Hoy estaba platicando con una amiga, pero estábamos teniendo una conversación paralela. Yo decía algo y ella entendía otra cosa completamente diferente y viceversa, estábamos hablando pero no nos estábamos entendiendo. Cuando pasa eso y me doy cuenta, siempre trato de ponerme en el marco mental de la otra persona.
Es un ejercicio muy interesante. Cuando alguien malinterpreta una situación es la oportunidad perfecta para conocer mejor a esa persona, su interpretación me dice mucho acerca de cómo ve y habita el mundo. Es como entrar en su cabeza por un momento.
Es como cuando en clase de literatura la profesora nos preguntaba por qué en cierta escena del libro el autor había escogido poner unas cortinas azules y nos daba un análisis pormenorizado cuando puede que al autor solo le gustara el color azul. Con su versión la profesora nos hablaba de ella, en vez de acerca del autor.
En fin, no voy a hablar de mi amiga ni de la malinterpretación que tuvo porque me parece algo intrusivo, pero la situación me hizo pensar en esos "marcos mentales". Yo tiendo a ver lo bueno en las personas, a ponerme en sus zapatos y a abusar del principio de caridad: todo debe tener una explicación racional y justa. La mayoría de mis malinterpretaciones van en esa dirección, peco de ingenua por llamarlo de alguna forma.
Si, con base en eso, tuviera que asignarme un defecto fatídico al mero estilo de la mitología griega ese sería confianza ciega en los demás. Y a decir verdad, darme cuenta de eso me ha hecho conocerme mucho mejor.
Sinceramente, desde el espacio que hay entre mis pulmones.
Hace tiempo pensé, seguramente gracias a mis malinterpretaciones de los textos budistas, que lo mejor era no hacer nada. Que crear, “producir”, no tenía caso. Ahora sé que me dispuse a pensar de esa forma como excusa de mi ocio y mi falta de motivación. Pero lo cierto es que la mayoría de las veces que no hago nada me siento incompleta, como si estuviera ignorando alguna tarea de suma importancia que me fue asignada. Antes pensaba que pasármela sentada meditando y ya era lo mejor, pero ahora me doy cuenta de que ese “crear”, ese “producir”, vistos desde una perspectiva capitalista de mi parte, no tienen que ser menospreciados. Porque al final de cuentas en ellos se encuentra el principal motivo de la existencia humana: dar. Así que seguiré meditando, pero también creando, para así poder dar.
De verdad siento que le das otro sentido a mi vida. La mueves de su estado de reposo y la potencias para convertirla en algo hermoso, algo único. Sin embargo, dicho de esa manera suena tan tonto, tan fútil. Hasta me da vergüenza haber escrito eso, ser incapaz de expresar con palabras lo que siento por ti, lo que me causas cada vez que me hablas o que me miras. Y, en su lugar, ensayar un intento banal de oración, un bobo e inútil intento de colocar las letras correctas en el orden correcto que originan algo atroz, algo feo deforme que desfigura completamente mi intención, que origina tu justa burla y mi indignación.