Diciembre 2019
SÍ NOS HA PASADO A TODAS
Dirección: Jhonny Rivas, con Estefani García e Ivana Cordido. Textos de Darío Fo, Franca Rame y Jhonny Rivas
Mérida

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Diciembre 2019
SÍ NOS HA PASADO A TODAS
Dirección: Jhonny Rivas, con Estefani García e Ivana Cordido. Textos de Darío Fo, Franca Rame y Jhonny Rivas
Mérida
la serialidad como carácter principal de la época posmoderna la reiteración de una única y constante verdad la hiperrealidad más real que lo real
En ellas buscamos el vértigo de su superficialidad la pompa del detallismo
Deconstrucción
Aprender es, demasiado a menudo, repetir. La incertidumbre nos hace conservadores. Hay que reconocerle a la posmodernidad el mérito de atreverse a cuestionar las convicciones aparentemente más firmes. Ya nada es intocable. El aire fresco de esa relatividad, sin embargo, nos deja ateridos y a la merced de los vientos que soplen con más fuerza. Tras los escombros de la deconstrucción hay que atreverse a construir otra vez. Desaprender para aprender.
De ahí que, como nos recomendó Descartes, todo nuevo saber empiece por una duda; y la duda tiene siempre algo de inquietante. La duda hace tambalearse nuestro edificio mental, que nos parecía tan sólido y del que estábamos tan orgullosos; es comprensible que nos disguste su aparición. Pero si tras la duda asoma la sospecha, el temor fundado de que algo está mal, tal vez peligren los cimientos del edificio entero, y eso puede resultarnos más angustioso de lo que podemos tolerar. No siempre nos sentimos preparados para mirar a la cara a la verdad, cuando esta nos contradice.
No basta con demoler, hay que hacerlo siempre con el horizonte de qué construiremos después; de lo contrario, el hombre se queda solo, con la presión de la incertidumbre, y frente a ella recurre a lo primitivo: el instinto, la fantasía, el mito y la batalla; y queda a merced de los oportunistas, que lo someten a su manipulación, aprovechando la renuncia a limitarlos. Los ciudadanos del siglo XXI vagamos entre sombras, nos peleamos por baratijas, nos late el corazón a cualquier muestra de cariño, nos quedamos hipnotizados frente a la tecnología, nos vamos sintiendo solos y mientras más estamos ahí, más buscamos llenar los huecos. Tenemos que volver a pensarlo todo, volver a aprenderlo, volver a resignificar la vida.
Para aprender hay que des-prenderse de lo inadecuado, de lo que lastra nuestra conciencia y le impide contemplar lo nuevo con mirada clara... Sabidurías milenarias ya lo habían descubierto: "Cuando el ojo está limpio, el resultado es la visión”.
“La gente busca distraerse más, para preguntarse menos.”
.- El pensamiento posmoderno (Vía loreber)
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Una aparente reconciliación
En los últimos años de mi vida he trabajado una actitud escéptica ante “lo europeo”. He intentado dudar constantemente de su monopolio referencial, de su hegemonía como los únicos productores de lo bueno, lo bello y hasta lo histórico. Influido por mis lecturas de Martin Barbero, de Sousa y Monsiváis, he cuestionado y deslegitimado ese eurocentrismo tan apreciado en mi criolla ciudad y (a veces patético) círculo clasemediero. Me cansé y hasta indigné por el ciego elogio a la blancura de piel e ideas, al malinchismo de sobrevalorar lo castellano (y esa insoportable filia a lo catalán de muchos mexicanos que buscan hacerse un nombre en el campo artístico o intelectual), a la constante exotización de la creatividad oriunda y a la negación de todo lo que no fuera de sobrada elegancia (como la de Francia). A esta postura sumé mi genuino interés por la compleja historia mesoamericana, por los movimientos religiosos postcatólicos, por la brillante apropiación que hizo América Latina con el funcionalismo en arquitectura y plástica, por las culturas chicanas y fronterizas, por Ibargüengoitia, Borges y Bolaño, por el despotismo barroco y por las artes populares. Esta imperiosa apreciación de “lo endémico” me permitió tomar una postura de sobrada pereza ante el simplón gusto por lo europeo y hasta una “combatiente resistencia poscolonial”: un ingenuo pero apasionante intento por no reproducir dominaciones y despojos. Opté por dejar de lado las elementales lecturas de la superioridad europea (“por eso nos conquistaron, son más viejos y experimentados, el viejo mundo”) y hacer otras que fueran un poco más sintonizadas con un entramado histórico no lineal, sino trenzado, multidimensional y estructurado culturalmente.
Sin embargo, mi relación con Europa tiene también sus matices. Había visitado en distintas ocasiones algunos países del occidente continental. En esos primeros viajes mi fascinación había sido casi ciega; como cualquier otro habitante del mundo, me dejé envolver por las mieles del proyecto occidental (a pesar de yo mismo ser un truncó occidental). Como muchos otros, consideré París, Londres y Barcelona no solo ancla, sino lo que debíamos conseguir cualquiera que quisiera tener una vida plena en este planeta. Mi aprecio a lo europeo me asustaba, pensaba que nunca lograríamos tener lo que ellos. Esta postura, además, se intensificaba por mis vínculos familiares en Alemania; involucrarme en sus vidas me servía para comparar constantemente su funcional y organizado modelo socioeconómico con la corrupta y desigual realidad mexicana. Aun así, conocer una parte de sus cotidianidades y proyectos de vida me hizo darme cuenta de que esa declaración del presidente sobre “la corrupción como un asunto cultural” es de las falacias más ofensivas que nos han dicho como sociedad. En estricto sentido, no soy tan distinto a ellos; lo distinto son nuestros terrenos de convivencia. Por lo que el marco de referencia de sus instituciones me ha servido para mantener elementos más certeros a la hora de exigir respuestas en México. No cabizbajamente, sino posibilitante.
El modo de vida surgido desde los derechos humanos occidentales, desde la democracia liberal, desde los Estados de bienestar y desde el existencialismo me convence y me permite ver que el proyecto mexicano (desde el siglo XVI, pero más concretamente desde el XVIII) es una extensión —sí híbrida, sí sincrética, sí más creativa, sí más conflictiva— del modelo civilizatorio europeo. Si su colonialismo se puede adjetivar casi colegiadamente como imperdonable, no deja de ser conflictivo que sus modelos de pensamiento hayan sido (o sean) capaces de generar las autonomías e independencias —los progresos y continuidades— que hoy dictan posibilidades más dignas y recurrentes para todos (la democracia como ese gran invento clásico, la modernidad como ese conjuro que aterra por entero). En el siglo XXI, donde la globalización de los discursos religiosos perdió su peso absoluto para abrirle paso a la universalidad del consumo, no deja de ser sorprendente, frustrante o, en el mejor de los casos, provocador, que los referentes del “viejo continente” se mantengan vigentes —a pesar de tener tan cerca la poética del sueño americano. Encontrarse con lo europeo en este contexto es tan desolador (comparativamente) como estimulante; es abrazar la idea de que otra narración histórica (si no nos hubieran conquistado, si fuéramos menos mestizos, si la raza cósmica) es imposible. Y que lo que nos queda, bajo el supuesto de que nos quede algo, es la posibilidad de diversidad, encuentro y derecho.
Volví a Europa en 2016 a despedir uno de los años (aparentemente) más emblemáticos del neoliberalismo como época. Mi renuencia no fue tan evidente; ahora vivía una experiencia aparentemente nueva en la que iba menos incrédulo, con más lecturas, más posturas, más cautela y más ganas de beber. También porque la premisa del viaje con Jorge es siempre la del deleite que supera cualquier ideología. En combatiente actitud ante esa deplorable idea del “eurotrip”, decidimos visitar con más calma Berlín y París, haciendo una ligera escala en la capital neerlandesa y de paso al norte del Rin para abrazar a la familia. Las sorpresas fueron auténticas, pero sobre todo abundantes.
Identifiqué que uno de los graves problemas de las visitas a Europa es justamente eso, pensar en “Europa” como un todo. Logré comprender que esa es una estrategia mercadológica de las agencias de viajes para vender recorridos turísticos en paquetes de mayoreo; así como se hace con México cuando lo que se vende es un franja ficticia del caribe quintanarroense. Y el problema de estas ciudades-producto, como casi con cualquier bien de consumo, es que la estandarización resulta lo más funcional. Los centros de las ciudades europeas viven el terror del turismo masivo: habitantes de literalmente todo el mundo visitan museos, palacios, monumentos, jardines, tiendas y avenidas que se convierten en parques de diversión, en salones de eventos para entretener la curiosidad vacacional y el afán del “viajero”. Esos centros —ciertamente más viejos, transitados y significativos para las ciudades— pierden su autenticidad al volverse escaparates idóneos para las selfies, los folletos con información irrelevante, los autobuses foráneos y las filas como premisa. Y es que la colonización es tan perversa que se vuelve imán en lugar de aversión; por lo que escapar de ahí y volcar a la vida cotidiana, además de complejizar, redime.
En el mundo hiperconectado, lo que reluce de Europa y su espíritu, una vez superada la barrera del turismo de estampa, es la aglomeración de capitales políticas: en un territorio relativamente conciso, los puntos de encuentro, concentración y vitalidad son múltiples y recurrentes: por eso Copenhague, Milán, Lisboa, Viena o Bruselas. La idea de metrópoli —el origen griego del colonialismo— sigue vigente en ese norte del Mediterráneo. Sí, es cierto, para entender a Europa y sus ciudades en este momento de la historia es necesario reflexionar su historia y su vínculo con otras geografías (sobre todo de los viejos imperios colonialistas y los actuales flujos migratorios). Sin embargo, la tecnología “cultural” (los medios) nos permitieron establecer ciertos referentes reconocibles independientemente de las coordenadas donde te encuentres. Aunque dominantes, hegemónicas e impuestas, Madonna, ABBA o Eminem te resuenan en el inconsciente al que le resulta insignificante tu contexto oriundo. Los gays sabemos bien de esta dinámica: aunque local, nuestras identidades siempre tienen resonancia con referentes de otros lados (casi siempre reconocibles, casi siempre del norte). Por lo que la metrópoli es uno de los principales alicientes de las capitales europeas: la idea de lo internacional que paradójicamente rehúye de la estandarización masiva, y que, al contrario, apuesta por el encuentro fortuito de referentes y promesas.
Una de las formas más emblemáticas que encontramos para descubrir las cotidianidades de las metrópolis fue su vida nocturna. La nocturnidad presenta una realidad diferente de la que se suele ser ajeno porque pende, justamente, de lo imprevisto. En la noche, los poderes que controlan toda estructura están relativamente alejados (no hay horarios laborales, se flexibilizan los compromisos morales, se prioriza el deseo). Con la conciencia menos vigilante, se asoman verdades menos evidentes, relatos que no siempre son los protagonistas de las ciudades.
La palabra Berlín, como se ha investigado, podría significar “tierra deshabitada” y su particular locación, evidentemente bárbara, nos habla de una ciudad cuya vocación ha sido el capricho. Ni cerca de las flamencas, ni de París, ni de los pueblos del Rin o de Bavaria, ni puerto del mar del norte o siquiera en conflicto con Varsovia: no, Berlín decidió solidificarse en esas tierras pantanosas. Y así son los berlineses, y así es la noche en la capital de Alemania. Aquí parece que la arbitrariedad tiene orden y que la rareza es un derecho. ¿Y cómo más podría ser una ciudad que fue el epítome de la tensión moderna? Al dividir el capitalismo del socialismo, la igualdad de la libertad, ese muro posibilitó significarlo todo: ser capaz del hibridismo y la contradicción, de mis tan apreciados oxímoros. Algunos de sus puentes y callejones, de su arte urbano y trazos de concreto (sobre todo de la parte oriental) nos recordaron a la Ciudad de México: otra urbe determinada por la tensión. Allá, en los estragos del comunismo, se instalaron dos bares que nos robaron las ganas de irnos a cualquier otro lado: el Möbel Olfe, en la planta baja de uno de los típicos edificios socialistas y el Roses, una diminuta cantina atendida por una lesbiana heredera del punk más recio, cuyas paredes de peluche rosa se complementan con una luz roja que ilumina al fondo una figura enorme de la virgen de Guadalupe con una democrática rocola que va de Selena a “Voyage, voyage” y los 99 Luftballons. Ambos espacios son muestra de esa hibridación cultural “posmoderna” que no respeta o, al contrario, elogia y remezcla toda digna expresión simbólica. Conocimos también uno de los bares gays locales más fascinantes, el Redgold1, donde el dueño es a la vez el barista, el mesero y el DJ, de una dinámica tan particular como entrañable: todas las paredes están cubiertas de portadas de vinilos con una canción, el objetivo es recorrer el pequeño lugar y seleccionar lo que quieras escuchar (de Donna Summer a Blondie). Si el punk, los hippies y demás contraculturas fueron revestidas por la guerra fría (por la forzosa decisión de bando), los relatos neoliberales implican reconstruir historias, apropiar y excluir lo que no es ético, lo que no aporta.
Por la otra parte, París es una ciudad que cumple con sus clichés: elegante, soberbia y ensimismada. Y la noche, como la misma ciudad, es mucho más selectiva. Aunque abundantes, los lugares para tomar y bailar son más pequeños y regulados. Además de que la mitad de la diversión se opaca cuando los lugareños son incapaces de hablarte si no es en francés. Sin embargo, lugares como el FreeDJ, el Duplex o el CUD tienen esta reminiscencia de la capital multicultural (sobre todo de los descendientes de las colonias africanas y árabes) y, en algunas calles de Le Marais la bohemia sigue siendo un detonante casi ontológico. París, sin duda, se reconoce por su evidente, explícita y casi abrumadora belleza. Y es que, como suelo decir, su belleza es innegable porque ahí se inventó la estética moderna. La arquitectura es monumental y los referentes son inacabables; es una ciudad que se basta a ella sola y que no tiene intención de ceder: el punto más alto del despotismo occidental. Característica que sobrevive en la globalidad consumista; a pesar de que cada vez es más común encontrar cualquier producto en cualquier lado, París sigue ostentando el título de exclusividad. Productos de lujo desde perfumes hasta libros son el devenir de su centro, el motivo casi resuelto de su existencia, de su orgulloso estigma.
Lo que resulta más retador de visitar capitales europeas en 2017 es el reconocimiento de códigos comunes a nivel global más allá de los McDonalds o las tiendas Adidas. Gran parte de esta empatía transnacional (o anacional) se debe a los aportes del arte contemporáneo. Una generación o estilo de ser en la contemporaneidad a la que, intuyo, pertenezco, se reconoce o desdobla en mucho de lo que se hace en el campo del arte. Las exposiciones del MUAC pueden tienen la misma potencia (o intención absurda) que lo que se expone en el Pompidou o el Stadelijk de Ámsterdam. Los artistas que exponen en el K20 de Düsseldorf (uno de los museos de arte moderno más interesantes y con una colección imperdible) simulan los estilos y las reflexiones de aquellos que hacen una colectiva en el Museo de Arte de Zapopan. Este fenómeno no se reduce al arte institucionalizado, sino que se replica en toda producción cultural: desde las revistas independientes, el cine, la moda, la fotografía o la música. En las capitales europeas se replica con mayor énfasis esta sensación global de estilo de vida que se contraponen a las narraciones oficiales, al pensamiento dicotómico y al rastreo de orígenes simbólicos. La ética protestante de Weber es estéril en un contexto donde habitantes del mundo (de Chicago a Johannesburgo, de Tegucigalpa a Bombay) se encuentran ligados por la interconexión y la plataforma común. Esa ética se compone de dudas ante un sistema económico que no responde, es consciente de su capacidad pero le teme a la competencia y la sobrepoblación, es optimista en su apatía y pesimista en su agencia, es atea (o cuando mucho una mezcla agnóstica de budismo con rituales wixárikas), las barreras entre los géneros le parecen inútiles y no satisfacer el deseo resulta la máxima afrenta.
Visitar las capitales europeas es identificar el origen de esa ética, pero a la vez apremiar los aportes a una globalidad que se construye desde diversos localismos. Es tomar una postura ante el mundo. Es reflexionar la pertinencia de una estética, de una moral, de una historia. Es volver a confiar en los plurales. Es una invitación a no detenerse.
Desnudarse por dentro, quitarse las máscaras, despojarse las dudas y los miedos... esa es la única pornografía que no se tolera en este siglo; todo lo demás ya ha sido visto.
Armando Castañeda
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