"Ciudadanos reemplazados por algoritmos"
Las interacciones entre actores aún poco conocidos: tanto corporaciones como ciudadanos, al ser difusas resultan propicias para articulaciones imaginarias. Se vuelven delirantes cuando la maraña que anudan entre la expansión de las empresas, las vacilantes acciones de los Estados y los contrapoderes ciudadanos se enrarece con la irrupción de trolls: internautas pagados para simular y linchar o bots manejados desde centrales escondidas, que trastornan las reglas predigitales de la participación y con frecuencia acaban desalentándola.
No podemos reimaginar lo público, concepto clave de lo que el pensamiento liberal se propone reconstruir, sin repensar las propiedades que le atribuyó el liberalismo. Es preciso descifrar qué mantiene persuasivas o vuelve anacrónicas sus descripciones y defensas de la vida pública. Ahí andan Jürgen Habermas y Hannah Arendt, luego Ulrich Beck o Richard Sennett. Ellos aciertan al señalar el debilitamiento del Estado frente al mercado, del campo público respecto del privado, el ascenso de empresas mediáticas desreguladas, la furia del lucro y el manejo clientelar de las audiencias. Todo eso persiste y se exaspera. Pero su sentido cambia si no nos centramos en la sociología política de las instituciones o en la dinámica industrial de los comunicadores, sino en la experiencia de los ciudadanos. ¿Qué es para ellos lo público, o sea lo común, lo que nos hace vivir todavía con cierto sentido la convivencia, lo que nos lleva a interactuar, competir y a veces ser solidarios? Sin olvidarnos los muchos modos de pensarse como ciudadanos, sugiero rasgos propios de este tiempo de precariedad e inseguridad.
Una primera denición es que lo público es el lugar imaginario donde quisiéramos conjurar o controlar el riesgo de que todo esté permitido. En la modernidad, nos preocupamos por lo público porque necesitamos ocupar este sitio donde Dios está ausente, donde lo que queda de la familia y del Estado-nación no bastan para jar reglas de convivencia. Desde que habitamos un mundo con interdependencias globales y sin organismos que estructuren la gubernamentalidad a esa escala, el riesgo de contar con pocos límites para lo permitido –sin tener criterios socioculturales y políticos compartidos– vuelve acuciante el desafío de definir lo que tenemos en común, o al menos los acuerdos que harían viable convivir en las diferencias.
Los medios y las redes captan el descontento de los habitantes de las ciudades que no se resignan a vivir en interacciones difusas e inapre hensibles. Entonces la radio, la televisión y la Internet –redes translocales– construyen relatos de localización. Mientras la expansión territorial de las megaciudades debilita la conexión entre sus partes, las redes comunicacionales llevan la información y el entretenimiento a domicilio: la desordenada explosión hacia las periferias, que hace perder a los habitantes el sentido de los límites de “su” territorio, se compensa con informes de los medios, los mensajes de WhatsApp y la transmisión de servidores virtuales sobre lo que ocurre en sitios alejados de la urbe.
La radio y la televisión, empeñadas en narrar y dar coherencia a la ciudad, rediseñan sus tácticas comunicacionales para arraigarse en espacios identicables: “aquí estamos frente al edicio…”. Las comunicaciones por celular suelen iniciar con la pregunta ¿dónde estás? Aun las empresas transnacionales saben que sus audiencias esperan que les hablen de lo que signica estar juntos en un sitio particular. Asumen, entonces, este doble papel: informadores macrosociales, que divulgan lo que sucede en lugares lejanos del país y del mundo, y condentes microsociales, que cuentan los embotellamientos y perturbaciones emocionales de la ciudad, los desórdenes y catástrofes del mundo. Así pasan en los noticieros, uno tras otro, los rituales de la diplomacia internacional y los espectáculos íntimos de nuestros vecinos.
Me detengo un momento en las mutaciones más recientes de la administración mediática de lo público. Al comienzo de la difusión radial y televisiva, algunos Estados nacionales fueron propietarios de emisoras y orientaron su acción con sentido social. La concepción del espacio público moderno estuvo ligada, dice John Keane, al modelo de “radiodifusión de servicio público”. Él ha mostrado la importancia que tuvo este modelo en Gran Bretaña, los Países Bajos, la República Federal de Alemania y Canadá para aminorar las presiones nancieras, limitar la cantidad y el tipo de publicidad, así como dar acceso a los ciudadanos para que participen en los debates de cada sociedad. Varios autores extendieron esta valoración de los logros mediáticos a la radiodifusión y la televisión en América Latina (como creadores de comunidades virtuales, entre ellas para formar el sentido de nación entre regímenes de pertenencia desconectados) (Martín Barbero 1987; Ortiz 1988).
Con el mayor impacto de los medios e Internet comenzó a llamárselas las nuevas ágoras, lugares de información masiva. En parte, así ocurre. En los medios de comunicación –y ahora en las redes– conocemos la mayoría de las noticias, oímos lo que se dice sobre ellas, participamos en esa conversación. Al mismo tiempo que los partidos políticos extraviaron su credibilidad y capacidad de representar intereses públicos, los medios fueron apoderándose de esos lugares de intermediación y deliberación social.
Nos preguntamos, ahora, cómo se transforma lo que se llamaba ágora cuando la comunicación urbana, nacional y transnacional multiplica en instantes la información, concede la sensación de estar hiperinformados y a la vez que tantos procesos que nos afectan son inabarcables: por su volumen, obsolescencia y porque su lógica se decide –o se administra– en sitios remotos y turbios.
Cambia la experiencia de lo que podemos construir y decidir. El sentimiento de desconstrucción e incapacidad de decisión, es decir, ingobernabilidad, sugiere que sólo se están administrando fragmentos de lo que tenemos en común y son inaccesibles los sitios donde se hace. Como seguimos deseando contextos, marcos de comprensión a los cuales aferrarnos, imaginamos como culpables de los desórdenes a minorías locales, a los extranjeros, a entidades abstractas como el imperialismo o a instancias salvadoras, de armación o solidaridad, como las redes. A mayor opacidad y distancia de quienes administran, más fuerza de los imaginarios frente a lo poco constatable. Son escasos quienes logran desplegar prácticas alternativas de resignificación y crítica donde se cuestione el poder de los principales actores nacionales y transnacionales.
Ya en estudios de hace veinte años dedicados a evaluar las organizaciones de la sociedad civil –y las esperanzas que suscitaron en la transición del siglo xx al xxi–, se reconocía la desigualdad de acceso de los agentes locales. Por más que las ong buscaran intervenir en plataformas o redes transnacionales, y enlazarlas con la diversidad local, percibían que las necesidades y los estilos de acción de cada sociedad estaban condicionados por modas temáticas globales más que por diagnósticos, por la lógica burocrática de las agencias de cooperación multilateral y de los bancos y organismos dependientes del sistema de las Naciones Unidas. No son actores desterritorializados, sino transterritorializados, que producen discursos y actúan en relación con contextos sociales especícos (Abelés 2008; Mato 2004). Su predominio se advierte en el sistema mundial de producción audiovisual (cine o televisión) y es más rotundo en los “servidores” de Internet. En el ágora electrónica, los intentos de actuar “desde abajo”, de armar tejidos “pluridimensionales de ciudadanos” (Winocur 2002), lograron en una primera etapa que las iniciativas comunitarias, ambientalistas y de horizontalización de Internet ofrecieran conexiones emancipadoras y expandieran las batallas locales, por ejemplo el zapatismo.
La situación ha cambiado para los actores personales e institucionales, locales, nacionales y transnacionales, desde que vivimos en una gubernamentalidad algorítmica. La anterior etapa, la de gobernabilidad estadística, ordenaba los datos de quienes participaban en todas las escalas mediante información pedida con fines especícos por gobiernos, partidos, empresas y organizaciones sociales. En esta perspectiva, los gobiernos recolectan los datos con fines de seguridad, de control, de gestión de recursos, de optimización de gastos…; las empresas privadas recogen una cantidad de datos con fines de marketing y publicidad, de individualización de ofertas, de mejoramiento de la gestión de stocks y ofertas de servicio, con la idea de incrementar eficacia comercial y, por tanto, sus ganancias…; los cientícos coleccionan datos para adquirir y mejorar conocimientos (Rouvroy y Berns 2016, 92).
En cambio, bajo la expansión algorítmica se correlacionan miles de millones de datos desperdigados, con cierta independencia de sus aplicaciones y de los sujetos u organismos colectivos que antes los generaban para usarlos con propósitos sociales. La producción automatizada de conocimiento casi no exige intervención humana, “puede prescindir de toda forma de hipótesis previa (a diferencia de la estadística tradicional que ‘vericaba’ una hipótesis), es decir, de nuevo, que evita toda forma de subjetividad” (N. G. Canclini 2021)
Esta distinción entre modos de gubernamentalidad, distintas etapas de la comunicación, consolida la crítica insinuada en el primer capítulo a la noción de populismo. Seguir llamando populismos a procesos tan diversos es pensar la historia como reiteración de las formas de relación entre élites y masas. Ya eran distintas hace setenta años cuando se pretendía comparar a Mussolini y Perón, también cuando se coloca en la misma serie a dirigentes que actuaron en épocas no alejadas pero sí distintas, como Berlusconi, Chávez y Trump Seguir llamando populismos a procesos tan diversos es pensar la historia como reiteración de las formas de relación entre élites y masas. Ya eran distintas hace setenta años cuando se pretendía comparar a Mussolini y Perón, también cuando se coloca en la misma serie a dirigentes que actuaron en épocas no alejadas pero sí distintas, como Berlusconi, Chávez y Trump.
Dos errores, entre otros, inducen a tales asociaciones abismales: Uno es no percibir que los líderes son más foucaultianos que sus intérpretes, o sea, que no ejercen el poder de arriba hacia abajo: su astucia deriva de entender que el poder consiste en captar una situación estratégica en la distribución de fuerzas que actúan en una coyuntura precisa.
La segunda equivocación es autonomizar la lucha política como si lo que se sigue nombrando castrismo y anticastrismo, peronismo y antiperonismo, fueran la prolongación inercial de conguraciones económicas y político culturales del siglo anterior. La situación estratégica de la política cambió tanto como la del resto de la sociedad y las sociedades, desde cuando no existía Internet a cuando se volvió de uso cotidiano, del momento en que había Internet a cuando irrumpieron la World Wide Web y luego las redes sociales con su mercado de datos. Del tiempo en el que la gubernamentalidad se construía estadísticamente a cuando el consenso se produce algorítmicamente.