De las tradiciones que poco a poco van perdiendo su derecho
Como cada Semana Santa recorro mucha calle. Y desde hace ya algunos años, recorro mucha red social, de donde recojo el sentir de una sección muy amplia de la población que únicamente se atreve a opinar bajo el anonimato o un perfil creado al gusto de cada uno, o más bien, de lo que algunos les gustaría ser y no son. En definitiva, recojo el sentir y opinión de la mayor parte de la población posible. Creo que es un buen indicador de cuál es el estado de nuestra sociedad y hacia dónde se dirige. Pero lo más importante esto último: hacia dónde vamos.
Quien me siga en las redes sociales sabe de mi malestar esta semana con muchas de las opiniones recibidas y observadas entorno a la Semana Santa. Y para los que no me siguen, aquí se lo reproduzco, no tengo ningún tipo de problema moral, es lo que firmemente pienso:
- Jueves, 17 de abril de 2014 a las 11:43 horas.-
“En lo que llevo de semana he leído cosas de todo tipo: vaya por saco de procesiones; los que salen en ellas son unos hipócritas que el resto del año son malas personas; no se debe cortar la ciudad por una procesión pero sí para un carnaval pues esto último es un espectáculo de interés general; las procesiones no son un acto de fe, son puro fanatismo; si no diesen caramelos no iba nadie; las imágenes son un trozo de madera nada más; un hombre pobre pidiendo pero la gente atendiendo al trozo de madera… Pero hoy indirectamente me han llamado rata, y eso no es justo y no lo tolero. La frase era algo así como “me asomo a la puerta y veo a las ratas todas juntas pasar. Ah no, son las procesiones.” Me considero una persona respetuosa. Respeto todo tipo de manifestación popular, la calle es de todos. Y las creencias de cada uno, como si son en el mismísimo demonio, también. Procuro no juzgar. Ahora, que por mi fe y mis ritos religiosos me llamen rata… Prefiero ser rata a quemacontenedores, radical skin de cualquier equipo o ideología o revientamanifestaciones. Una semana solo frente a un año entero viendo cosas de todo tipo en las calles. Las que respeto. Yo no soy una rata por tener fe y ser devota de las procesiones. Y lo que, señores y señoras, les repugne a ustedes, es proporcional a lo que se multiplica mi devoción. Ya cansa.”
Curiosamente, o no tanto, una periodista de gran trayectoria en nuestra Región hacía, al día siguiente, una manifestación algo similar a esta. Cierto es que en sus carnes más duro tuvo que ser aún el escuchar y soportar ciertas cosas, pues mientras las escuchaba estaba haciendo su trabajo, como cualquier trabajador, al que la crisis ha atizado fuertemente y con familia que sacar adelante. Pero es que, al margen de estar trabajando, si la periodista es devota nadie tiene que juzgarla por lo que cree y siente, nadie. Nadie tiene otorgado ese derecho. Opinar y libre expresión para todos y en todo momento, pero atacar el trabajo y las creencias de una persona sin argumentos y por el mero hecho de tener tintes religiosos no entra dentro del derecho a expresarse. Es más, para derechos los que siguen en la Consitución, que no se queda en el artículo 20. A ver si algunos se enteran que nuestra Carta Magna incluye el llamado Principio de Dignidad en su artículo 10 que dice que “la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la Ley y a LOS DERECHOS DE LOS DEMÁS son fundamento del orden político y la PAZ SOCIAL“. Más adelante el artículo 14 incluye el por todos conocido “Los españoles son iguales ante la Ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social“. Pero el cúlmen de todo lo que expongo aquí arriba y lo que quizá garantiza para este caso el derecho que evoco es lo que enuncia el artículo 16 de la Constitución: “se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la Ley“.
Y esta argumentación jurídica me sirve para relatar lo que viví el Viernes Santo de madrugada al paso por la Calle del Aire de la procesión del Encuentro en Cartagena. Y lo voy a relatar como lo sentí, sin adornos literarios que aumenten o disminuyan lo acontecido: caminaba por la Calle Cuatro Santos hacia la Calle del Aire con idea de bajar luego por la Calle del Cañón y ver bajar los tercios por ésta desde la esquina de la Mancomunidad de los Canales del Taibilla. La Calle Cuatro Santos estaba repleta de chavales de botelleo; mejor en esta calle que no impidiendo pasar la procesión como el año pasado(*), pensé yo. Ingenua de mi. Cuando llegué al final de la calle, donde empezaba la Calle del Aire, me encuentro con tres policías nacionales haciendo un cordón para que los chavales no pudiesen acceder a la Calle del Aire. Y en la acera de enfrente, un cordón de otros tres o cuatro nacionales haciendo un cordón frente a la puerta del bar que el año pasado hizo “el agosto” con los chavales a base de cubatas y demás, digo yo que baratos, consiguiendo con ello que su puerta se colapsara y la procesión no pudiese pasar, teniéndose que recoger ya a la iglesia. Por qué voy a negarlo, no daba crédito, ¿necesitamos nacionales que vigilen a los chavales (y como he apuntado antes, según el artículo 16 de la Constitución) garanticen el culto religioso?¿Esto está pasando de verdad? A los pocos minutos de estar allí, empiezan a rular por el suelo botellines de quintos vacíos. Yo me agaché y aparté uno, otro señor que estaba cerca y tan (o más) indignado que yo recogió y apartó el otro. Eran los niñatos que los estaban tirando adrede para reirse un rato de los nacionales. Fíjate tu, ya tenían diversión, nacionales a los que torear. A mi derecha, dos niñatas y un niñato que tiran un vaso vacío al suelo, rodando evidentemente hacia donde YA estaba pasando la procesión. El nacional, con muy buen juicio, se les acercó y les indicó que la próxima vez que necesitaran tirar algo que lo hiciesen levantándose y acercándose a la papelera que a escaso un metro tenían. Eso a mí me lo han enseñado mis padres, no los nacionales. Y yo he hecho botelleo, como muchas otras generaciones, sin dedicarnos a reventar una procesión. Porque saben ustedes, yo he sido penitente muchos años, y como sabrán, en Cartagena no podemos ni pestañear. Por culpa de un mísero caramelo o un vaso medio roto no me he caído de bruces de milagro. Después de unas dos horas ya vestido sin poder ni tan siquiera mear, tres o cuatro horas de procesión sin poder moverse, lo que más satisfacción le puede dar a un capirote es caerse de bruces por un vaso dejado caer. Ser capirote, penitente cartagenero, es un arte que se aprende con los años. Y no es nada fácil. No quiero desmerecer con ello otras semanas santas sino resaltar que los propios niñatos cartageneros tendrían que ser conscientes de ésto porque es seguro que tienen padres, madres, tíos o abuelos que han salido de capirote. A todo esto, el ñiñato ya avisado por el nacional, a los pocos minutos aparece con otro cubata y se sienta, con la mano extendida, siendo mal pensados (o no) con la intención de que el siguiente capirote que pasase mirando al frente se llevara el cubata por delante. Al niñato le diré que si eso llega a ocurrir, la capa, sandalias y túnica que el penitente vestía hubiesen quedado inutilizados. Y si moja el hachote… Ese penitente ha pagado, niñato de jersey naranja, de su bolsillo unos 200 euros por salir en la procesión. Y el traje que tu cubata de garrafón hubiese manchado cuesta mínimo 1.000 euros, es posible que en tela tan solo. Yo lo tenía claro, como lo mojase, yo misma lo denuncio en comisaría, además con agravante de premeditación y alevosía. Los cubatas, niñato de jersey naranja, te los tomas en la puerta de la discoteca, no viendo la procesión pasar. Porque es que además, niñato de jersey naranja, da la casualidad que los que íban a pasar en ese momento eran los míos, mi agrupación, mi “yo” en años pasados. El cubata lo lames del suelo, eso te lo garantizo.
Ya para colmo, desfilando los míos, niñata de pelo negro y novio querían cruzar la calle al bar acordonado, a lo que el nacional les dijo muy educadamente que esperasen a que el tercio parase y cruzarían, que la procesión había que respetarla y no les llevaría más de cinco minutos de espera. No se le ocurre otra cosa a la niñata pelo negro y su novio que situarse detrás de mi y espetar en voz baja: “¡como me dé la locura me lío a escupitajos con los capirotes!”. Imaginen mi cara, mis oídos y todo mi ser al escucharla. Me giré y la mire. Durante unos diez minutos, tornando mi cara de mala a muy mala “follá” en ese intervalo de tiempo. Yo pensaba: “empieza, que todo lo amplia que puede mi mano hacerse te queda la marca en la cara”. Creo que me leyó el pensamiento o vió lo evidente en mi rostro, pues le dijo “neneh, vamonoh de aquih” al acompañante y se perdieron.
Yo me pregunto si esto va a más o es algo circunstancial. Hay algo que es básico: si no te gustan las procesiones, no las veas. Si estás de fiesta y botelleo, véte a la discoteca. Creo que es de cajón de mesilla de noche, ni tan siquiera de cajón de armario. Además era ya casi de día, si te aburres véte a dormirla a tu casa, que ya es hora (como le dijo otro nacional a un chaval que intentaba darle coba para hacerse el “guay”), pues el policía nacional te dirá cuándo puedes cruzar y se acabó. Además, señoras y señores, chavales y niñatos varios, los recorridos de cualquier desfile, sea procesión o no, tienen que pasar el visto bueno de la delegación del Gobierno, Protección Civil y Policía Local. Y deben cumplir con una serie de requisitos como: pasos para la gente cada X metros, salidas de emergencia, ambulancias, etc. Así que si tienen alguna queja no se metan con el Papa, el obispo de turno o la Iglesia en general. Vayan a la Administración, al Ayuntamiento, y con nombre y apellidos expongan su queja. Es seguro que será bien recibida y ayudará a que al año siguiente se planifique mejor el dispositivo de Semana Santa. Que es lo mismo que se hace cuando hay desfiles de Carthagineses, carnavales o manifestaciones de todo tipo de colectivos. Exactamente lo mismo. Y esto que digo es extrapolable a Murcia o Lorca. Ahora vienen las Fiestas de Primavera y la ciudad de Murcia se plaga de desfiles. Si uno me interesa, voy. Si no, me quedo en mi casa.
Porque al final todo se reduce a una cuestión de respeto, que detecto que es lo que se ha perdido. La clave es respetar, se esté de acuerdo o no. Yo creo que lo hago. Todos los meses y semanas del año. Ahora, MÍ semana también ha de ser respetada. Si ya no por la propia moral o moral natural y eduación de las personas, pues porque lo reconoce la Constitución Española como un derecho (ya que últimamente nos gusta evocar tanto los derechos que tenemos). Así que los procesionistas tenemos el derecho a que nuestras procesiones salgan y SEAN RESPETADAS, a tenor del artículo 16 de la Constitución.
Creo que hay un truco muy sencillo que sirve para todo y haría, si todos lo aplicáramos, que la cosa funcionase mucho mejor: si quieres que respeten lo tuyo, respeta tu lo de los demás.
Así que viva el Bando de la Huerta, el Entierro de la Sardina, Los Carthagineses y Romanos, los Moros y Cristinanos, el Orgullo Gay, las Marchas por la Dignidad… pero viva también, la Semana Santa. Y en mi caso, la de Cartagena.
*Un macrobotelleo obliga a desviar la procesión del Encuentro: http://www.laverdad.es/murcia/20130329/local/cartagena/procesion-encuentro-incidentes-201303291837.html. Fuente: Laverdad.es.
Calle del Aire. Viernes Santo de 2013. Foto: Pepe Soto.











