Mis sesiones de terapia se ponen cada vez más intensas, nos ponemos a revolver cosas del pasado que no están tan buenas, y que me hacen reflexionar sobre un montón de cosas. Esta semana elegí hablar sobre algo que tenía muy guardado hace años, a pesar de ser bastante abierta y extrovertida con mis emociones. Se lo había comentado a una sola persona, mi ex novio, y no profundizamos demasiado sobre el tema porque es complicado. O para mí era complicado.
Siempre recuerdo haber sido una persona bastante alegre, sinvergüenza, divertida en mi relación con los demás. O al menos así me veía yo. Nunca de mal humor, siempre haciendo chistes, bailando, cantando, usando máscaras, disfraces, repartiendo energía positiva a mi alrededor. Lo que a muchas personas les parecería ridículo de hacer pero divertido de ver, yo lo hacía. Y en el camino he encontrado compañía, mucho público, y también haters.
Para mí los haters compartían un tipo de perfil: malhumorados. Yo en ese momento sentía que no me entendían, que tenían una energía diferente a la mía, que ya se iban a dar cuenta que es bastante triste vivir así, siempre de malas. Yo creía que mi intervención era inofensiva, y que era inútil que se sintieran molestos por eso. Y lejos estaba de ser la intención.
Durante todo el secundario tuve este perfil, y a veces, en determinados contextos es aún más difícil de sostener el efecto de los haters. Esto porque las instituciones tienen normas y bla bla bla. Sofía, siempre trasgresora, creía que su humor era inofensivo y reprimirlo con supuestas normas de convivencia anticuadas era estúpido, así que siempre con carisma lograba esquivar las sanciones, pero no las advertencias.
Este humor también lo trasladé a las redes sociales ni bien empezaron a existir. Estados de Facebook, fotos editadas, tweets... Y una de las formas más sencillas de hacer humor es la burla, obviamente arrastrando un montón de estereotipos y concepciones culturales. Pero no es culpa de la cultura que yo haya elegido ridiculizar a otros en pos de divertir a mi público.
No recuerdo muy bien el orden cronológico de los dos sucesos que me marcaron y que voy a contar ahora, pero sí puedo decir que están bastante relacionados. Una vez estaba en clase de geografía armando una lámina en grupo. Ese tipo de tareas suelen tener un clima bastante distendido en el aula, y con mi grupo estábamos justo al lado de la profesora. Mientras trabajaba, creo que me puse a cantar y bailar bajito una canción, y la profesora me miró odiosa y me preguntó sin filtro alguno “¿vos tenés problemitas?”.
Uffff, quizás ustedes lo leen y dicen “no es para tanto, no le des bola”, pero analicemos un poco el contexto. Por lo general nos enseñan que los adultos, y sobre todo con niveles de formación altos, tienen autoridad sobre nosotros y merecen nuestro respeto. Quizás es una norma que prevalece implícita, a veces nos rebelamos, pero en el fondo de mi inconsciente la pregunta de la profesora quedó como una idea súper concreta y respetada. Y ahí es cuando me empecé a preguntar “¿y si tiene razón?¿y si tengo alguna discapacidad y nunca nadie me lo dijo?¿o no me doy cuenta justamente por la discapacidad?”. Además, si era verdad, todo el mundo lo iba a saber, porque con mi personalidad estaba bastante expuesta. Y ahí fue cuando mi paz y seguridad se fueron un poco a la mierda.
Esto es lo que digo que charlé una única vez con mi ex, hace unos 5 años, y nunca más volví a mencionar hasta ahora. Pero nunca dejó de darme vueltas en la cabeza. Además empecé a atar cabos de otras situaciones parecidas. Cuando la profesora de porcelana fría, a los 7, le pidió a mamá que no me llevara más porque charlaba mucho, o por mi conducta. Cuando a los 12 nos pusieron a mi mejor amiga y a mí en horarios separados de la clase de inglés porque juntas éramos muy ruidosas.
Y después tenemos la otra parte de la historia. Creo que fue durante el mismo año, quinto de secundaria. Una chica con la que nunca había hablado, pero que no nos caía muy bien (porque somos así de prejuiciosxs), había ido al colegio con el pelo todo teñido de colores distintos y un peinado particular. Comenté con mis amigas que tenía un parecido con un personaje de los Simpsons y se rieron. Ese mismo día nos juntamos en la casa de una amiga a hacer un trabajo práctico durante toda la noche. A eso de las 5 de la mañana, en un break, me acordé de eso y lo twitteé. Yo siempre dije que pensé que no lo iba a leer nadie, porque en esa red social no me seguía casi nadie y era un horario re desolado. Pero tuve la mala suerte de que lo leyera una de sus compañeras, y sí, puse su nombre completo porque siempre me caractericé por la transparencia y hacerme cargo de las cosas que pienso.
Cuando llegué al colegio ese día, sin haber dormido, con un uniforme grande que me había prestado mi amiga y con el que me sentía súper insegura y fuera de mi zona de confort, en el medio del recreo la directora me llama en voz alta y me pide que la acompañe a su oficina. Ahí me estaba esperando la chica de la que me había burlado, con el celular y la captura del tweet en la mano. No me la esperaba para nada, y por lo que recuerdo intenté defenderme diciendo que no pensé que lo iba a ver, que no era mi intención herirla, que no me parecía un insulto haberle encontrado un parecido y alguna cosa más. Me obligaron a pedirle disculpas y prometieron decidir mi sanción correspondiente con el cuerpo de delegados de todos los cursos del colegio.
Yo en ese entonces era delegada de mi curso y me encantaba serlo, y la sanción que eligieron fue quitarme el cargo. Recuerdo que además del momento horrible que fue esa charla en la dirección, la exposición en el recreo, con los delegados, esa medida fue muy dolorosa. Cuando me lo dijeron no podía parar de llorar, fue un día horrible porque me tomaba muy en serio la responsabilidad y tenía un montón de ideas y proyectos que nunca me permitieron concretar. Y sé que es súper egoísta estar pensando en mis pérdidas, cuando quizás el daño que le hice a la chica con mi tweet también pudo ser muy significativo, pero la realidad es que desconozco esa información y sólo puedo hablar por mí y de lo que sé.
Y eso no fue todo. Además del castigo elegido por la institución y mis ex compañeros delegados, se armó una especie de crimen organizado en mi contra por parte de los compañeros del curso de la chica. Después de todo ese suceso, empecé a recibir insultos y amenazas de todos los colores en mis redes sociales, anónimas y firmadas, y también intervenciones físicas dentro del colegio. Colgaban narices gigantes en mi curso burlándose de mi cara, y un día llegué al aula y en el pizarrón habían pegado la impresión de un tweet mío de hacía meses, en el que me descargaba porque una profesora estaba tardando en corregir unos exámenes. Esa impresión claramente llegó a las manos de las autoridades antes que a las mías, y también tuve que enfrentar a la profesora nombrada.
Mi curso, y mis amigas, al ver todo esto también decidieron hacer algo por lo grotesco de la situación. Yo me la pasaba angustiada y llorando, sin ganas de ir al colegio. Si bien eran consecuencias de una acción mía detonante, el nivel de agresión y de saña había excedido los límites. Lo que hicieron fue capturar y armar un registro de todas estas cosas que me estaban haciendo en redes y en el colegio, con capturas, imágenes y relatos, y elevarlo a las autoridades. La reacción de la institución fue la siguiente: como ya era demasiado para controlar dijeron que a partir de ese momento ya no se harían cargo de lo que sucedía entre alumnos en los sitios virtuales. Es decir, no iban a hacer nada para detener las agresiones en mi contra o sancionarlas.
Esto demuestra que los valores del colegio tampoco eran mucho más nobles que los míos, aún proviniendo de personas adultas y formadas a las que debíamos respetar. Nunca nos enseñaron que no debíamos burlarnos de nadie, ni por qué esto era perjudicial, ese no era el objetivo. Simplemente manifestaron cuáles eran sus favoritismos respecto de los alumnos, que algunos merecían más respeto que otros, vaya a saber uno con qué criterio.
Y después de esto se armó medio una batalla campal entre mi curso y el suyo, porque las redes eran vía libre de insultos y odio. Se salió de control. Crearon nuevas rivalidades, un clima hostil, descontento, energía negativa que afectó a todo el colegio durante el resto del ciclo lectivo. Y todo por mi culpa.
¿Y cómo puede ser que recién ahora -después de 5 años- la psicóloga me haya hecho reflexionar sobre mis manifestaciones del humor, mi afán por llamar la atención y sus efectos colaterales? En palabras suyas, es un arma de doble filo, porque muchas veces me da poder, y el poder es así. Puedo hacer reír a la gente, y también puedo generar todo este caos.
Después de años de teoría, de feminismo, de cambios estructurales en mi forma de ver el mundo y actuar consecuentemente, aprendí a controlar un poco más ese poder, el de llamar la atención. Si bien los efectos no son algo que pueda manejar, si he podido encontrar una finalidad más sana, un mensaje mucho más útil en el que canalizar mis energías y mi capacidad de llamar la atención. Y así es como este año logré que se me viralizaran dos textos muy fuertes con respecto al feminismo. Uno sobre aceptación y amor propio, y el otro sobre el día de la mujer (los pueden leer en mi blog). Mis intenciones son mucho más elaboradas, analizadas y limpias. Ya no tengo la necesidad de burlarme de otrxs para llamar la atención, sino que transmito un mensaje que se contradice bastante con esa yo del pasado. Sin embargo, aún así hay gente que se siente herida y poco representada por mis textos. Y entre un sinfín de personajes cuya opinión no me interesa, se encuentra alguien con quien comparto la vida y el hogar desde que nací: mi mamá.
¿Se acuerdan cuando dije que una pregunta de mi profesora de geografía a los 16 me marcó de por vida por su supuesta autoridad? Imaginen cómo me afecta el rechazo de mi mamá, o el daño que siente mi mamá, o los reproches, las discusiones, el llanto, el desacuerdo que tenemos respecto de algo en lo que yo encuentro refugio y esperanza, viniendo de la persona a la que le debo absolutamente todo. Bueno, gracias terapia por darme algo con lo que quemarme la cabeza pensando toda esta semana.