a La Casa de Cristal y antes de saludar a nadie ya te estaba buscando?
¿Por qué podía estar rodeado de cien personas y sentirme solo hasta encontrarte?
No podía ser el único.
No me podías hacer eso.
No podías dejarme ser el único enfermo de los dos.
Por eso necesitaba herirte.
Para probar que había algo.
Aunque fuera dolor.
Aunque lo único que pudiera sacarte fuera dolor.
Porque el dolor también era una forma de tenerte.
Una forma miserable, sí.
Pero era algo.
Si te dolía verme con otro, entonces todavía era tuyo.
Aunque no me tocaras.
Aunque no me hablaras.
Aunque después te fueras con él.
Si te dolía, yo seguía adentro tuyo.
Y yo necesitaba eso.
Necesitaba saber que no podías sacarme.
Que después, cuando estuvieras en el baño con otro, también me ibas a llevar ahí.
Que mientras te tocaban ibas a pensar en mí haciendo lo mismo.
Que ibas a cerrar los ojos y verme.
Mirá cómo me toca, Nahuel.
Mirá.
Esto es culpa tuya.
Sí, tuya.
No me importa si es injusto.
No me importa si yo elegí ir.
No me importa si nadie me obligó a meterme en ese baño.
Es culpa tuya porque me miraste.
Porque sabías.
Porque nunca me dejaste ir del todo.
Porque me dabas lo suficiente para que me quedara, pero nunca lo suficiente para que dejara de sufrir.
Y después yo tenía que soportar tu cara.
Tu puta cara.
Tan lindo.
Tan tranquilo.
Tan hijo de puta.
Te quería romper por ser tan lindo.
Te quería arruinar la boca para que nadie más pudiera besarla.
Te quería arrancar los ojos para que dejaras de mirar a otros.
Y después quería curarte.
Besarte las heridas.
Pedirte perdón.
Dormirme con la cara contra tu pecho como si yo no hubiera sido el que te rompió.
Eso era la bronca.
Quererte tanto que ya no sabía qué hacer con todo ese amor.
Entonces lo pudría.
Lo convertía en veneno.
Te lo hacía tragar.
Y después me lo tragaba yo.
Cada sábado lo mismo.
Vos con otro.
Yo con otro.
Vos mirándome.
Yo mirándote.
Los dos diciendo “no me importás” con una precisión obscena.
Los dos haciendo cualquier cosa menos acercarnos.
Los dos esperando que el otro fuera el primero en perder.
Y yo perdía siempre.
Aunque te doliera.
Aunque te pusieras celoso.
Aunque arruinaras tu noche por mí.
Yo perdía porque después volvía a casa con olor a alguien que no quería.
Con la boca usada.
Con el cuerpo tocado por manos que no eran las tuyas.
Y me acostaba a pensar en tu cara.
En si habías visto.
En si te había dolido suficiente.
Nunca era suficiente.
Nunca.
Porque lo único que quería de verdad era que vinieras.
Eso era lo que más bronca me daba.
Todo ese espectáculo.
Toda esa crueldad.
Toda esa gente usada para lastimarnos.
Y abajo de todo, escondida como una cosa patética, estaba la verdad:
yo quería que vinieras.
Que me sacaras de ahí.
Que me dijeras basta.
Que dejaras de hacerme sufrir.
Que me eligieras.
Pero no venías.
Entonces yo te miraba desde la otra punta del boliche, con los ojos llenos de lágrimas que no iba a dejar caer delante tuyo, y pensaba:
mirame, hijo de puta.
Mirá bien lo que estás haciendo conmigo.
Y sufrí.
Sufrí conmigo.
No me dejes solo también en esto.













