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Chicharrón en la madrugada.
Antes de la pandemia había decidido ponerle orden a mi vida y comencé a practicar taekwondo. Era bastante la carga física que le ponían a mi cuerpo sin condición y en las primeras dos semanas me daban calambres en las pantorrillas durante la madrugada hasta que mi cuerpo se acostumbró al ejercicio.
Ese día fue diferente.
Ya llevaba año y medio sin hacer ejercicio y por alguna razón me desperté porque empezó a dolerme la pantorrilla derecha. Hay una forma muy mexicana de llamarle a ese fenómeno: "se te hizo la pata chicharrón"
Sentí el calambre en toda mi pierna y en el susto comencé a sobarla para que no pasará a más pero el dolor era inevitable. El calambre se me controló al minuto pero sabría que al menos durante el día sentiría la molestia.
Revise mi celular muy apenas. 4:15AM. Aun faltaba una hora para que mi alarma sonara.
Toda esa semana tuve un dolor de cabeza insoportable por mi falta de anteojos, trataba de agarrar lo menos que se pudiera mi teléfono y estar lo menos que pudiera en pantalla.
Apenas me iba a acostar de nuevo y por alguna razón mi mente me dijo "Espera, todavía no." Me quedé sentada, perdida en mis pensamientos cuando me golpeó.
El cerebro siempre se me ha hecho una cosa increíble, sensacional. Pero a veces también es bien cabron. Pude haber pensado en cualquier otra cosa pero en ese momento solo pude pensar en él.
En sus ojos que la mayoría del tiempo eran castaños pero si les daba el sol se tornaban del color de la cajeta. En su sonrisa imperfecta y como se reía conmigo cuando veíamos videos de algún animalito o unusual memes compilations a altas horas de la noche.
Ya habían pasado dos años y por alguna razón su cerebro lo traía de vuelta. Quizá el problema había sido que lo había guardado demasiado tiempo. Parecía un resorte: lo sustuve demasiado tiempo y la presión rebotó en mi cabeza. Quizá solo lo estaba idealizando, en dos años la gente cambia, yo ya no era la misma.
Sabía que él ya estaba con alguien más. Y que probablemente sería muchísimo más feliz de lo que fue conmigo pero yo seguía preguntándome:
"¿No has pensado en mi? ¿Ni siquiera un poquito?"
¿Cómo no iba a pensar en mi? Ella se llama como yo y tiene mi fleco. Estoy segura de que también usa aretes chistosos y que ven videos de animalitos también. ¿No piensas en mi ni siquiera un poquito?
Era yo a las 4AM ilusionandome sola, recordando nuestras últimas conversaciones donde me decía que probablemente era muy temprano para regresar, que realmente quizá solo nos faltaba tiempo. Y lo veía ahí feliz conmigo pero no era yo. Y yo también fui feliz con alguien más pero cuando ese alguien se fue todos los recuerdos que tuve con el me invadían cuando podían.
Como en ese momento.
Empezó a calmarse el dolor de la pierna y se me empezó a hacer chicharrón el corazón. Quisiera poder quitarme los recuerdos porque no importa lo que haga: he borrado todas las fotos y de alguna manera alguna sobrevive. Cuando pienso que ya me olvide de su nombre, regresa sin quererlo. Queme todas las cartas, las fotos, los recuerdos pero al parecer el fuego no es suficiente para quemar los recuerdos de un corazón arrepentido.
Quizá solo es que tengo sueño y cuando despierte se me pasarán los pensamientos. Quizá solo es el dolor. No se cual dolor sea pero igual ese ese el problema.
Me volví a acostar.
Contrario a lo que creía, no pasaron más de cinco minutos y me volví a dormir.
Iba a ser un día bastante largo.
Diez años.
Hay mucho viento esta noche.
Habían dicho en la televisión que iba a llover. Incluso hablaron de eso en el trabajo. Aunque ahora que lo pienso, es bastante improbable porque el cielo está despejado. Había nubes hacía unos cinco o diez minutos, pero el viento se las había llevado.
Así eran las noches últimamente. Tantas cosas que existían, y de repente eran borradas por el viento. También por el tiempo. Quizá era el cansancio. Cuando estoy cansado, empiezo a pensar cosas sin sentido. En efecto, sí estoy cansado pero necesito comprar la leche. La leche es importante.
No obstante, hoy era el día.
En realidad, no tengo idea de que existe por 364 días seguidos. Pero cuando regresa, es inevitable recordar todo lo que había vivido hacía diez años. Porque a veces pensaba que, tal vez, sólo tal vez sí la quería de vuelta. Otras veces, pensaba que quizá sólo extrañaba todo lo que hacíamos. Tal vez, sólo quise decirle algo y nunca tuve la oportunidad de hacerlo. Y las palabras se quedaron en mi boca por diez años.
Cada doce de Octubre era lo mismo.
Ese había sido, un poco especial. María me había llamado un día antes para pedirme que fuera al festival escolar de mi sobrina. Han pasado nueve horas desde que vi cómo personificaba a la reina Isabel, la Católica. Es una niña muy inteligente. Decía los diálogos con una fluidez increíble para una niña de seis años. Tengo el vídeo en el móvil.
A decir verdad, hoy fue un día agradable. Después del festival, María tuvo que atender asuntos del trabajo y Elena y yo tuvimos que ir a comer. Llevaba mucho tiempo sin ir a un Carls Jr. Por un momento, por un instante, pensé que ese sería el día en el que finalmente podría dejarlo ir, pero algo me lo impidió.
Sigo sin saber qué fue.
Faltan treinta minutos para que el día termine. Ya empezó a llover. El viento es bastante fuerte. Y aunque las nubes se fueron, llegaron otras. En la esquina de la calle hay una tienda de conveniencia que está abierta las 24 horas. Realmente no sé por qué me dio la urgencia de comprar leche en estos momentos. El hombre que me está cobrando, me ve detenidamente y sabe que hay algo mal conmigo.
Y es cierto, pero, lo que no sabe, es que el día siguiente, amaneceré fresco. Pareceré un hombre nuevo. Éstas son mis vísperas de Año Nuevo. Desde hace diez años es así. Y, podría decir que no hay un sólo día en el que no piense en ella. Pero estaría mintiendo. Así cómo ella lo hizo conmigo.
Por varios días doce, la extrañé. Extrañé cómo me despertaba entre besos y risas después de las siestas antes de acompañarla a casa. Extrañé su cabello negro y rizado, sus comentarios sin sentido y las mil y un formas en las que veía el mundo. Hay otros días doce en los que la odié. La detesté porque le mentí, le mentí y después le dije la verdad, y después de diez años, sigue sin mostrar su cara por temor a herirme. Por temor a romper su ego. La detesté por ser manipuladora, porque siempre estuve a su disposición. Ella era la única que hacía que mi espíritu se quebrantara. La única a la que le podía contar mis penas y mostrarle en realidad la mezcla de emociones que era yo. Había otras, pero ninguna como ella.
A mis veintiocho años, me frustra porque no es justo. Me causa un sentimiento de conflicto en el pecho porque siempre fue mi culpa. Siempre tuve el poder de abandonar la esperanza, de desechar mi futuro con ella. Pero siempre regresaba.
Mañana amaneceré bien.
La lluvia era leve, pero estaba escrito que se volvería en mi contra. Así como ella lo hizo conmigo. Suena tonto, pero daría todo lo que fuera por pasar un buen doce de octubre. Ir al trabajo, ver las carabelas en las escuelas porque Cristóbal Colón descubrió América hacía varios siglos atrás, hacer una fiesta porque sí. No estar afuera antes de la media noche, comprando leche, recordando a lo que cuando tenía dieciocho años parecía ser el amor de mi vida.
Lástima que realmente no estábamos destinados.
Mi camino está apunto de terminar. El viento se hace más fuerte y la lluvia va aumentando de intensidad. Son las doce de la noche. Y entonces siento cómo mi sufrimiento de adolescente ha terminado. Me parece increíble cómo una diferencia de tiempo me hace cambiar. Se me acaba de atorar un papel en el zapato. Lo recojo y se lee: “Perdonar es de grandes.” Lo arrugo y lo pongo en el bote de basura de la calle.
Sigo caminando, el día no estará tan mal. Después de todo, conseguí la leche.
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i made this and it’s bad but i tried to be ~tumblr~
Alegorías.
Tu olor me recuerda a los veranos de hace tiempo, cuando era más joven e inocente. Tu olor me recuerda a un cuarto fresco que huele a Fabuloso.
Tu olor me recuerda a cuando era más feliz que ahora. Me recuerda cuando hacía mucho calor y dejábamos las puertas abiertas. Teníamos un sillón al lado del ventanal de la casa donde solía vivir. Tu olor me recuerda a las veces que me la pasaba con la cabeza colgando en ese sillón. Me recuerda a cuando era niña y las cosas no me importaban.
Tenerte cerca es como cuando solía tener miedo en las noches de hace pocos años y me cubría con una cobija para evitar que los espíritus tocaran mis pies. Me recuerda a cuando era niña y era feliz.
Te extraño. Te extraño cada vez que doy vueltas en la cama y no puedo dormir. Cuando veo el techo y no se ve nada más que una vasta oscuridad. A veces te extraño cuando se me pasa alguna comida porque solías regañarme por saltarme comidas. Incluso cuando éramos amigos.
Te extraño cada vez que pienso en las posibilidades de que existan mundos en otro lado, o cada vez que pienso en viajar en algún futuro cercano. También cuando veo computadoras. Te extraño incluso cuando llueve.
Cuando veo a mi gato porque eres alérgico a él. También cuando tomo mis pastillas de ibuprofeno porque también eres alérgico a ellas. Quizá también desarrollaste una alergia hacia mi. No me sorprendería. Con el tiempo me vuelvo tóxica.
Te extraño cada vez que decoro mi casa para noche de brujas o para Navidad. Las luces moradas, los tonos verdes y el color amarillo de las escenas; las risas de los niños y las canciones me recuerdan a ti. Últimamente todo me recuerda a ti. Pero es normal. No debo dejarme llevar.
Te extraño pero está bien recordar que te fuiste. Me gusta que te hayas ido. Fue por tu bien. Me gusta que seas feliz.
Te extraño pero no regreses jamás. Por favor.
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-No es que quisiera echártelo en cara, pero en serio la quiero mucho.-Dijo él después de un momento.
-No es por sonar como mocosa de secundaria, pero no te pregunté.
Tomó sus libros, se puso de pie y se fue del recinto.
Indefinido.
No tengo idea de cuando pasó. Simplemente, pasó. Es algo extraño, porque no es algo definido. No puedo decir a que hora y a que fecha pasó porque los hechos iniciaron sin yo siquiera darme cuenta. Sólo puedo decir, que es una de las mejores sensaciones que existen.
Recuerdo aún esa vez que exclamamos al mismo tiempo que, había gomitas en forma de panda en el techo. Vi sus ojos, llenos de alegría y, yo, yo sólo lo miraba como si fuese la cosa más interesante y asombrosa que mis ojos pudiesen ver.
Hubo una conexión. Y él lo sabía. Ya existía algo cuando no existía nada. Había todo aunque había un vacío. Pero era algo gratificante, porque nunca había notado ese vacío y ahora, sabía que se llenaría. Que él podría llenarlo. Ese vacío tenía su nombre y su cuerpo y ya era hora de eliminarlo.
Y entonces, esa conexión ya existente hizo cosas que yo nunca pensé que funcionarían. Era emocionante, excitante, saber que nos separaba tiempo y distancia, pero también saber que volveríamos a nuestros brazos, a conocer nuestros labios. Éramos todo, éramos nada. Su música, mi música. Él creía que la luna lo perseguía en su infancia y yo admiraba la luna desde que tenía seis años. Él y yo. Aún no conocía nada de él y buscaba y rebuscaba en mi memoria. Pero no encontraba a nadie que fuera igual, no encontraba ningún periodo en el tiempo en que yo me sintiera así. No tenía ni idea de qué era el tiempo. Yo sólo era una chica de quince años que si, el número veintiuno era ya de su admiración, ahora era una reliquia. Era todo.
Y fue entonces cuando fui contra la corriente, y vi al chico de uno setenta con pantalones sueltos y la playera del uniforme. Me encantaba. Su cabello, sus brazos y no pude evitar lanzarme encima. No, no era nada igual a lo que yo imaginaba. Era mil veces mejor. Era como estar en el cielo. Y cuando lo besé, aunque fue un beso torpe. Un beso. Fue el mejor beso de mi vida. No, tampoco era como yo lo imaginaba. Era un millón de veces mejor. Había algo en él que era diferente, pero mierda, esas diferencias eran las que me gustaban, las que me encantaban. Quería probar esos labios siempre, quería estar en esos brazos lo que me quedaba de vida. Éramos un planeta, un cúmulo de estrellas, una galaxia, un universo. Y a la vez éramos un vacío, éramos nada.
No. No era admiración y no, no lo quería. El querer es exclusivo de un objeto y él no lo era. Él era ese tipo de persona con la que quisieras acostarte y hablar de tus planes y mezclarla a ella en tus planes. Era ese tipo de persona a la que nunca te cansas de ver, esa persona que podría ser un completo idiota, pero aún así, todos sus errores quedarían olvidados en el pasado. Todo quedaría atrás. Por el hecho de que existía algo. Existía una constelación, existía un cometa. Era algo interestelar. No, no era una cosa. Era todo pero no un objeto. Y en el momento de conocer los relieves y las dunas de su cuerpo, la horrible pero interesante cicatriz de su brazo, todo él se hizo aún mejor, y me sentía completa. Aquel vacío que había sentido si acaso un tiempo, parecía no haber existido en ningún momento, como si el tiempo en el que yo, era yo y sólo yo fuera otra vida. Y él y yo habíamos nacido juntos, fundidos en una sola persona. Nunca había sentido algo igual.
Y es que no, no había nombre y nada para llamar a ese sentimiento. ¿Amor? Ese es un nombre muy simple y muy ambiguo para llamarle a lo nuestro. No, eso no era amor. No era digno de llamarse así. Era algo más. Era despertar y saber que él estaba ahí, era durar más de seis segundos observando, sus ojos, sus puertas, sus labios, pequeños, pero que encajaban perfectamente con los míos. Y en efecto, todo su cuerpo encajaba con el mío. Éramos dos piezas de un rompecabezas. Y volvíamos a juntarnos. Éramos Ying y Yang, éramos blanco y negro. Ese sentimiento era saber que él también sentía lo mismo que yo. No, no era amor. Yo no llamaría a eso amor, y quizá algún día le pondré un nombre. Un verdadero nombre. Lo nuestro se movía gracias al amor, porque el amor era infinito, pero no, el amor no es un capital que se pueda obtener. Y yo ya lo tenía a él. Yo era suya y el era mío. Pero él era libre y yo también. Habíamos decidido tejer nuestros hilos rojos para formar un sólo estambre.
Y todo era perfecto. La forma en que me tocaba, la forma en que mis piernas se enredaban en las suyas. La forma en que me llenaba de besos cargados de amor y de ternura todos los días. En la frente, en los labios. Como todos aquellos abrazos empezaron a volar en el aire para crear nuevos. Un ciclo que parecía nunca terminar. Había tenido amores efímeros, rápidos y quizá intensos. Pero no podía comparar nada con esto. Con este sentimiento que aún es una integral indefinida.
Y lo sé, estoy consciente de que él es para mi, porque quizá bese otros labios y me rodeen otros brazos, pero no, no se sentirá igual. Y aún así, todavía lo puedo ver, del otro lado. Esperando a alguien que no soy yo. Soñando con alguien que no tiene mi rostro. Y siento la impotencia, siento como carcome cada parte de mi alma. Porque deseo con todo el corazón, que en ningún momento me hubiera dado cuenta de que ese vacío existía. Porque decidí apartarlo de mi. La frase de “no es mío, no es de nadie” tomó un sentido enfermo y la deseche de inmediato. Todo se tornó extraño y era una lucha contra la corriente saber que lo tenía tan cerca y a la vez tan lejos.
Estoy consciente de mis errores. Son estúpidos, y mi manera de hacer las cosas es inmadura y va contra cualquier razonamiento. Pero eso es lo que pasa cuando quieres a alguien. Perdón, cuando amas a alguien. Es extraño porque de un momento a otro el comenzó a notar que había algo ahí. Que quizá yo sólo quería otra cosa y no a él, y es que mis modos de amar son tan extraños. Y lo digo porque nunca logre amar a alguien como lo hice con él. Así que él fue mi mayor experimento, con el conocí la forma de amar a la gente. Y seguramente, alguien me ha dicho, “¿Y que estás esperando para regresar?”. Pero no, no es justo. No. Él quizá ya es feliz sin mí, y si no lo es, con todo el dolor, debo decir que no es mi problema, porque mi alma y mi mente saben que yo, yo ya no tengo ese súper poder para hacerlo feliz.
Pero se, sé que es para mi. Y quizá en dos semanas, quizá en cinco días, mañana o quizá en quince minutos, ya dejaré de verlo. Desaparecerá de mi vida, pero sólo será temporal. Irá a buscar nuevos horizontes, conocerá otros labios, otros cuerpos, pero yo seguiré ahí. Siempre habrá personas mejores que yo y mejores que él, es una ley natural. Pero eso no cambia el hecho de que él es perfecto para mi, y quiero pensar que yo también lo soy para el. Y eso, eso creará un recuerdo. Y mi recuerdo seguirá ahí. Y quizá yo haré lo mismo, no estoy segura. Pero el seguirá ahí, en esa habitación en mi mente, ocupando un lugar. Y nuestros recuerdos serán tan obstinados que inconscientemente, volveremos a encontrarnos.
Y será de la manera más inesperada, más intensa, que nos daremos cuenta de que esa conexión entre los dos, nunca desapareció. Y ahí nos daremos cuenta de que somos el uno para el otro. De que no existe otra persona. Y si acaso, eso no llega a pasar, puedo asegurar que él y yo, éramos algo en nuestras vidas pasadas. Algo truncado. Y quizá esta sea la decisiva, o quizá no. Y ahí, ahí se encuentra la tragedia. Nunca se sabe. Pero la vida, la vida pasa. Enojarse pasa, la alegría pasa, y enamorarse, es igual de inevitable que la muerte. No importa que tanto miedo haya ni que tantos huecos existan en el alma.
Clásico.
Recuerdo aquellas veces en la cama, dónde nos poníamos a filosofar. Dónde me dabas los besos más apasionados, y la única preocupación era el amar.
Tu frase principal,”tengo ansia”. De pasar tú boca por mi cuello, y tus manos en mi espalda. De acariciar las curvas de mi cuerpo, de besar hasta que no quedara nada.
Yo también tengo ansia, Tengo tantas ganas de pintar, y tan pocos lienzos para hacerlo. Quiero pintarte, quiero que mi pincel sea el creador de tu cuerpo. Y mis pinturas, tu voz y tu alma.
Quiero pintarte sombras, aquellas que eran visibles en la más intensa oscuridad. Tus labios serán mi obra maestra, los conozco mejor que los relieves de tu cuerpo. Siempre han sido pequeños, pero se hinchaban cada vez que nos colisionabamos como el Big Bang.
Quiero decir que eres un clásico, una pintura oscura de Rembrandt. Tus ejes son abstractos como en su tiempo lo fue Picasso. Pero mis recuerdos contigo igual de impresionantes que los de Renoir.
Amor, eres un clásico. Oscuro y misterioso como una luna azul. Apasionado, distraído y para nada banal, un terremoto se hizo en mi, y la escala más alta, has sido tú.
Odio muchas cosas de ti, Pero lo que más odio, es la exactitud que tienes al devastar mi mente. Arrasar como un huracán y dejar cualquier tipo de daño colateral.
Me aborrezco a veces por amarte en demasía, te he dejado ir para poder olvidarte, pero no mi voluntad es más débil que mis ganas de volver a besarte.
Quiero decir que eres un clásico, una pintura voluminosa de Botero, Hermosa y colorida como Van Gogh, Pero cuando volvemos a juntar nuestros cuerpos todo el arte se va al basurero.
Amor, eres un clásico. Oscuro y misterioso como una luna azul. Apasionado, distraído y para nada banal, un terremoto se hizo en mi, y la escala más alta, has sido tú.
Foto de cabecera: MerMind por Lindsay Rapp.
XIV.
Hace cinco años me gustaba hacer un montón de cosas. Tenía catorce años. Podría decir que fue uno de los mejores años de mi vida. Cuando era más joven, las chicas se desvivían por los quince años: la fiesta, la tradición, el “ya dejó de ser niña, ahora se convertirá en mujer”. En esos momentos yo no lo entendía, no veía nada, pero cuando crecí, me di cuenta de que los catorce habían sido muchísimo mejores que los quince, incluso que los dieciséis. Quizá porque en esos dos arriesgué mucho.
Quizá porque en esos 730 días, la influencia externa pudo más que mi voluntad.
Cuando tenía catorce años, me gustaba ver las estrellas. Recuerdo que conservaba una libreta donde escribía y estudiaba las ochenta y ocho constelaciones. En aquel entonces aún no conocía a Carl Sagan, ni a Giordano Bruno, pero quizá sí lo hubiese hecho, mi amor por las estrellas estaría ubicado en un rango de cero a infinito.
Escuchaba mucha música. No tanto como ahora que tengo diecinueve años pero sí me sumergí lo suficiente como para conocer bastantes piezas. No me gustaba quedarme atascada en la misma música, en las mismas cosas; detestaba ese estilo de vida, siempre buscaba algo más.
Hacía unos años, tenía un buen amigo. Tenía una prótesis cerca del codo y unas cicatrices que a vista de nadie eran agradables. A mi parecer, me asombraba cómo habían sido trazadas con el cincel de la vida en su piel. Él también era asombroso. Su manera de ver al mundo era una puerta con bastantes candados, demasiadas llaves que necesitaba para poder abrirlas.
Me habló de muchas cosas. Como el tiempo. No he vuelto a hablar con él. Desde que cumplí los quince años, el miedo empezó a formar parte de mi. Quizá siempre había estado ahí, pero a los quince años se volvió bastante evidente. Empezó a salir de mi piel sin que alguien o algo lo pudiese detener. Dejé de conocerme, dejé de cultivarme. Las estrellas y la música me importaban un bledo.
Pero conocí al chico de las cicatrices. Fue como si me hubiese sacado de arenas movedizas en las que me había resignado a morir. El tiempo no es nuestro. No es una cosa que pueda tomarse cuando uno quiera. No se acerca a lo tangible. Es relativo. El chico de las cicatrices me dijo que nosotros somos del tiempo. Somos sus pasajeros. Me dijo que el tiempo corre demasiado rápido como para tener miedo.
Cuando yo tenía catorce años y el cabello largo, el miedo no corría por mis venas como lo hizo por varios años.
Sabía que tenía que regresar a aquel tiempo donde todo era bueno. Pero uno se da cuenta de que es imposible hacerlo. Regresé varias veces a alguien que estaba más que vivo en mis insomnios. Y antes solía confundir ese sentimiento con el amor. Es un tema complicado porque nadie tiene una definición clara sobre el amor.
Para muchos es dar, es dar más de lo que se tiene. Para otros es un proceso del sistema nervioso. No hay, no existe una explicación clara. Cada quien tiene la suya propia.
Vaya, creo que acabo de utilizar un pleonasmo.
Sentí algo parecido al amor por un largo tiempo. En ese tiempo me di la oportunidad de aprender cosas. Como que el amor no se basa en esfuerzo. Es como obtener el área debajo de la curva de una función usando intervalos de tiempo. Y entonces llega otra persona e integra la función. Obtiene el mismo resultado. En efecto, obtiene un resultado bastante exacto. Es lo mismo. Te esfuerzas tanto en confiar, en amar, cuando alguien rápidamente te arrebata lo que tanto tardaste en cultivar.
Hace cinco años yo no sabía qué era el amor. Sigo sin saberlo. Me agradaba ese tiempo en donde el amor era un mito en los libros, y no una realidad claramente vívida y tangible. La podía tocar. El amor era una piel color canela, con ojos color miel y cabello negro y desordenado.
Pero todo eso se acabó.
Aquí estoy. Falta tiempo para que termine de ser joven y entre a los veintes. Aún pienso en mis catorce años. Muchas veces quise regresar. Pero lo divertido de crecer es ver qué las cosas cambian y ver que a pesar de que hubo malos momentos, lo mejor está por venir.