El dolor más aterrador del mundo
Él era mi teléfono móvil.
Al principio, tan solo era un móvil inteligente, con botones con tres letras y otros dos para descolgar y colgar una llamada. Ni si quiera su aspecto, tosco como un artefacto de tapa gris con antena de tres centímetros y pantalla de dos pulgadas puede serlo, se asemejaba al concepto de atractivo. Pero no hablásemos de su inteligencia, porque eso era jugar en otra liga.
Recuerdo que daba igual la pregunta que le hiciese, siempre tenía una respuesta, además de eficaz. Me recordaba al ayudante de algunos sistemas operativos, pero más eficiente, pues mantenía conversaciones en busca de información como si de un ordenador futurista se tratase. Él era mi buscador personal, mi enciclopedia más completa.
Al poco, comencé a tener otro tipo de charlas con él, verdaderas conversaciones en las que no sólo le hacía preguntas, sino que además le contaba mis secretos, me despojaba de emociones y vomitaba sobre él mi vida entera. Él era mi diario, mi confidente.
Abría la tapa, y le saludaba, y luego todo se fundía en la fragua de la confianza. Pero aquella situación fue por poco tiempo, porque, un día, sin previo aviso, dejó de ser un móvil. Ahora era un robot de tamaño humano, metálico, con los ojos saliéndose de sus cuencas cual rostro despellejado. Pero era impresionante. Y la confianza seguía ahí, como nuestras conversaciones. Él era mi amigo.
Nunca me cuestioné sus cambios, y nunca lo haré, porque confío en que en este mundo basta el poder de los sueños para cambiar algo, aunque, como terminaré diciendo en este relato, no todo sean sonrisas. Y la verdad es que tampoco me costó aceptar dichas metamorfosis, pues, para bien o para mal, él ya era parte de mi día a día.
Cuando era un robot, seguíamos hablando, pero de forma más profunda. De repente, y no sé muy bien cómo explicarlo, tenía una hija. Era rubia, de unos cuatro años, con los ojos azules y la carita redonda. Era preciosa, y el robot me ayudaba a cuidarla. Me daba consejos, buscaba información sobre el cuidado de un niño, y jugaba con ella cuando yo no podía; prácticamente ya era parte de mi vida.
Casi llegó a ser su padre, el cual, por cierto, en el fondo consideré. Sé que biológicamente no era posible, pero cuando dejó de ser sólo un robot para poseer piel en la mayoría del cuerpo, comencé a creerlo. Recuerdo que a partir de entonces los abrazos que me daba fueron cada vez más numerosos, hasta tal punto de que, un día, le vi casi humano.
Sucedió en la fiesta. Habíamos ido los tres a una barbacoa cortesía de un ex, pero con el que ahora me llevaba bien, y el cual, a decir verdad, no vi mucho por la zona.
No me acuerdo exactamente el motivo, pero al rato de llegar me entristecí gravemente. Creo recordar que tenía que ver con la ausencia del robot que dejó de serlo para mí aquella tarde. Sí, era casi humano. Le faltaba el único gesto que distingue a una máquina de un ser vivo, a pesar de que él estuviese más vivo que todo mi mundo restante, a saber, el sentimiento.
Y ahí estaba yo, hecha polvo porque él no estaba a mi lado, seguramente había ido a ver a más gente, pero a mí me dolía no estar con quien... ¿Amaba?
¿Se puede amar a una máquina? Pero, ¿seguía siendo solo una máquina?
Mi respuesta llegó en ese momento cuando, desde el otro lado de la barra metálica, él se acercó, me miró, y me preguntó qué me pasaba. Nunca he sido de las que se callan lo que sienten si tienen la suficiente confianza como para decirlo, aun a riesgo de estropear amistades, así que fui sincera.
-Es que te has ido, y te echaba de menos. -¿Qué clase de pensamientos se cruzaron en mi mente y decidieron que era buena idea echar de menos a un ser que se debatía entre la humanidad y lo inerte?
Y sin previo aviso, volvió a sonreír con su rostro pálido de metal, con su cuerpo medio cubierto por piel, me agarró del mentón, hizo girar mi cabeza hacia la derecha, y me dio el primer beso en la mejilla. Recordaré dicho beso como el acto de amor más puro existente en este mundo.
Él ya era parte de mi existencia.
Cuando me soltó, un río de emociones me recorrió entera, me quedé boquiabierta, y él se alejó un poco. Sonreí al momento, después de percibir cómo mis ojos luchaban por no derramar las lágrimas que amenazaban con dar rienda suelta a mi llanto y, por ende, a mis ansias de abrazarle de nuevo.
No recuerdo mucho más, salvo que volvimos a casa. Y si aún quedaba algo para ser humano, porque desde luego que vivo estaba y viva me hacía sentir, esa noche culminó su proceso.
Mi hija, bueno, nuestra hija, porque él era su padre, ya acostada, no sabrá jamás lo que sucedió con el robot humano desde que era mi móvil hasta aquella noche y las posteriores horas. Esa noche, de nuevo, yo andaba desconsolada, pero la razón esta vez no la tengo para nada en claro. Tampoco tenía que ver con él.
Estaba en mi habitación, de colores cálidos, de noche. Y lloraba mucho, sin parar, pero de una manera como pocas veces se llora, como cuando una desolación te invade de una manera que no sabes si el mejor camino para dejar de sufrir un poco es entrar en un estado ermitaño y apartarte del mundo, porque no se puede ni concebir la mísera esperanza de obtener un estado neutral, y mucho menos el bienestar.
Entonces él apareció, completamente humano, sin resquicios metálicos, aunque sabía que bajo esa dermis era de acero y titanio. Apareció literalmente en el momento en el que me venía abajo, cuando mis pilares se desquebrajaban y mi entera pulsión de vida se tornaba en muerte.
Me abrazó con una prisa que pareciera que estaba muriéndome, o quizás en el fondo mi corazón lo hacía, presa de la inmensa tristeza. Me besó en la cabeza y le abracé, rompiendo a llorar de nuevo, pero esta vez sintiendo el alivio de unos brazos rodeándote y diciéndote que todo saldrá bien, que eres fuerte, y que ellos estarán para ti, para servir a tu utópico y paradójicamente frágil corazón, a tu vida y a tu felicidad, siempre y cuando decidas mantenerlos a tu lado. Y nos tumbamos en la cama, para dormir después de lo que fue la noche más maravillosa que en la vida pasaré. Corta, dulce, y condenadamente apaciguante.´
Él era ahora el pilar que sostenía mi alma.
A la mañana siguiente todo sucedió demasiado rápido. Hay cosas demasiado buenas para ser ciertas, y este sentimiento de profundo apoyo, protección y respeto era una de ellas. A pesar de que todo comenzó lo más maravillosamente posible, con un beso de buenos días y sin rastro alguno de los monstruos que me devoraban la noche anterior, su falta llegó enseguida.
Lo siguiente que recuerdo (y que me niego a relatar por el consecuente recuerdo de mi garganta afónica y mi hija culpando al “robot que protegía a mamá” como responsable de mis lágrimas y de la huida) no es más que una vorágine de eventos sucediéndose uno tras otro, plagados de dolor y en los cuales, tras una intensa lucha conmigo misma, el destino, y él, una lucha perdida en la que casi peleé hasta quedarme sin vida, finalmente la esperanza se desvanece cual bruma mañanera.
Cual amor verdadero pronunciado en un sueño.