La verdad de la milanesa… Somos unas ternuritas.
Thank you so much for your amazing work Sara Andersen.
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La verdad de la milanesa… Somos unas ternuritas.
Thank you so much for your amazing work Sara Andersen.
Por si tenías ganas de leer algo rápido y entretenido. No todo es novelas y sagas de cuarenta tomos. A veces, hay que descansar de las lecturas largas y darse un gustito breve.
Podés encontrar fácilmente el cuento en tu buscador web amigo más cercano.
Y si queremos extender el diálogo después del verbo dicendi, se encierra este inciso entre dos rayas de diálogo y se pone un punto y seguido o una coma justo después de la raya. Si ponemos un punto y seguido, la siguiente frase empieza con mayúscula; si ponemos una coma, en minúscula. Así:
a) —Quiero vale cuatro —dijo Satán—. Y ya que estamos, tu alma.
b) —Quiero vale cuatro —dijo Satán—, y ya que estamos, tu alma.
Otra opción que uso mucho (tanto para evitar tantos incisos y verbos dicendi), son los dos puntos en la oración previa al diálogo. Por ejemplo:
c) Satán tiró las cartas sobre la mesa y sonrió mostrando los dientes: —Quiero vale cuatro. Y ya que estamos, tu alma.
De este modo, no “ensucio” el diálogo, ya que los dos puntos indican previamente quién está por hablar. . Si hay algún gramático en la sala, por favor, no tema corregirme. Estamos acá para aprender.
Siempre me dijeron "los perros te muerden porque les tenés miedo". Y yo siempre respondo: "Les tengo miedo porque me muerden". Seis o siete razas distintas de perros me han mordido a lo largo de mi vida. Desde un pequinés hasta un rottweiler. Veo un perro en la calle y me cruzo la vereda. Escucho siquiera los rasqueteos de las garras contra el asfalto y se me frunce todo.
No puedo estar solo con un perro. Empiezo a transpirar. El corazón se me atora en la garganta. . Al menos, no podía. Estos últimos años he estado trabajando en ese miedo. Y si bien no puedo decir que lo superé del todo, al menos ya me animo a acariciarlos y a hablarles. Descubrí que el problema no son los perros, son los dueños. Y mi mala suerte, que siempre me tocó encontrarme con perros locos a los que les gustaba morder porque sí.
En fin, este terror me sirvió para una historia. Y creo que salió algo sincero de ese cuento, porque no lo forcé. Realmente incrusté en un personaje ese pánico que me da sentir un perro cerca. Describí algunas de las ocasiones en que me mordieron, y puse a ese personaje frente a un terror magnánimo, ese que si me pasara, me moriría de pie: lo enfrenté a un dogo argentino sobrenatural. Sonará chistoso para los que no les tienen miedo a los chuchos. Pero créanme, no lo es.
¿Y vos? ¿Cuál es tu terror más grande que nadie entiende?
Mi relación con la literatura es estrictamente carnal. Solo leo libros que me estimulan y me entretienen. Y no es una cuestión de objetividad literaria. Me han recomendado y he empezado a leer cientos de libros, tanto clásicos como contemporáneos, y los he abandonado tras un par de páginas. Puede que sean obras espectaculares, sí, pero como dice Marcelo di Marco: esa literatura no se hizo para mi alma.
Ya perdí tiempo en la adolescencia tratando de leer libros que “debía” leer, que supuestamente me tenían que enseñar cosas y revelarme los secretos de la vida. Me forcé a terminar cada bodrio. . Hace poco intenté leer de nuevo “El retrato de Dorian Gray” (un clásico del género), a ver si un yo más maduro y adulto —en cuestiones de lectura, por supuesto— podía disfrutarlo y encontrarle la magia que desprende el texto. ¿Y qué pasó? Lo mismo: no pasé de la página diez. Insufribles los diálogos sobrecargados que se tira el protagonista.
Lo mismo con la escritura: escribo para entretenerme y, con suerte, para entretenerte a vos. . En fin, la moraleja es: lean lo que les entretiene. No “deben” ni “tienen” que leer nada que les aburra. Hay demasiados libros en el mundo y muy poco tiempo para leerlos. Además, si se mueren, no creo que Satán les niegue la entrada al infierno por no haber terminado “Orgullo y prejuicio”.
¿Y vos? ¿Cuál es ese libro que dejaste por la mitad juntando polvo en la repisa?
Seguimos sumando formas de ver el terror, o “paradas”, como decía Jack Ketchum. La parada de Luciano Redigonda parece ser ese sacudón invisible que te revuelve por dentro. Esa oleada de incomodidad que te hace querer ver y no ver al mismo tiempo qué es lo que la produce. Para él, el terror es sumergirse en un mundo oscuro por voluntad propia; meternos en nuestro interior para charlar con ese monstruo contenido que, quizás, no es tan monstruo después de todo. Quizás los monstruos somos nosotros por tenerlo ahí enjaulado, cagándose de hambre. Por ahí, escribir terror, sea dejarlo asomarse un poco, que vea la luz del día cada tanto. Pero sin abrirle nunca la puerta por completo.
¿Y vos? ¿Le soltás la cadena a tu monstruo?
Luciano Redigonda, como pocos, ha conseguido mostrarme Rosario de una forma tenebrosa. No peligrosa como la pintan los medios. Su ficción me ha perturbado más que cualquier narco pegándole tiros a los restaurantes de Pellegrini a plena luz del día.
Es un chiclé, sí, pero Luciano logra en su primera antología de cuentos “Cómo sacar a un murciélago” que Rosario sea un personaje más, y no solo un fondo de cartón piedra.
Si visitaste la Cuna de la Bandera o viviste o estudiaste ahí, no podés dejar de conocer a este autor de terror rosarino.
Además de escritor, Luciano es Licenciado en Comunicación social, cineasta y guionista. Ha participado en “19, una cartografía narrativa de Santa Fe” (Cardumen), y escrito la novela gráfica Desde la raíz (Aguará Colectivo Editorial). Ha escrito “Cine slacker argentino”, segunda mención en el concurso de ensayos cinematográficos Domingo Di Núbila del 30º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, y publicado en “Haciendo dibujitos en el fin del mundo” y “Guiones para ver y mirar 1”.
Como guionista ha participado de diversos proyectos para cine, televisión y radio. Escribió el podcast “Espectro sonoro” para Radio UNR y “Combustible” para Ochenta Podcast. Lleva adelante el desarrollo de la serie animada de terror “Gualicho, horror litoral”. Es miembro del Centro Audiovisual Rosario, donde trabaja en la gestión de su cinemateca y la programación de festivales y ciclos de cine.
¿Con qué vas a encontrarte en esta novela? A simple vista, con una pelea de pareja que desemboca en una traición amorosa, una traición que va a venir acompañada de sexo tórrido y de algún que otro asesinato. También vas a encontrarte proyecciones de películas de terror, que son como mini historias narradas en presente dentro de la novela. Unas joyitas que parecen no aportar nada a la historia, pero que guardan una relación directa con ciertas desapariciones que descubre la protagonista. Ya dije mucho.
Bon appétit.
Nunca leí a este señor, pero que tiene razón, tiene razón. Eso sí, primero me aseguré de su existencia y, lo más importante, de que fuera escritor. O de que haya sido escritor. Porque está más muerto que Ricky Fort. Chiky-chiky-pom, chicky-chiky-pom.
Parece obvia la frase cuando la leés, pero seguro que nunca la pensaste en esos momentos en los que no podés avanzar en lo que escribís, o en los que querés tirar el teclado por la ventana porque no sos capaz de hilar dos palabras coherentes juntas.
Por poner solamente un ejemplo (porque pasados trágicos de escritores hay para hacer dulce de leche), Stephen King era un borracho endeudado, adicto a la cocaína, que vivía y escribía en una casa rodante mientras su primer hijo le lloraba en la cara. Pero fuera de sus divertimentos, escribió cientos de relatos, ensayos y notas periodísticas antes de que le publicaran Carrie, su primera novela, en 1974.
¿Vos qué excusa tenés para rendirte?
¿Cómo solucionar este exceso de voz? Como le dijeron a Hemingway: no se haga el artista. Escriba con frases cortas y concisas. Después habrá tiempo para adornar si es necesario.
Y recuerden, queridas tripas: en literatura las cosas no están ni mal ni bien: todo depende de cómo se usen.
Como decía el otro día, nada en literatura está bien o está mal. Todo sirve, depende de cómo se use: yo uso la explicación con adjetivo en mis borradores. Me sirve para no cortar el influjo satánico, digo mágico, de la historia y terminar de escribirla. La uso para marcar esas partes en las que, después, tengo que explayarme más y desarrollar mejor el ambiente.
¿Y vos? ¿Eras consciente de la diferencia entre ambientación y una explicación con adjetivos?
Richard Laymon —el polémico ídolo del gore literario— nació en 1947 en Chicago, Illinois, y un infarto agudo de miocardio lo sepultó en el 2001. Presumiblemente, sin relación alguna con la crisis del mismo año en Argentina. . Fue un escritor que dedicó su vida al género de terror: dejó en su haber más de sesenta relatos cortos y más de treinta novelas. La mayoría publicadas post mortem en Estado Unidos solamente. Sin embargo, logró la mayoría de su éxito en Europa. . Su novela "Flesh" fue nominada a "La mejor novela de terror" por la Science Fiction Chronicle, y tanto "Flesh" como "Funland" fueron nominadas para el premio Bram Stoker. Premio que le entregaron en 2001 —después de morirse— por su novela "El espectáculo del vampiro".
En las notas que encontré en Google, dicen que recibió varios elogios de Stephen King y Dean Koontz. Pero yo, en los prólogos de las novelas que leí del querido Richard, me encontré con que no lo querían mucho. En especial King, que lo descalificó por el “gore ofensivo” en “El Sótano”, su primera novela, y en las dos que le siguieron.
Trato de seguir la línea de origen del gore en la corriente literaria. Y de lo poco que encontré, parece que Laymon fue el capo que hizo explotar este subgénero, el cual empezó John Russo, coguionista de “La noche de los muertos vivientes”, y autor de la versión novelada (1968). Me leí la novela de Russo. Y, la verdad, nunca encontré tanta lentitud dramática y errores de continuidad como en ese texto. Es más, fue el único libro hasta el día de hoy que me llevó a agarrar una birome, tachar los errores y reescribir párrafos enteros. Claro que lo vi como una oportunidad para practicar y mejorar mi escritura. Y los errores estaban en una versión española que tenía mi abuelo. Vaya uno a saber si en su idioma materno John Russo no era un Borges.
Bueno, ya me fui de tema: ¿y vos, has leído al tierno y difunto Laymon?
Aprovechando que hace poco la revista Aparato Nacional publicó otro de mis relatos, por acá les dejo un fragmento.
Si algo nos mostró Chiquititas en los años ‘90, era que los huérfanos, a pesar de la crueldad del mundo y de sus malvados cuidadores, podían salir adelante y lograr una vida espléndida, mágica y maravillosa. Bueno, los huérfanos de mi relato, situados en una Argentina que poco tiene de maravillosa, no.
Empecé mal con la querida Mariana. Primero leí un par de cuentos sueltos que me parecieron malos, porque no terminaban. O sea, terminaban en seco, justo donde empezaba el conflicto. Y más que finales abiertos, parecía que Mariana se había aburrido a mitad de viaje y los había cerrado ahí porque no sabía cómo terminarlos. . Pero después le di otra chance. En unas vacaciones en Córdoba Capital, me compré “Las cosas que perdimos en el fuego”. Y alcanza con decir que me bajé todo el libro en el colectivo, en el viaje de vuelta, e hicimos las paces con Doña Enríquez. Esos cuentos sí me volaron la cabeza.
De las novelas no puedo decir nada porque no las leí y no planeo leerlas en un futuro cercano: prefiero quedarme con el perfecto sabor de boca que me dejó la antología.
¿Y vos? ¿Sos quien pone la trampa o quien la sufre?
Antes de Terrifier, antes de Pennywise, incluso antes de que supiera leer, esta cabeza de payaso flotante ya me sacaba el sueño. Desde la cama de arriba de la cucheta, siempre la tuve a la altura de los ojos. Me asustaba tanto de chico que un día la di vuelta, y el payaso quedó mirando a la pared. Me daba la espalda (o la nuca), y brillaba en la oscuridad con un color ocre que me recordaba al asfixiante fondo mugriento de la pileta municipal. Después, cuando el foco se quemó, fui feliz durante algún tiempo. Hasta que una noche, volvió a brillar, pero esta vez la luz era roja, y el payaso ya no miraba la pared, me miraba a mí, con sus cejas y maquillaje cuarteado. Hasta el día de hoy me pregunto por qué nunca saqué esta lámpara de la pieza. Acá sigue. Y no pienso prenderla para ver si funciona.
A fin de arruinar los efectos dramáticos del párrafo de arriba, no la saqué porque me mudé de la casa de mis viejos, y, sí, también la volví a prender. Y ahora la luz es azul. Ni idea cuándo ni quién le cambió el foco rojo. De lo que sí estoy seguro es de que es la primera vez en más de veinte años que la prendo. Y no me electrocutó. Así que todo bien.
Mi primer cuento, a los seis años, fue una historia sobre cómo Sonic asesinaba a Colitas. No me acuerdo cómo se desarrollaba. Solo tengo el recuerdo de que eran unas tres o cuatro hojas escritas a mano, en lápiz, con la calcomanía de Sonic pegada en una punta. Me acuerdo que mi vieja me llevó con Teresita Yugdar, la escritora del pueblo —y amiga de ella— para que le mostrara el cuento. Se lo di y Tere lo leyó ahí nomás, parada, adelante mío, mientras yo no sabía dónde meterme. Cuando terminó, pensé que me iba a dar un sopapo, pero no, sonrió tanto que los cachetes le eclipsaron los ojos. —Nunca dejés de escribir —me dijo. Lo mismo me diría su hija, profesora de lengua y literatura, unos diez años después, tras mostrarle mi primera “novela” en la que todos se mataban entre todos al final. Sonrío al pensar en ellas. Fueron de las pocas personas en mi infancia/adolescencia que siempre me empujaron a seguir escribiendo. Y acá voy a seguir. Hasta que el mundo me descubra.
¿También tenés a alguien que creyó en vos desde el principio?
Seguimos sumando formas de ver el terror, o “paradas”, como decía Jack Ketchum. La parada de Diosdado parece ser el terror de lo cotidiano que se instala en la cabeza y muchas veces nos ahoga. Ese terror que, cuando cerramos los libros con monstruos de ficción, resurge calentito en forma de problemas familiares, peleas con el entorno, trabajos que odiamos y dinero que no alcanza. Ese terror que nos hace desear, al menos por un rato, que existan realmente seres de carne y hueso que nos chupen la energía. Porque, de ese modo, al menos podríamos ponerle una cara y una debilidad a eso que nos lastima.
Esta clase de terror, mezclada con una buena cantidad de tripas, me puede hacer el día.