La guerra en contra de los cuerpos. Y las pláticas de paz.
“No te quiero por tu cuerpo sino por ti. Tu cuerpo es solo la cereza en el pastel”. Un mensaje que recibí durante una crisis de autoestima. Cada tanto tengo una conversación similar porque cada tanto mi mente decide poner más valor en mi cuerpo que en cualquier otro atributo personal. Qué no mi cuerpo es parte de mí o porque hay tanta diferencia en cómo lo valoro. Busco algún espejo de entre mi círculo de confianza para que me refleje todo lo que creo saber pero no veo. Con insistencia recibo respuestas dentro de un espectro que va desde “a nadie le importa cómo te ves, solo a ti” hasta “eres perfecta, no pienses otra cosa”. Y estoy segura que eso a veces resulta peor porque ninguno de esos reflejos me parece realista (¿pero algún reflejo lo es? Después de todo, todos tenemos filtros diferentes).
Esas son respuestas del guión que hemos aprendido a responder a las mujeres de nuestras vidas ¿Qué clase de realidad sería aquella en la que todas las mujeres que nos rodean fueran perfectas? ¿Una versión tinder age de las Stepford Wives? Aterrador y desabrido. Quienquiera que me responda eso no está diciendo más que lo que piensa que quiero escuchar. Por otro lado, ¿qué clase de realidad sería una en la que a nadie le importase tu aspecto físico? Una ciega, donde la funcionalidad y el placer de lo corporal están cancelados. Quienquiera que me responda eso ignora que los cuerpos y que la belleza son políticos. Y el cómo negociamos con ellos determina nuestro comportamiento y nuestra salud.
Después de días me canso de pensar obsesivamente en mi aspecto físico. Algo pasa. Algún deadline, una cena con mucho vino, una ida al cine. Y esa obstrucción dismórfica se disipa entre otros pensamientos. No escapa, sin embargo, los límites abstractos de la mente. Se hace de un rincón cómodo para pasar el tiempo mientras prepara su siguiente aparición*, pero sus secuelas permanecen en forma de dudas cotidianas. Es una pena, porque la exposición a la cotidianidad (imágenes y discursos sobre belleza y delgadez para donde se mire), es lo que eventualmente la vuelve a alimentar como gremlin después de medianoche. De tal suerte que a mis 27 me encuentro en una constante ambivalencia corporal:
¿Qué tanto debe importar(me)?
¿Yo importo –como humano y como mujer– solo en tanto que puedo quitarle valor a mi cuerpo y agregarlo a mi intelecto y sentimientos?
¿Es mi cuerpo sólo la cereza en el pastel? Y si es así, ¿hay mérito en saber apreciar esa cereza?
¿Por qué insiste el mundo en que las soluciones son solo los extremos de alabar mi cuerpo como es (un mensaje bastante reciente, cabe aclarar) o no pensar en él en absoluto?
¿Por qué todo a mi alrededor me ataca y me exige estándares tan irracionales?
¿De dónde salieron esos mensajes tan violentos?, ¿Por qué sigo en la línea de fuego de una guerra que yo no comencé? Nadie me preguntó si quería participar y aquí estoy en lo que se siente como la Ofensiva del Tet.
Estoy cansada. ¿Cómo empiezo a negociar un armisticio?
La confrontación aunque fatigante no me parece extraña. No le es extraña a ninguna mujer, creo yo. Aunque estas ansiedades para la mayoría son inconscientes, son, para todas, mecanismos que operan fuera de nuestro control, aunque irónicamente sirvan para ejercer control. Pareciese como si estuviéramos condenadas a siempre pensar en nuestro aspecto físico porque históricamente este ha sido una moneda valiosa de cambio. Ser mujer es desde muy temprana edad aprender el discurso de que como te ves es tan o más importante que tu pensar y tu sentir. Naomi Wolf lo describió en The Beauty Myth como el último tipo de control patriarcal; mismo que ha mutado y ganado fuerza desde que las luchas feministas han logrado (para la clase media y media alta) derechos sufragistas, educativos, laborales y sexuales. Varias de esas luchas siguen vigentes, pero la que yo siento me oprime más es la lucha por no vernos como quieren que nos veamos (delgadas pero con curvas, nunca cansadas, sin marcas en la piel ni cicatrices ni arrugas). Y sufrir cuando inevitablemente uno no lo logra. Wolf no podía sino imaginar el futuro de este control, pero hoy ese futuro es el de mi generación y las cercanas a mí.
Cuando estaba en secundaria, mi amiga Betsy y yo empezamos a obsesionarnos con cómo nos veíamos, con cómo lucía nuestra piel, nuestro pelo, nuestros huesos. Pasábamos cinco horas al día bailando ballet y analizando cada centímetro de nuestros reflejos en un salón con dos espejos de cada lado, de esos que multiplican tus defectos de forma infinita. Teníamos looks que pensábamos eran únicos (y que evidentemente no eran). Yo me delineaba los ojos tan negros como humanamente posible, tenía side-swept bangs y me pintaba los labios casi invisibles. Ella era lacia, con fleco de Daisy Edgar-Jones, se ponía blush y le encantaban los labios rojos. No sé en qué momento, pero sin darnos cuenta ya habíamos comprado la fantasía de Victoria’s Secret y sus photoshopped angels. También dominábamos la programación basura que, entre otras cosas, incluía America’s Next Top Model, Gossip Girl, Dr. 90210, Girls of the Playboy Mansion, Giuliana Rancic comentando “noticias” en E!, y un comercial (que nos aprendimos de memoria) en el que salía Keira Knightley diciendo “I do sit-ups occasionally”. Las celebridades de moda eran Paris Hilton, Lindsay Lohan, Mischa Barton, Ashlee Simpson, y una muy incipiente Kim Kardashian. Todas ellas, salvo Kim K (quien tiene su propio set de disfunciones e influencias), vivieron los 2000s con trastornos alimenticios y adicciones que inundaban las portadas de Us Weekly. Me cuesta trabajo pensar en un grupo de productos mediáticos más nocivos para un cerebro adolescente. Tanto Betsy como yo tuvimos, por fortuna, otras influencias que también nos moldearon y estoy segura nos salvaron.
Unos diez años después, estoy en un lugar en el que convivo con adolescentes muchas horas de mi vida, y no puedo evitar verme en ellas con dosis de nostalgia y alivio. En esta interacción cotidiana me he percatado de que tienen muchas de las mismas ideas violentas sobre cuerpo y belleza con las que yo crecí; ahora exacerbadas por una sobreexposición digital a cuerpos, caras, y lo peor, estilos de vida, irreales. Aún noto que hay una importancia desmedida por cumplir con estándares arbitrarios y las preferencias masculinas. Me preocupa que la monetización de la belleza femenina sea algo tan alcanzable. A un tiktok de distancia. Veo con tristeza que las comunidades pro-ana y pro-mia no han desaparecido sino migrado de tumblr a otros rincones de internet en los que me siento imposibilitada para ayudar. Pero sobre todo me enfada que la obsesión física ahora se disfrace de wellness, lifestyle, fitness, clean eating, intermittent fasting. Temo que la trampa esté tan bien rebrandeada que caigan sin remedio; y como recibimiento al pozo de la opresión, les obsequien un nuevo catálogo de inseguridades.
Parte 3: El futuro que deseo para ellas
Mis alumnas son tan solo un canal de una preocupación mucho más generalizada... por mis sobrinas, por las hijas de mis amigos, y las alumnas, sobrinas, e hijas de los amigos de todo mundo. Pese a tanto, sí tengo otro sentimiento que suele acompañar a la consternación: esperanza. Algunas veces con más fuerza que otras, incluso en un mundo que es más complejo, más voraz y repleto de gente que “influye” (me rehuso a decir la palabra). Observo en ellas interés por hacer un camino propio, por cuestionar cosas de las que yo jamás dudé, por protestar por injusticias que ya no están dispuestas a vivir, por cuidarse unas a otras. También veo con orgullo que hay una aceptación por distintas formas de vida, distintos cuerpos y opiniones, a pesar de que contrastan con las de su círculo. No en poca medida, creo yo, por la diversificación de voces que ha permitido la doble arma que es el internet. Cuando les pregunto –en el círculo de confianza del salón de clases– ¿de qué quisieran conversar y aprender más? Una y otra vez, las respuestas me llenan de esperanza: “de lo que pasa en el mundo”, “de feminismo”, “del cambio climático”, “de orgasmos femeninos”, “de salud mental”, “de nutrición”, “de cómo pagar impuestos”. No solo lo dicen, lo demuestran cuando sí lo podemos hacer, así que no creo que mi esperanza sea infundada.
Todo esto considerando que, como buenas adolescentes, piensan que saben más de lo que saben. En el sentido estricto de la experiencia, por supuesto que les falta mucho por aprender, pero saben muchas cosas que yo no, y saben, sin duda, mucho más de lo que yo sabía a su edad. Si eso no es un voto en favor del futuro, no sé qué es.
A cada minuto hay nuevas razones para seguir preocupándose, pero tengo esperanza de que el futuro que yo deseo para ellas, ellas ya lo están diseñando. Yo apenas me estoy poniendo al corriente.
Parte 4: El futuro que deseo para mí
En este proceso de ponerme al corriente –uno que durará toda la vida– apenas en los últimos años empecé una difícil reconciliación. En primer lugar, con el hecho de que bailar, aquello que me ha dado más felicidad en la vida, fue también una influencia desbalanceada en cómo me veo a mí misma y al mundo. Reconciliarme con que mi cuerpo sea lo que me haya permitido esa felicidad pero quitado también. El que mis estándares para casi todo hayan nacido de ahí (bailarina perfecta es delgada, fuerte, bien arreglada, peinada y maquillada, sin una pestaña fuera de lugar, delicada pero infatigable), y encima alimentados por las pasarelas, la tv y los tabloides. Siento enojo retroactivo, pero el enojo es un buen lugar desde donde replantear mis ideas una década después.
Al día de hoy, la reconciliación me ha llevado a un estado de incomodidad e inconformidad permanente. Me hallo con frecuencia atravesada por un pensamiento relacionado a mi cuerpo, uno común, uno que estaba dado, y me pregunto si solo creo que es una verdad a fuerza de tanto repetirlo. Desprogramarse de reiterar ideas erróneas es muy cansado, y hay días en que al parecer mi cerebro se rinde y se queda con lo que ya tenía y domina desde hace 15 años. Algunas ideas están tan racionalizadas que se resisten a soltarse como si tuvieran candado, otras van cediendo, o van y vienen dependiendo de la situación. Pero unas cuantas ya están desterradas; estas ideas ahora las veo como si pertenecieran a una persona que se quiere hacer pasar por mí, pero que yo sé es una impostora. El futuro que deseo para mí está repleto de ese tipo de destierros.
Algo más que día tras día estoy reaprendiendo es mi relación con la comida. Comer me hace muy feliz. Me gusta cómo me siento cuando como bien. Lo que todavía no domino es retirarle las connotaciones morales a los alimentos*, a no juzgarme por mis conductas en torno a mi cuerpo. Aún deposito más confianza en el espejo que en mi conocimiento, mi intuición y mi salud. Pero estoy decidida a cambiar el lenguaje que heredé, que en automático uso para describirme y para (mal)valorarme; y, acaso igual de importante, cambiar el discurso que uso con los demás, sabiendo que al igual que yo heredaron traumas de todo tipo. Esa compasión es quizás lo más difícil pero heroico de lograr. Significa resistir el peso de la historia. Retar a los mensajes, teñidos de prejuicios y culpa, que típicamente me han rodeado.
Por su naturaleza mutable, quizás estas reflexiones me resulten viejas en el futuro, pero las preguntas centrales –sobre cómo y por qué importa mi cuerpo, sobre la relación emocional, intelectual y social que tengo con mi apariencia– estoy segura, son invulnerables al tiempo. Supongo que eso también es parte del futuro por el que creo estar esforzándome, uno en el que nadie llegue a viej@ sin jamás haberse cuestionado por qué hizo lo que hizo con su físico, y habiendo dejado que el mundo tomara esas decisiones. En especial si ese alguien es mujer.
El futuro que deseo es aquel en el que ni yo ni otros usen mi cuerpo en mi contra.
Quisiera volver a leer esto en muchos años, o que lo leyesen los hijos de alguien, con el consuelo de lo que hemos dejado atrás. Dicho de otra forma, espero que mis preguntas, confrontaciones y reaprendizajes (que muchas otras mujeres están experimentando) no sean solo para mí sino, con un poco de suerte, el fin de una herencia perniciosa y el inicio de un armisticio que apremia.
*1. La dismorfia es como un buen freelancer. Hace pitches obstinados para colaborar en la narrativa siempre que se pueda. No es un elemento que necesariamente quieras contratar en tu equipo in-house porque su contenido es demasiado risqué (por no decir disparatado), y no hay presupuesto para eso. Pero cuando le llamas para participar está muy presente, lista para deslumbrar. Aunque te resistas a pagarle y la intentes marear, su insistencia para cobrar es aún más poderosa. Y, eventualmente, va a pasar su factura.
*2. El mundo está torcido, y vemos apenas la superficie de la torcedura. Digamos que sabemos que los ads de maquillaje son totalmente falsos, que las fotos son editadas, que eliminan todo rastro de humanidad. Que los tés para bajar de peso no son más que una mentira que funciona en tanto que el mundo quiere que nos veamos de cierta forma. En general, nos damos cuenta, más que antes, que el monstruo patriarcal-capitalista nos lleva a desear y consumir productos y formas de vida que pensamos son decisiones propias. Pero otras veces el control no es tan obvio. Recientemente me topé con una foto de servilletas que se venden como “absorbentes de calorías”, bajo la premisa de que puedes “limpiar” tus french fries de grasa, ¿y así vivir con la ilusión de que son más sanas?, ¿De que no engordarás? Esto es problemático por varias razones, pero la que más llama la atención es el mensaje de que las calorías son algo que se debe ser suprimir, evitar, limitar de nuestras vidas. Como si no fueran estas las que nos mantienen con vida en primer lugar. Pero equiparamos calorías con subir de peso. Mensajes del estilo abundan, la industria de las dietas los han institucionalizado. De ahí que la culpa por consumir algo muy calórico esté completamente normalizada, así como hacer ejercicio pensando en “eliminar” esas calorías o en “ganarse” las del postre después de la cena. Como todos a cierto grado, yo absorbí ese engaño y aprendí a calcular las calorías en mis comidas. Ahora esa costumbre me amarga situaciones que de otra forma serían placenteras. Sé, por ejemplo, que la cerveza Indio es la que tiene más calorías de entre las marcas comunes, y que hay, más menos, 100 calorías en una manzana gala, por mencionar algunos datos inútiles que ahora desearía no saber. La comida son calorías, las calorías son energía; pero la comida también es goce, recuerdos y cultura. So fuck that paper towel.