“…el hombre està colocado
donde termina la tierra;
la mujer,
donde comienza el cielo…”
Victor Hugo.
Rubèn Nùñez de Càceres V.

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“…el hombre està colocado
donde termina la tierra;
la mujer,
donde comienza el cielo…”
Victor Hugo.
Rubèn Nùñez de Càceres V.
MUJER EN EL ESPEJO.
“…el hombre està colocado
donde termina la tierra;
la mujer,
donde comienza el cielo…”
Victor Hugo.
Rubèn Nùñez de Càceres V.
Si la mujer quisiera verse en la profunda dimensión de su espejo interior, como lo hace en el espejo que sòlo la refleja exteriormente, sin duda quedarìa sorprendida y podría valorarse en màs de lo que lo hace.
Màs allà de los atributos que por tradición cultural le hemos reconocido, como la abnegación, la comprensión y el sacrificio, tendríamos que aceptar que ella tiene también muchas otras cualidades que los hombres no hemos sido capaces de apreciar.
Verìa por ejemplo que su inteligencia es tal que puede, conscientemente, hacerla a un lado en aras de los requerimientos de su corazón, aunque por intuición primordial sepa que muchas veces será traicionada.
Igualmente verìa que su entereza ante las vicisitudes de la vida es semejante a la del héroe màs celebrado, aunque no le sea siempre reconocida. Que su fortaleza es tan grande, que ni mil torbellinos le arrancarìan del lecho del hijo enfermo, aunque paradójicamente muchas veces tenga que doblegarse ante la fuerza física de quien cobardemente la abusa y la somete. Verìa con claridad algo que hasta ahora solamente ha intuido: que no es una simple espectadora de este universo, sino activa colaboradora en su crecimiento y que debe esforzarse por dejar su huella en èl.
La mujer tiene una parte privilegiada en el pensamiento de Dios. La idea de la ayuda y del compartir con el hombre no pudo haber encontrado una formulación màs subyugadora que con la magnìfica aparición de su belleza. Cuando el hombre la viò por primera vez, surgiendo de sì mismo, y se contemplò repetido desde la cercanìa de su corazón, sin duda, como dice el poeta, habrìa dado gustoso su otro costado. Viò entonces que su gracia era el complemento perfecto para su naturaleza imperfecta “la compañía semejante a él” de la que habla el Libro Santo, con la que podría construir sueños comunes hasta hacerlos gloriosamente perdurables.
Por eso, si la mujer pudiera verse serenamente, en la ìntimidad de su tantas veces paradójica naturaleza, se amarìa màs y por lógica tendría màs amor que prodigar. Si abandonara para siempre las etiquetas que el espejo social le ha atribuìdo, tendría claro que el don maravilloso de su intuición no deberìa ser dilapidado en la frivolidad de una vida vana; que su capacidad de amar no incluye renunciar a la dignidad propia, y que su comprensión no debería ser absurda resignación en un mundo que la acepta como adorno solamente, pero no como una contribuyente eficaz para su crecimiento.
Porque sin duda es cierto que si se observara bien, verìa que además de encanto, posee inteligencia; que aparte de comprensión tiene también razonamiento, y que junto con su indudable capacidad de seducción, ha sido privilegiada con un claro entendimiento, ese al que por desgracia tantas veces renuncia pues su espejo exterior se lo exige como condición para caminar en un mundo, que por desgracia antes se pensaba, había sido diseñado por y para hombres.
Si la mujer pudiera verse en el espejo de su rica vida interior, comprenderìa porque a veces se le compara con la naturaleza, con la riqueza del cosmos, con la madre tierra y hasta con la misma Madre de Dios. Ella no es ornato efìmero, sino armonía, florecimiento y generosidad y por ello no deberìa sucumbir ante la tentación de reflejar tan sòlo la parte endeble de si misma, la que explotan los miopes cuando la ven únicamente como objeto y la reducen a una oferta temporal sin trascendencia, como una simple mercadería material por eso apetecible.
Verse solamente en ese triste espejo le ha condenado a ser usada para promover lo mezquino y así envilecer su naturaleza, que no es un medio sino un fin en sì misma y nació para màs. En cambio verse con el valor agregado de su espíritu, la reivindicará con su esencia, y le añadirá lo sublime que es saberse dotada de la chispa de la inmortalidad y no ser tan sólo fuego fatuo con aspiraciones de lumbre que no dan al cabo ni abrigo ni calor. Quizàs por eso el Rey Sabio afirmó: “engañosa es la hermosura y un soplo la belleza, la mujer fuerte es a la que hay que alabar”
Tal vez nadie comprendió mejor esta noble e integral visión de la mujer, que nuestra Juana de Asbaje y Ramìrez de Santillana. Cuando por halagarla un dìa le enseñaron una pintura en la que aparecìa hermosa, como se dice era, ella simplemente comentó que aquello era un “cauteloso engaño del sentido” y que bien mirado, era sòlo “sombra, polvo, nada”
La verdadera trascendencia de la mujer no està solamente en ostentar la galanura y la gracia que por naturaleza tiene y con la que Dios quiso coronarla, sino en elevar todo ello enriquecièndolo con la innegable belleza de su singular espíritu.
LA ENCARNACIÓN DEL MAL.
“el mal no existe:
Es tan sólo la ausencia del bien;
como el frío es la ausencia de calor
y la oscuridad, ausencia de luz…”
Frase atribuida a A. Einstein.
Rubén Núñez de Cáceres V.
Hace unos días, después del cruel asesinato de dos periodistas compatriotas suyos, el Primer Ministro de Japón afirmó indignado que ese crimen había sido perpetrado por personas que eran “la encarnación del mal”. Y por si la definición no alcanzara, después asistimos a la escena perversa de la inmolación, filmada además, de un piloto jordano, quemado vivo.
Más allá de teorías metafísicas sobre la existencia del “mal” como una entidad concreta, independiente de quien o quienes cometen las “malas acciones” o de los opinan que el mal en realidad existe, lo en verdad importante no es si esta discusión casi medieval tiene algún sentido práctico para nuestras vidas o es un ejercicio puramente académico que en nada colabora a hacerlas mejores… o peores.
Porque si usted piensa que los jihadistas que de una manera infamante mataron a los periodistas japoneses y al piloto jordano son en realidad una especie de “encarnación del mal” quiero decirle que, sin duda y de muchas formas, tiene razón.
Si usted con clara certeza afirma que Hitler y sus secuaces, al eliminar perversamente con su “solución final” a más de 6 millones de judíos, rusos, polacos y gitanos, se convirtieron en una reedición del mal, absolutamente tiene razón. Como en su tiempo también lo fueron Calígula o Gengis Khan, Atila y Nerón. Sin olvidar a Stalin y a otros tiranos miserables ahora arrojados justamente al basurero de la historia.
Y si usted, finalmente, está convencido de que los infames asesinos, materiales e intelectuales de los estudiantes de Ayotzinapa, no son sino una nueva reencarnación de ese mismo mal, quiero decirle que, en muchos sentidos, es totalmente cierto lo que afirma. Porque nadie puede atentar contra la vida de otro, sin el inútil esfuerzo por encontrar en sí mismo una torpe retroalimentación a sus deseos perversos de eliminar a sus semejantes, por los motivos que sean. Aunque eso no signifique sino dar una pobre definición de su torcida naturaleza, hecha no obstante para más.
Pero por desgracia el efecto puramente mediático de las informaciones que recibimos de todos esos eventos, frecuentemente hace que olvidemos su origen, su esencia profunda y sus consecuencias, convirtiendo en casi tonta y frívola la lucha por ver más allá del instante en que acontecen los hechos. Nos ha hecho falta tratar al menos de analizar sus efectos, al tiempo que buscamos fórmulas que impidan que se repitan. En poco tiempo otro evento estremecerá de nuevo y temporalmente nuestra conciencia y de la misma forma lo olvidaremos sin remedio.
Pero quizás lo peor que nos puede acontecer es que esos sucesos tan lamentables se hagan de tal manera cotidianos que ya ni siquiera tengamos que esperar por otros que nos sacudan con mayor intensidad. Ya nuestra piel se hizo tan adaptable y tan poco susceptible a ciertos hechos, que debiendo conmovernos, ya no lo hacen, con el consiguiente deterioro de nuestra capacidad de empatía y la pérdida inevitable de nuestra posibilidad de asombrarnos.
Así, preocupados como estamos por la violencia exacerbada del asesinato y la siniestra “sed de sangre” de la que tranquilamente habla el terrorista, ya no vemos como “una encarnación del mal” a otros que también lo son: al que prostituye niños interrumpiendo su inocencia ; al que engaña jovencitas para convertirlas en mercaderías sexuales; al que tiene redes bien establecidas de pornografía infantil, al que explota al trabajador humillando su esencia humana, como sucede tantas veces con nuestras humildes trabajadoras de la casa, al que denigra al pobre, aplasta al ignorante y se aprovecha del marginado para su propio y torpe beneficio.
No pensamos que también es, y por lo tanto debía ser considerado como “ una encarnación del mal”, el pederasta infame tanto como el fundamentalista oscuro; al político enriquecido con el dinero del pueblo y que aparte cínicamente presume de ello, al empresario que rehúye cumplir, con argucias legales, lo que en justicia debe hacer, al prepotente que ignora que todo poder viene finalmente de Dios, y al que aprovechándose de su posición ventajosa, oprime al que sólo tiene hambre y sed de justicia y carece ya de toda esperanza. Y en el colmo de nuestra ceguera, a todos ellos hasta los hacemos modelos para nuestra vida, olvidando que en la pobreza de nuestras aspiraciones se encuentra definitivamente la explicación de lo vil que puede haber en nuestras acciones.
Federico Nietzsche afirmó, considerando la decadencia moral como un algo connatural al ser humano, que no era necesario que existiera un demonio o ser maligno responsable de todos los males que le acontecían al hombre. Es éste, decía, “capaz por sí mismo de todas las maldades y crímenes que se achacan a aquél”
Viendo la historia humana, nos damos cuenta de que eso es verdad. Y lo es con creces. Pero afortunadamente, siguiendo a Aristóteles, sabemos que “lo que el hombre es capaz de hacer, es también capaz de no hacerlo” Y por eso, aún en los momentos más oscuros de nuestra vida, ésta es nuestra salvación.
He is a shield to all who take refuge in Him.
Psalm 18:30 (via simply-divine-creation)
LUNA DE OCTUBRE.
“..Vendrá el otoño,
frío y cobertores,
nos dará en su deshojar
la enredadera…”
Andrés Eloy Blanco.
Rubén Núñez de Cáceres V.
Cuando la luna de octubre aparece, radiante y magnífica, y discretamente nos anuncia los tiempos y destiempos de nuestra vida, quienes hemos tenido el privilegio de andar un buen trecho ya de nuestro camino, comenzamos el repaso de nuestro Manual de Instrucciones para vivir, recibido en el momento de nacer, continuamos con el análisis de nuestros saldos, tanto positivos como negativos, tratamos de conciliar nuestros estados de pérdidas y ganancias y damos finalmente comienzo a la cuenta regresiva que significa desandar poco a poco la increíble cuanto maravillosa aventura de nuestra existencia.
Es hasta entonces que empezamos a entender cabalmente el sentido de nuestro caminar, a recuperar el rumor de lo pasado en las ensoñaciones del presente, y a constituirlo en esperanza cierta de nuestra permanencia. Es ahí que buscamos hacer coincidir la imagen de lo que fue con lo que pudo haber sido, (aunque sea cierto que él hubiera no existe), con aquello que finalmente es, para de alguna forma encontrar consuelo; es la hora del examen final de lo vivido, de poner entre paréntesis los pecados de omisión y pasar lista tanto de aquellos que cometimos por sorpresa, como de los que fueron plenamente advertidos, todos ellos de cualquier manera asignados a nuestra cuenta personal.
Para muchos puede parecer extraño y hasta paradójico que sea precisamente en octubre, cuando la luna es más bella, que el aguijón de nuestra temporalidad nos recuerde que quizá ya es tiempo de pensar en arriar nuestras banderas. Que sea en octubre, en el esplendor de su luna, que se preludie nuestro inevitable ocaso y que en su magnificencia se manifieste sencillamente nuestra pequeñez y nuestra contingencia, y podamos, en su aparente cercanía, vislumbrar su otra cara oscura, para darnos cuenta de la distante lejanía a la que necia e inexplicablemente decidimos tantas veces confinar nuestros sueños más acariciados.
Que sea en octubre, con sus frescos vientos otoñales y a la luz de su luna, que podamos entender cómo es que todavía tenemos tiempo para rescatar la sonrisa que de manera absurda escatimamos, ese beso que se nos entumió de frío o las palabras que, por miedo, no supimos pronunciar, o mejor aún que sepamos encontrar el sentido de aquello “que no dijeron las palabras”. Y que veamos con claridad, en su brillante resplandor cómo es que aún somos capaces de distinguir ambas fronteras de nuestra vida, lejanas un día, pero cercanas ahora, y que al asimilar sus lecciones con sabiduría, podamos impedir que el invierno las cubra de nieve y haga imposible ya distinguir sus rastros, y quedemos, como dice el poeta, "ya sin olor el póstumo retoño, que nos dejó la enredadera trunca"
Pero quizá lo más extraño y paradójico se encuentre también en el hecho maravilloso de que juntamente con el anuncio de la declinación de algunas vidas, se encuentre también el del arribo de otras, que tímidamente inician su camino hacia la plenitud. Son esas miríadas de crisálidas cuyas larvas esperan ese singular beso con que en el otoño se convertirán en mariposas y empezarán así, con ese poquito de brisa colorida que sus alas son, a vestir de gloriosos matices el paisaje.
La luna de octubre hace entonces que resplandezca el final de algunos con su lumbre magnificente, mientras alienta a otros en ese ir y venir con el que inician su camino en la hermosa danza del regocijo por la existencia. De esta forma, en octubre la luna es promesa que se cumple y es también oferta de promesas, como sucede con las hojas de los árboles que caen amarillentas para permitir que otros renuevos puedan florecer en la primavera siguiente.
Es por eso que en octubre el fascinante misterio de la vida se repite en la hermosa y festiva presencia de su luna, que esplendente brilla tanto en el rostro alucinado del que ve -dice el poeta- por vez primera el nacimiento de una rosa nueva de cara a la aurora, como en el que, en el silencio de su asombro, recuerda también que un día vivió y amó y cuando pudo -dice el poeta de nuevo- lanzó su pobre voz ignorada ante el coro gigantesco de los demás hombres. Y es igualmente en octubre que descubrimos que entre el nacer y el morir está Dios como equilibrio para hacernos entender el maravilloso privilegio que tuvimos al participar de ambos.
Un día, en una de esas lunas de octubre, radiantes y magníficas, descubriremos sorprendidos nuestra raíz estelar, nuestra apetencia de vida, nuestro un día lejano, pero ahora ya cercano sentido de la muerte, y la gloria feliz de nuestro recién hallado panteísmo. Y de nuevo, en una misma noche enlunada de octubre, seremos conscientes de nuestro vuelo, del sendero y la estrella, del horizonte puesto en nuestros ojos por la trascendencia, nuestro destino final, y la prometedora visión de nuestro santuario definitivo, en el que podrá ya descansar nuestro inquieto corazón
Y en medio de todos esos días y noches, como alborozada luminaria que fue mudo testigo de nuestros sueños, brillará con nosotros y por siempre, esa luna de octubre, nuestra sonriente y constante compañera, mientras nuestra vida suavemente se desliza en su contraluz, en la magia infinita de la danza de las demás estrellas.
1. Grasp that it’s YOUR life, and no-one else’s life. 2. Decide to “live on purpose”. 3. Recognise that achievement has a price tag attached to it – and decide you’ll pay that price. 4. Work on constantly maintaining your focus. 5. Chose a skill or a field and become competent, or an expert,...
“No sólo es héroe aquel que conquista una ciudad, sino también quien se conquista a si mismo…”
Platón.
TODOS SOMOS HÉROES
“No sólo es héroe aquel
que conquista una ciudad,
sino también quien
se conquista a si mismo…”
Platón.
Rubén Núñez de Cáceres V.
A menudo los héroes no son lo que el mundo piensa que deberían ser.
No son la valentía personificada, capaz de enfrentar a la muerte sin temor, o sacrificarse sin tomar en cuenta la propia vida. Se dice que Morelos tuvo miedo en el momento en que estuvo frente el pelotón de fusilamiento, pero por su muerte, a pesar de sus naturales temores ante ella, muchos pudimos tener una vida libre y un mejor futuro.
Los héroes no necesitan ser los estrategas geniales que planean un combate para obtener triunfos a favor de las causas por las que luchan. Ellos son seres comunes que con sencillez lograron hacer de lo ordinario algo extraordinario, sin aspavientos, con los dones que recibieron de lo alto. Teresa de Calcuta no tenía idea de cómo enfrentaría su combate contra la miseria humana, pero lo hizo, a pesar de lo difícil y arduo que sin duda fue. Y no obstante que ella creía que era sólo una gota en el océano, supo también que el océano no sería lo que es, sin esa gota.
Un héroe no nace con una aureola, sino que la gana con sus acciones en favor de los demás. Tal vez no supo diseñar fórmulas para la victoria, conocidas sólo por los expertos, ni leyó El arte de la guerra, de TsunTzu. Pero tuvo en cambio un corazón que ofreció por los demás, mientras su sacrificio germinaba en el alma de otros, que por él conocieron la esperanza. Nelson Mandela era frágil de cuerpo, pero su dignidad le hizo liberar un pueblo por siglos sometido, con la fortaleza invicta de un guerrero.
Tal vez un héroe no sea un orador extraordinario, como puede haber buenos oradores que jamás llegarán a ser héroes. No necesita ser un gran pensador, o un administrador astuto, o un sabio tecnócrata. Puede que sea un hombre sencillo, callado y con pocos lauros académicos, pero cuyo espíritu generoso le impulsó a pensar en los demás antes que en sí mismo y eso le definió como líder de sus hermanos en la búsqueda de la felicidad. Martin Luther King era un humilde pastor luterano que conmovió a sus contemporáneos, sólo con imaginar un sueño diferente para su gente.
El verdadero héroe no necesita escenarios triunfalistas para trascender. No requiere del reflector para dar su luz. No espera ser reconocido por muchos para que su causa triunfe. Por el contrario, al ser congruente con sus principios aunque éstos le reclamen estar en la sombra, comprende que al final ésta puede ser tan importante como la luz. Ernesto Guevara pudo quedarse a disfrutar su triunfo en la revolución cubana en una cómoda oficina gubernamental, pero prefirió morir en una selva olvidado de todos, porque fue fiel a sus ideales y a su significado. Lo que muchos no hicieron y prefirieron quedarse en la tibieza de la autocomplacencia, que casi siempre es estéril.
El héroe no es pues un dios menor, o un ser inmaculado. Es un mortal de carne y hueso que logró sin embargo convertir su humana fragilidad en algo que perdurará en el tiempo, como recuerdo imperecedero de lo que es capaz de lograr el espíritu del hombre si encuentra un sentido para su vida. Es un soñador que empeña su existir en favor de la existencia de otros; es la osadía frente al conformismo, la inspiración de muchos y la aspiración de otros tantos; la lucha frente a la inmovilidad, el sublime afán por transformar la vida de los demás y rescatarla de la inercia y el olvido.
José Martí, Mahatma Gandhi, Rigoberta Menchú, Benito Juárez, Abraham Lincoln, han sido paradigmas que supieron poner, con su contingencia y sus limitaciones a cuestas, un horizonte en la vida de otros, e hicieron con ello posible el paradójico encuentro de la finitud con el infinito, convirtiendo sus ilusiones en realidades y los sueños en magníficas posibilidades de permanencia.
Por eso el héroe es la quintaesencia de todo lo soñamos; aquel que siempre supo que aunque la vida no es justa, él podría serlo; el que entendió que aunque no viviría para siempre, podía hacer algo que sí lo hiciera y encontró gratificante trascender porque sabía que su asignatura pendiente con la vida era aportar algo al crecimiento del universo y no ver simplemente cómo pasaba frente a él sin hacer nada.
Hay sin embargo una verdad más profunda en el significado del heroísmo y es el hecho de que todos podemos lograrlo. Todos somos héroes cuando hacemos bien nuestro trabajo y además somos felices haciéndolo, seamos sencillos operarios, notables artistas o deportistas, empresarios o empleados, porque la obligación de ser heroicos se cumple simplemente cumpliendo con nuestro deber, por simple que sea nuestra posición en la esfera social. Si alguien trasciende por su magnificencia, otro lo hará por la pasión con que construye la parte de grandeza que le toca en el devenir del mundo. El auténtico heroísmo es el de aquel que sabe enfrentar la vida con la responsabilidad que ello entraña, pero sin hacer a un lado la ilusión que significa dejarla un poco mejor de como la encontró.
B. Malamund escribió que si no descubrimos el héroe que todos podemos ser, entonces sólo seremos simples espectadores de un universo que necesita de nuestra aportación para crecer, conscientes de nuestro origen y nuestro destino. Pero al saber que podemos ser uno de ellos, daremos rumbo y sentido a nuestra vida, ya que con nuestro esfuerzo, pudimos dejar nuestra huella en él.
DE REGRESO A LO ESENCIAL.
“Lo más compatible
con la naturaleza humana,
es lo verdadero y lo simple…”
Cicerón.
Rubén Núñez de Cáceres V.
Si usted todavía piensa que lo esencial es invisible para los ojos y sólo se ve con el corazón, según dice el poeta, permítame decirle que la vida le ha sido benevolente al permitirle verla de esa manera. Muchos no han logrado hacerlo.
Si es de los que creen que la amistad es un don, el amor un privilegio y el afecto sincero una aspiración inscrita en el alma humana, quiero decirle que Dios ha sido generoso con usted, ya que le ha permitido disfrutar de todo eso. Muchos no lo hacen y prefieren negar hasta su posibilidad.
Porque, usted lo sabe bien, muchas veces el hombre engreído, vanidoso y soberbio en su pequeñez, cree que sólo es importante lo que puede tocar, lo que le deja utilidad o lo que le adula, y que los negocios del corazón son sólo malos negocios.
Pero si aún quiere acceder al progreso, debe estar consciente de que eso es válido siempre y cuando se permita seguir disfrutando del atardecer, la llovizna temprana y de contemplar las estrellas. Y si lo logra quiero felicitarlo porque en su corazón todavía hay un lugar para la esperanza.
Por desgracia no todos los seres humanos piensan así. Muchos ansían tan sólo poder accesar la tecnología, la más brillante y avanzada que sea posible, para no ser considerados obsoletos, pero no se preocupan si con ello se deshumanizan y se convierten en robots sin sentimientos o si su uso les hace mezquinos y distantes de lo que realmente vale, especialmente de quienes deberían estar cerca.
Pero por fortuna muchos otros han encontrado, en medio de tanto y deslumbrador descubrimiento, el equilibrio preciso entre la importancia que a eso le deben dar, y el uso de su libertad para elegir lo que les enriquece y dejar lo que les envilece. Y no han convertido en fines lo que sólo deben ser medios, en busca de su perfeccionamiento.
Tal vez por eso no hemos logrado aún obtener lo que cabría esperar con tanto avance tecnológico. Ahora hacemos juguetes para los niños, que son preludios de una destrucción futura concebida por la mente del poderoso, y no para su simple diversión. Ahora privilegiamos la razón de la fuerza y no la fuerza de la razón, resultado lógico de una competencia que se exacerba. Nos importan muy poco los ecosistemas, o la sed de justicia, o la plática con los amigos. Y hemos alejado a Dios de nuestras vidas, declarándolo inútil e innecesario, para colocar a otros dioses menores en su lugar.
Si usted, sin embargo, aún es de los que creen que el progreso no tiene porqué dañar el esplendor de los bosques, o los mantos acuíferos, o destruir la suntuosidad de los reinos y la maravilla exacta que las estaciones son, entonces merece como dice el Libro Santo, poseer la tierra. Pero si en lugar de eso enseña a un niño cómo volar un edificio en lugar de un papalote, si daña impunemente la inocencia de las niñas, por un deseo perverso, olvida le necesidad del pobre y del anciano, y sólo le preocupa su satisfacción personal y egoísta, entonces quiero decirle que su sociedad no prevalecerá.
Si no reconoce el valor de las personas, la importancia de servir a los demás, la urgencia de conservar nuestros cielos azules, los ríos limpios y las especies en su gloriosa cadena de vida, ha condenado a este maravilloso punto azul que nuestro planeta es en el universo, a convertirse tan sólo en el oscuro pixel que como recuerdo cruel dejará entre nosotros un día el odio y la ambición de algunos, que no supieron reconocer el sentido y la dignidad que existe en todo lo que nos rodea.
Pero afortunadamente aún hay quien disfruta de los lazos de la amistad, reconoce la permanencia de la familia y la singular fortaleza del amor. Aún existe quien se aferra a reconocer la maravilla de la compasión que se encierra en el corazón humano, bendice la posibilidad del afecto y no aprecia tan sólo la superficialidad del trato que busca resultados. Aún hay quien disfruta de la brisa vespertina, la belleza de la flor y el esplendor en la hierba, y da gracias a Dios porque todavía le permite platicar con Él. Todavía hay gobernantes honestos, maestros que educan y no sólo instruyen, padres que enfrentan su responsabilidad con alegría a pesar de los desafíos modernos, políticos que realmente sirven y no sólo se promocionan con mentiras, y sobre todo, personas que construyen, gente que sigue siendo la más aquilatada esencia de este universo.
Luchar por lo auténticamente valioso nos hará usar los talentos que un día recibimos, junto con la decisión de hacer de este nuestro mundo un mejor lugar para vivir. Porque paradójicamente es sólo así que podremos poseer en verdad la tierra, regalo temporal que recibimos como herencia sólo para su resguardo, y no para su destrucción.
SI TODOS LOS HOMBRES DEL MUNDO…
“…él es él y el otro; Si no salva al otro, No se salva él…”
José Ortega y Gasset.
Rubén Núñez de Cáceres V.
Sobre una endeble barca en el Mediterráneo, un grupo de pescadores veía cómo amenazante se aproximaba una tormenta. No había ninguna otra embarcación cercana, que pudiera auxiliarles. Sólo a través de la radio, el capitán lanzó sus señales de alarma en busca de ayuda, con la esperanza de que alguien las recibiera y así lograran ser rescatados de ese mar, que empezaba a tornarse embravecido
Muy lejos de ahí, un radioaficionado captó el aviso de emergencia de la embarcación en problemas. A su vez, él la envió a otro radioaficionado y así sucesivamente se fue pasando la voz en el espacio hasta que, en una magnífica red de ayuda, lograron llevar la señal hasta el punto más cercano a donde se encontraba la barca en peligro. Y por medio de esa formidable cadena humana, aquellos hombres pudieron finalmente salvar la vida.
Esta historia, que parece cuento fantástico, es real. Sucedió en la Europa de los años setenta del pasado siglo y quedó consignada en los anales heroicos de la solidaridad y la inclusión, que nos confirman cuán cierto es que las personas pueden sentirse hermanadas entre sí, aunque nunca se hayan visto. Es el sentimiento compartido el que nos muestra que la generosidad no es, finalmente, sino la conciencia de que los hombres cuando queremos, siempre podremos contar los unos con los otros.
Ojalá que todos los hombres del mundo llegáramos a sentir esa urgencia como real en nuestro corazón. Que pudiéramos amarnos por encima de la raza, el color, la preferencia política o de otra índole, incluso de la preferencia religiosa. Que aún sin conocernos, pudiéramos experimentar que somos parte de una misma especie, generosa y creativa, frágil y genial, compasiva y belicosa, pero finalmente unida por el hecho ineludible de que todos participamos de una misma naturaleza racional.
Ojalá que todos los hombres del mundo sintiéramos que por poco que hagamos por los demás, siempre será mejor que hacer nada. Que seamos capaces de entender que cada vez que sentimos empatía por alguien, estamos generando lazos que convertidos en vínculos incluyentes, un día regresarán a nosotros. Y que salir en busca del otro, es encontrarnos a nosotros mismos.
Que fuéramos capaces de comprender que en cada lágrima que ayudamos a enjugar está un perdón futuro; que en cada mano que se une a otra para crear el apoyo mutuo, está la redención de todas las manos de la tierra; que si soñamos juntos, cosecharemos realidades y no decepciones; que si todos supiéramos sonreír, Dios mismo sonreiría con nosotros a través de nuestros hermanos; y cada vez que alguien padece y no nos importa, la humanidad entera sufre sin remedio, porque finalmente todos somos parte de esa misma humanidad que tantas veces menospreciamos a causa de nuestro egoísmo
Si todos los hombres del mundo se vieran más como amigos que como motivos de interés; como colaboradores más que como socios; si todos los hombres del mundo pensaran en ser más espirituales que religiosos y más incluyentes que simplemente tolerantes, el mundo entero sería la cadena de vida que necesitamos para sobrevivir, aún en las condiciones más adversas. Pero hemos preferido privilegiar la ganancia por encima de la amistad; el razonamiento pragmático y utilitarista sobre el sentimiento que todo lo redime; y el nefasto autoritarismo en lugar de la justicia. Y como nuevos Caín nos hemos levantado contra nuestro hermano Abel, aduciendo que no somos sus guardianes.
Si todos los hombres del mundo pudieran ver dentro de sí mismos, verían que son seres como los demás: que vibran, sufren, gozan y sienten como ellos. Que son corazones que laten por ideales, cerebros cuyas nobles neuronas se interconectan para generar ideas; manos y pies que buscan la verdad y la justicia, que tienen aspiraciones nobles y buscan afanosamente la felicidad. Si lo comprendiéramos en toda su profundidad, en lugar de humillar al otro lo abrazaríamos, en lugar de hundirlo más y en vez de esclavizarlo con todas las formas perversas que de ordinario usamos, le daríamos nuestra sangre para hacerlo nuestro hermano por siempre y su pérdida nos significaría un día que sin él ya jamás volveríamos a estar completos.
En una iglesia en Francia, destruida en la segunda guerra mundial, un grupo de jóvenes se propuso restaurar la imagen de un Cristo, hecha añicos por los bombardeos, uniendo cada pedazo hasta que la reconstruyeron totalmente. Solamente las manos de aquella venerable imagen, que quedaron hechas polvo, no pudieron ser restauradas. Un joven sugirió entonces al cura del pueblo el colocar solamente en el pedestal de la escultura un letrero que dijera: "no tengo otras manos más que las tuyas".
Porque finalmente, si lo entendemos bien, todos deberíamos ser eso: manos que unidas hacen posible que este mundo no marche a ciegas en el universo frío, sino que viéndonos unos a otros podamos vernos reflejados en los demás. Y solamente entonces, verdaderamente preocupados por nuestro destino como especie pensante, lograremos impedir que esta nuestra casa común quede un día convertida en cenizas, por la soberbia necedad de nuestra indiferencia.
¿EN QUE MOMENTO?
“…el peligro no está en asomarse al abismo,
sino cuando éste te devuelve la mirada…”
Federico Nietzsche
Rubén Núñez de Cáceres V.
¿En qué momento los moradores de este minúsculo planeta azul, que navega por el espacio infinito y que es nuestra casa mayor, fue convertido por nuestra insensatez en una absurda ficción inhabitable?
¿En qué momento nos importó muy poco depredarlo, destruyendo sus venas generosas que tanta vida nos han dado, sin pensar que de esa manera heredaríamos a nuestros hijos tan sólo el viento de la desolación?
¿En qué punto perdimos la noción de nuestra esencia, nos olvidamos de ser por parecer y lastimamos la naturaleza pensante del otro, sin percatarnos siquiera que al hacerlo nos agredíamos a nosotros mismos?
¿Cuándo fue que nos olvidamos de la bondad y el respeto, preferimos la ganancia y la competencia exacerbada por encima de la generosidad y la compasión, y tergiversamos los valores para privilegiar nuestra parte oscura, aunque con ello saliéramos dañados?
¿En qué momento el conocimiento sólo nos sirvió para aplastar a otros, la ciencia para destruir, la tecnología para manipular las conciencias y se ausentó de nosotros la sabiduría para emplearlas correctamente, y hasta Dios mismo pareció marcharse decepcionado de nuestras vidas, al ver en qué habíamos convertido todos sus dones?
¿En qué instante nuestros niños perdieron la inocencia, los ancianos empezaron a ser olvidados y todos nos convertimos en oscuros agresores de la integridad ajena, haciéndonos lobos para con nuestros hermanos los demás hombres?
Porque si nos atenemos a lo que ahora observamos, es indudable que en algún momento todo esto comenzó a suceder. Fue tal vez cuando el hombre se perdió entre los intrincados dédalos de su propia soberbia y se dijo: “seremos como dioses”, olvidando que, a pesar de sus brillantes descubrimientos, no era sino una brizna de polvo en el cielo matinal y no la descomunal pero insensata imagen que de sí mismo había diseñado, para su propia vanagloria.
¿Qué tuvo que suceder para que pasáramos de la tranquilidad al desasosiego, del trabajo gratificante al deseo de la recompensa sin esfuerzo, a través de la violencia y el crimen, de la unión familiar a la desintegración incontrolable, de la paz aparente a la angustia irrefrenable y de la lucha por crecer, a las crisis recurrentes que ahora nos agobian?
Tal vez fue cuando las iglesias empezaron a pensar en los fieles como clientes y no como feligreses creyentes de sus doctrinas; cuando comenzaron a disputarse entre ellas ser las únicas heredaras indiscutibles de la verdad y en lugar de unirse para favorecer una fe común en Aquel del cual todas finalmente dependen, abandonaron los verdaderos valores que deberían privilegiar en nombre de un Dios que, al cabo, es el mismo para todos.
O fue quizás cuando las escuelas olvidaron su vocación original que es educar (no aprendemos para la clase, sino para la vida, decían los antiguos romanos) y se dedicaron a buscar fórmulas innovadoras para acrecentar tan sólo la información, el dato, el conocimiento objetivo, en lugar de entender que, como sabiamente dijo el pensador, educar no es enseñar a alguien algo que antes no sabía, sino convertirlo en alguien que antes no era. Cuando a esas instituciones educativas se olvidaron de inculcar los valores que suponen el verdadero sentido de educar para vivir.
O tal vez cuando los políticos se olvidaron de servirnos para servirse de nosotros, y con creces; creyendo con cinismo que “un político pobre, es un pobre político”, y se atrevieron a convertirnos en votos, objetos de sus oscuras ambiciones, olvidando que éramos personas con aspiraciones superiores. Cuando desde el poder permitieron que nuestras ciudades perdieran la inocencia y dieron carta de naturalización a la violencia.
Finalmente, y sin duda lo más importante, quizás fue cuando la familia se hizo permisiva, tolerante en nombre de una autoestima que no se ganó, sino que sin más se obsequió, de legadora de responsabilidades en otras instituciones, menos en sí misma, entregada a los medios de comunicación como educadores de sus hijos, argumentando que sus múltiples ocupaciones nunca les permitieron hacerlo por su cuenta.
Por eso ahora tristemente nos toca cosechar lo que sembramos. Pero afortunadamente aún hay tiempo. Las generaciones jóvenes aún pueden elegir qué sembrar y así tener la cosecha que merecen poseer. Buscar culpables no es la respuesta, sino asumir nuestras responsabilidades. No hacerlo tendrá el costo que ya hemos comenzado a pagar. Pero no debemos permitir que sea así con nuestros hijos.
Gandhi escribió: “Yo podré mirar a mis hijos un día y decirles que en la lucha fui derrotado. Pero lo que no podré hacer jamás es verlos y decirles simplemente que la vida que ahora tienen se debe a que nunca luché por ellos”
El momento de esa lucha es ahora.Es tiempo de educar en los valores humanos.
“La mercantilización de la cultura Le ha llevado a su degradación Y finalmente a su destrucción, En favor del entretenimiento…”
Hannah Arendt.
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¡Gracias!
EL PENSAMIENTO SUPERFICIAL
“La mercantilización de la cultura
Le ha llevado a su degradación
Y finalmente a su destrucción,
En favor del entretenimiento…”
Hannah Arendt.
Rubén Núñez de Cáceres V.
En éste nuevo siglo de las luces, de brillantes adelantos científicos, espectaculares descubrimientos tecnológicos y sorprendentes novedades mediáticas y en el que como sucedió en el Renacimiento con la invención de la imprenta y los descubrimientos geográficos se magnificó la soberbia humana, hay una paradoja que se esconde en esos indiscutibles éxitos, y es que a pesar de ellos al hombre no le ha sido posible todavía conseguir la verdadera felicidad, que pensó ahí encontraría.
Dicha paradoja consiste en que tenemos más información, pero menos conocimiento y cuando creemos poseer un poco más de conocimiento, éste no nos conduce a la sabiduría, como se supone debería ser. En que es cierto que cada día aprendemos más, pero comprendemos menos; descubrimos asombrados cosas que antes ni imaginarnos podíamos, pero sólo externamente, pues carecemos de una visión profunda de su verdadero valor, su sentido o su propósito; y aunque es verdad que cada día construimos más cosas materiales, poseemos menos conciencia de la solidaridad que debería animarnos en esa construcción, compañeros como somos en la singular aventura humana que compartimos.
Por eso es que con todo y esos indudables resultados éste es extrañamente el tiempo en el que debemos enfrentar con más energía el colapso de tantos sistemas que creíamos duraderos y estables, como la fortaleza de la familia, el valor del respeto, el honor de la palabra empeñada, el compromiso y la responsabilidad, y en cambio nos hemos conformado con ver impasibles cómo son suplidos por la banalidad y la mediocridad de muchas de nuestras ideas y peor aún de nuestras actitudes, convirtiéndolas en propósito de nuestras vidas.
Porque, si lo analizamos bien, nos daremos cuenta que nos hemos empeñado en crecer sólo en lo medible y observable, mientras como sociedad civilizada nos quedamos rezagados. Conseguimos con nuestro ingenio escudriñar lo que hasta hace poco era imposible de observar. Logramos altos estándares de vida, aunque no de convivencia y hemos rebasado los límites de lo posible para instalarnos casi en lo imposible, aunque ello nos haya alejado de nuestros compañeros de viaje, al querer disfrutar en solitario de los dones que el mundo nos da, pero sin querer compartirlos.
Así que nos hemos conformado con tener una conducta descafeinada en todos los órdenes de nuestra vida, inclusive en lo religioso, cuando procesamos a nuestra conveniencia los requerimientos de un Dios incómodo y de una manera vergonzante lo remitimos a un rincón donde no nos moleste, mientras le regateamos la oferta de nuestro tiempo y de nuestro espacio, declarándonos pragmáticamente creyentes pero no fanáticos, palabra con la que tratamos de explicar lo light de nuestra devoción.
Lo mismo sucede con la superficialidad del discurso y la conducta de algunos políticos. Observamos su manejo preciso de las palabras pero sin que les importen gran cosa sus contenidos. Crean expectativas con sus promesas, ofrecen esperanzas que acaban por ser inútiles, y presumen la vana pretensión de pensar en el otro, aunque jamás vuelvan a acordarse de él una vez que fueron elegidos para el puesto al que con tanto afán aspiraron. Hay poca profundidad en los temas que tratan, a veces hasta ignorancia en sus discusiones, alegatos y cabildeos, de tal manera que en su discurso a menudo vacío equivocadamente suponen como destinatario a un pueblo política y culturalmente no educado. Y eso hace que su actividad, noble por otra parte, se convierta para quienes en ellos confiaron, en una verdadera e inadmisible simulación.
Y por si fuera poco, hay también superficialidad en la chatarra intelectual con que se nos inunda diariamente en tantas revistas que son una verdadera grosería para el intelecto; en ciertos programas de diversión que son también una ofensa al telespectador, en las digresiones de los sabios que se creen en verdad líderes de opinión pública y alardean de sus sofismas mediáticos porque son los que tienen el micrófono, la pluma y la cámara; y es una agresión mental la retahíla de anuncios con que se pretende hacer creer a las personas en los milagros que vienen con artefactos, medicinas, y todo tipo de artículos que con falacias y entre visos de verdad, inundan las páginas de los periódicos y los medios de comunicación masiva.
Chris Hedges, pensador norteamericano afirma que “los valores de nuestra sociedad abierta, la capacidad de pensar por nosotros mismos, de expresar disensos cuando percibamos que el juicio y el sentido común nos indican que algo está errado, de ser autocríticos, de confrontar la autoridad, de entender los hechos históricos, de discernir entre verdades y mentiras, de rechazar las cada vez más sofisticadas formas de escapismo, y la posibilidad de entender que hay muchas maneras diferentes que son social y moralmente aceptables, todo ello, desafortunadamente está muriendo”
Galileo, padre de la ciencia moderna, afirmó que ésta, para ser verdadera, debería partir siempre de preguntas, nunca de respuestas. Es cierto, cuando recibimos todo dado, sin que tengamos que hacer un esfuerzo raciocinativo para comprenderlo, podemos llegar incluso a no entender lo que aprendimos y con ello llegar a la frontera de la desilusión. Esto es lo que sucede con el hombre postmoderno, que tal vez sepa más que un hombre medieval, pero lo patético es que aún sigue sin saber para que lo sabe, comenzando por el hecho de que es incapaz de conocerse a sí mismo.
¡Gracias!
Muchas gracias a todos por leer mis artículos, compartirlos y hacerme llegar sus opiniones.
Que tengan una linda noche.
Rubén.
“Un padre sabio es el que se preocupa, primero que nada, por conocer a su hijo…”
W. Shakespeare.
Para Don José.
Triunfo
“Un padre sabio
es el que se preocupa,
primero que nada,
por conocer a su hijo…”
W. Shakespeare.
Para Don José.
Rubén Nuñez de Cáceres V.
De alguna manera, los padres nunca han sido considerados personas excepcionales.
No hay para ellos alfombras rojas, ni estruendosos reconocimientos, ni luces que hagan resplandecer plenamente el cotidiano entusiasmo con que se esfuerzan en ayudar a edificar el alma de sus hijos.
Su imagen no es tan bella y cautivadora como la que tienen las madres cuando arrullan a su hijo, ni manifiestan tan claramente como ellas la ternura con la que abrazan a quien, no obstante, es también un pedazo de su corazón.
No lo llevaron en su seno, ni lo dieron a luz con esfuerzo, ni lo alimentaron de sí mismos, lo que pareciera significar que no pueden amar tan profundamente como ellas.
Y acaban entonces por aceptar todo esto con la resignada y sabia paciencia que finalmente, su esposa es en verdad el centro y el corazón de su hogar. Aunque muchas veces extrañen el no poder serlo ellos también.
Son casi siempre medrosos ante el dolor, frágiles ante la pena del hijo enfermo, y muchas veces hoscos frente a la ternura que reciben y que sin duda ellos también tienen para dar, pero que muchas veces por temor no se atreven abiertamente a ofrecerlo.
Se les reclama que sean simplemente proveedores, pero se les exige que lo sean; se les pide energía, pero también paciencia; se quiere que sean jueces rigurosos, pero de igual forma benévolos y compasivos y que sepan escuchar siempre, aunque a ellos no se les escuche de la misma forma.
Deben ejercer una autoridad que les haga llevar con fortaleza el timón de su casa, aunque desgraciadamente eso muchas veces acabe por enmascarar la expresión legítima de su cariño. Viven entonces la paradoja del que ama, pero no debe decirlo para no parecer débil y conformarse entonces con esa migaja de amor que llamamos respeto, que algunas veces es cierto, les llena, pero no les colma.
Cuando luchan por labrarse un porvenir, corren el riesgo de perderse el presente. Y si deciden vivir el presente, se les reprocha por no pensar en el futuro. Si eligen dar, se les reclama por no darse. Si eligen darse, se les reclama por no dar.
Necesitados de comprensión y de cariño nunca lo piden por timidez y por no sentirse vulnerables. Pero cuando el momento llega de que el hijo se vaya de su lado a estudiar o trabajar fuera, o la hija se casa, deben callar hasta casi parecer indiferentes, para no quebrantar esa imagen de dureza que se han ganado, tal vez sin merecerla. Y es muy posible, sin embargo, que en ambos casos estén muriendo por dentro.
Les exigimos, de una manera casi siempre desaprensiva, que sean ejemplo de virtud y modelo a seguir, paradigma de fortaleza y serenidad, amor y justicia y que su horizonte pueda dimensionar el nuestro, hasta que finalmente encontremos nuestro propio arcoíris. Lo que un día llegará y más pronto de lo que ellos tal vez pensaron o desearon.
Los imaginamos sabios cuando somos pequeños, los creemos ignorantes cuando somos adolescentes y acabamos aceptando que son conocedores cuando somos finalmente maduros y nuestra celeridad para juzgarlos con dureza supera todo cálculo, agobiando sin saber quizá, con nuestros severos juicios, su corazón limitado, contingente e imperfecto.
Si los viéramos por dentro, quizás comprenderíamos más de lo que lo hacemos, los amaríamos más de lo que nos permitimos y los conoceríamos tanto como para entenderlos cabalmente. Y quizás entonces les veríamos como realmente son, seres de carne y hueso, rodeados de debilidad como todos los mortales y muy lejos de la perfección que les exigimos. Y seríamos conscientes que, a pesar de todo y de muchas formas, su esfuerzo con nosotros tuvo sentido.
Y ahí están, amorosos en su casi siempre fingida solemnidad y sabios en su a menudo silenciosa y meditada cordura, esa que a veces nuestra miopía nos impide ver, y que les lleva a la inevitable incongruencia que hay entre su ser y su querer entre su sentir y su desear, entre su permitir y su limitar.
Es cierto, de alguna manera los padres no fueron hechos para ser excepcionales.
Pero a todos los que aún viven y a los que han muerto los bendecimos y los amamos tanto como los añoramos y los reconocemos, porque al ser uno con nuestras madres, nos hicieron conocer la esperanza de que, un día, alguien pudiera entregarnos el sencillo pero sublime tributo de llamarnos padre.