Ese día, no interactuamos mucho más. De hecho, ellos se fueron al poco rato y Alarcón se despidió con dos besos, aunque incluso eso fuera inusual para nosotros. Sin embargo, hablamos un buen tiempo por WhatsApp. Sin cursilerías ni mayores vergüenzas, hablamos como dos amigos, haciéndonos reír. Paula se quedó a pasar la noche conmigo, pero se durmió pronto lo que me fue favorable, quiero decir, para que no me viera la sonrisa de boba que se me había quedado impresa en la cara.
Al día siguiente, no era lo mismo. No me sentía igual. Un montón de razones comenzaron a abrumarme y a ocuparme la cabeza, pero la principal era que yo no tenía motivo alguno para caer, así de redonda, por Francisco. Sí, habíamos ido juntos al colegio. Sí, era muy amigo de mi hermano. Pero no le conocía. Esa mañana al levantarme pensé que había besado a un extraño y yo no era así. No le dije nada de esto a Paula, ni se lo diría a nadie. Simplemente, iba a hacer como si nada hubiese pasado.
Francisco no era demasiado insistente con los mensajes. Al fin y al cabo, ya él estaba de vuelta a los entrenamientos. Yo no tenía una buena excusa, estando de vacaciones y con muy pocas ganas de socializar. Así que cuando Paula se fue, me sumergí en mi mundo. Me puse a estudiar y a leer literatura, a ver series en Netflix y, vamos que hay que decirlo, a engordar. Yo era de la que ahogaba mis penas, no en alcohol, sino en golosinas.
Un par de días después, escuché a Mario llegar con su comitiva y trastear en su habitación. Me hundí en el silencio más sepulcral y apagué la luz para que ni eso se asomara por la rendija de mi puerta y así pensara que estaba dormida. Casi enseguida, me llegó un mensaje de Alarcón.
Lo abrí mucho después. Era increíble como encontraba nuevas maneras para burlarse de mi nombre. Seguí haciéndome la muerta hasta que se fueron, que no fue mucho más tarde. En la noche, le respondí que me había quedado dormida estudiando y él comenzó a bromear. Tampoco hablamos mucho más. No sabía por qué me sentía así, estaba, quizás, asustada de todo lo que involucraba a su vez, involucrarme con él. Su amistad con Mario, con mi familia, su fama –de futbolista y de mujeriego- y el hecho de tener que descubrir, casi a la fuerza, un lado de él que fuera compatible conmigo, porque de lo contrario estaríamos perdiendo el tiempo.
Ese día me había enfrascado tontamente en la conversación que había tenido con Mario en Noche Buena. ¿Qué tanto debía chocarme el Alarcón promiscuo y descarado? ¿Es que acaso yo debía creerme el cuento de que “siempre he sido yo”? Me sonaba a cursilería aprendida de guion peliculero y rosa, aunque me hubiese derretido hasta el tuétano la noche anterior.
Yo no quería ser otra estadística en ese fenómeno que parecía crecer cada vez más. No estaba para que me llenara la cabeza de promesas ni me iba a deslumbrar con su dinero ni su posición. Vale, que eso es un poco injusto. Aparte de sus intentos desesperados por resarcir sus desastres conmigo, en los que trataba de usar el dinero como conciliación, Francisco se había mostrado sumamente humilde. Le encantaba comer en casa. Casi siempre andaban en el coche de Mario. Se ponía siempre la misma ropa y le hacía regalos a mamá, sí, pero siempre bastante sencillos.
Me dije que no le contaría a Paula, pero ya sabía que eso era mentira. Esa noche estaba bullendo de pensamientos y no me aguanté más. Sabía que se pondría del lado contrario y me llamaría cobarde, más que exigente, pero necesitaba decirle a alguien mis razones para ignorar a Alarcón y cerrarle la puerta a cualquier cosa que quisiera colarse por allí.
-Te odio, Grecia – me dijo por videollamada – te odio, te odio, te odio. Te toca vivir la película y simplemente no te da la gana.
-Vale, ¿pero de verdad sabemos qué tan bueno puede resultar el protagonista? – le dije, riéndome – Ya le sabemos la historia y el pronóstico no es bueno…
-¿Qué más peros le vas a poner al muchacho, maja? Que si lo conoces, que si no lo conoces… ¿Entonces?
-¡Que le conozco lo malo! ¿Es que no ves?
-Venga, que eso no es cierto, ¿eh?
Y aquí le salió abogada al acusado. Me recordó los cupcakes que me había enviado, cuando me había dado las gracias por curarlo y se había disculpado por Mario, lo bien que se había portado con Dino, sin mencionar el bonito momento que pasamos en el parque de diversiones, el lindo gesto de la fiesta de navidad y lo bien que se llevaba con mi mamá, en fin. Que si era por Paula, al chaval lo canonizaban pasado mañana.
-Sin mencionar que es agradable y muy chistoso – sentenció ella – Tienes la suerte de conocerlo de algo, los antecedentes al menos… A muchas nos toca salir con algunos y rezar para que no resulten asesinos en serie.
Lo dijo de una forma graciosa, pero le encontré razón. Por ese lado tenía suerte, podía decir que conocía lo básico sobre Alarcón, pero ya no sabía si quería saber más. Él pareció entender la indirecta porque no volvió a escribirme, o al menos eso creí hasta el día antes a la víspera de año nuevo, cuando bajé distraída a abrir la puerta tras sonar el timbre.
Él me esperaba en el umbral con una bonita chaqueta color miel, el pelo y la barba recién cortados, por dentro una camisa blanca impecable, jeans lisos y sin huecos, zapatos deportivos, perfumado y sonriente. Instintivamente iba a decir “Mario no está”, pero creo que ya él lo sabía. Me saludó alegremente y con algo de nervios. Saludarnos aún era algo nuevo para nosotros, antes simplemente nos dirigíamos un gesto o nos tomábamos el pelo.
-Pasa – le ofrecí por fin.
Se volteó a verme. Probablemente adivinaba la interrogación en mi cara.
-Vale, sin rodeos – sonrió – vine a invitarte a comer.
-¿Es en serio? – dije con un dejo de risa y de fastidio. Él asintió - ¿Por qué no me avisaste?
-Porque no quería ponerte tan fácil que te negaras. Tienes diez minutos.
-¿Diez minutos? – protesté.
-Y seguro te sobran, tú estás guapa todo el tiempo – dijo con algo de suficiencia – A ver, de prisa, que tengo un hambre…
La Grecia de siempre se plantó, queriendo desafiarlo y decirle que no, ahí en su cara, contarle todo lo que había estado pensando y que supiera que ese paso que dimos se desdibujaba ahora bajo la acuarela del error. Y no pude. Tal vez si hubiese sido un poco más cursi, si se hubiera aparecido con un ramo de flores y una serenata, si me hubiese dicho que estaba linda con mi ropa de casa y mi moño desordenado, habría sido muchísimo más fácil salir corriendo despavorida, pero no. Alarcón seguía siendo él, sin rimbombancias ni frases ensayadas. Era él y estaba aterrada porque descubría que no se transformaría en un galán instantáneo, y que ese Francisco de siempre, fuera los juegos y las chorradas, me gustaba.
Entonces, no opuse resistencia y fui a vestirme. En compensación a su sinceridad, quise ser yo también y no me produje demasiado, aun cuando tuviera el temor de que me llevara a un restaurant malagueño de veinte platos y doscientas estrellas Michelin. Un maxi vestido negro, mi chaqueta de jean, unos pocos accesorios, unas plataformas nude y en el cabello una trenza a modo de cintillo. Era temprano y el boho-chic sonaba bien. Lo que me dijo él cuando me vio me alivió más que cualquier cumplido.
-¿Acaso alguien te dijo adónde vamos? –inquirió, extrañado.
De algún modo, le había acertado. En cuanto al outfit, me refiero, porque ni remotamente me hubiese imaginado el lugar al que fuimos a parar. Alarcón condujo hacia la costa mientras hablábamos de cualquier nimiedad. El camino se hacía cada vez más humilde y yo, que no lo ansiaba, pero si suponía el restaurante caro, me llevé una gran sorpresa. Cruzamos una verja que ascendía en curvas muy pronunciadas. Un cerrito que se elevaba apenas por la costa. Bajó las ventanillas para que entrara el aire y el ruido de las olas hasta que llegamos a un extremo en el que se alzaba una bonita casa de piedra que miraba al mar. Parecía construida a retazos y en un equilibrio sospechoso sobre el pequeño risco, estaba llena de plantas opacas y tenía conchas incrustadas por todos lados. Un señor de edad salió a recibirnos. No fue sino hasta que nos bajamos del coche que reparé en Francisco con sus gafas de sol. Madre mía, que es de revista el tío, sonó la voz de Paula en mi cabeza.
-¡Isco, hijo! ¡No creí que hablaras en serio! – dijo el hombre con suma emoción.
-¿Cuándo te he mentido, macho? – sonrió el aludido, saliendo a su encuentro y enganchándose las gafas en el cuello de la camisa.
Se dieron un abrazo dándose espaldarazos que parecían doler.
-¡Marta! ¡Ven que llegó el muchacho! – gritó el viejo hacia la casa y luego volteó a verme con dulzura - ¿Esta monada es nuestra invitada especial?
-Ella misma. Grecia, te presento a mi buen amigo Barón.
-Ignacio Barón, para servirle – me extendió la mano y yo se la estreché con amabilidad.
-Todo un gusto – le sonreí.
Era a lo poco sexagenario y de cabello blanquísimo. Iba vestido como de época, pantalones bombachos y chaleco, pero en sus maneras se notaba una energía envidiable.
-¡Te dije que vendría! – chilló más allá una señora rechoncha envuelta en un delantal.
Isco la besó y abrazó, meloso y ella a su vez. Antes de yo extenderle mi mano, me dio un achuchón que lo sentí en los huesos y acto seguido nos invitaron a pasar. Atravesamos un pasillo y una salita llena de muebles dispares y adornos por doquier, móviles de conchas y de barro que tintineaban con la brisa, hasta dar a una hermosa terraza toda de piedritas blancas y salinas, con vista al mar. A diferencia de la casa, tenía un aire más moderno y más minimalista, desprovisto de tantos adornos. Incluso nos sentamos casi en el borde, donde ya no alcanzaba el techo y se escuchaban con claridad las olas rompiendo contra las piedras. Me embebí de aquel panorama, perdiendo la vista allá donde los azules se confundían. Alarcón aguardó hasta que aparté la mirada, me esperaba retirando la silla para que me sentara.
-¿Pido el menú o te atreves? – preguntó al sentarse frente a mí. No estaba segura de lo que significaba aquello, pero decidí atreverme. Al fin y al cabo de eso estaba yendo el día. – Vale, espero que te gusten los mariscos.
Marta se acercó y hablaron de tal manera que parecían tener un idioma propio. En un dos por tres ella entendió su orden y al poco rato ya estábamos comiendo. Todo estaba delicioso, desde la ensalada de camarones hasta el robalo al horno, los mejillones escalfados y el buen vino. Francisco se interesó por mi carrera y allí se nos fue la hora de la comida, hablando de los estudios, de cómo era la vida en el hospital y de lo que me gustaría ser más adelante. Él también me compartió sus aspiraciones de ganar cuanto pudiera con el Málaga y hacerse un nombre hasta llegar a los mejores clubes de Europa, sin dejar de perseguir siempre el puesto en la selección nacional. Me contó que sus cortas vacaciones se acababan y que la siguiente semana viajaría con el equipo a Madrid y por eso se había aparecido en casa precisamente hoy, justo antes de fin de año.
Si bien, no se había ordenado postre, Barón apareció con una finísima tarta de almendras que me tenía en la gloria. Una vez terminada la comida, los especiales cocineros se acercaron para preguntarnos qué nos había parecido todo y nos deshicimos en alabanzas para este restaurante que, a mí parecer, era una perla escondida tras aquella colina. Marta y Barón estaban tristes de despedirnos, pero como era de esperar, Alarcón quiso extender la estadía un poco más.
-¿Nos dejan bajar?
-¿Seguro? Que está un poco empinado por allí, te puedes hacer daño – se preocupó la doña.
-Nada de eso, es pan comido pa’ mí – replicó.
Se saltó la media pared por la parte más baja y dio un rodeo cauteloso, sosteniéndose de ella hasta el otro extremo, donde era mucho más larga la distancia de la terraza al suelo de piedra.
-Ven aquí – me invitó, extendiéndome los brazos.
Me negué, rotunda.
-Venga, Polonia, quítate los zapatos y ven conmigo – se rio.
Dudé, pero en verdad si quería ver la playa.
-Yo te ayudo, chiquilla, hala – me dijo Barón, sosteniéndome.
Me quité las sandalias y me senté en el borde de la media pared de piedra. Barón sosteniéndome la mano y Francisco esperándome abajo, ofreciéndome las suyas. Me alcanzó la cintura mientras me deslizaba por la piedra y mi vestido ondeaba con fuerza a causa de la brisa. Caí como en cámara lenta en su abrazo y me sostuvo con firmeza, haciéndome sentir a salvo. Él también se quitó los zapatos y se los entregó a Marta. Descendimos tomados de las manos por el costado de las piedras, él delante indicándome donde pisar. Alcanzamos una superficie plana y me detuve de nuevo a mirar el mar. Él me dijo que me colocara para una foto. Lo hice, pero mientras luchaba con el viento, el cabello y el vestido, me tomó miles. Luego se volteó y nos tomó una selfie desde donde él estaba. Entonces, seguimos nuestro camino colina abajo. Alcanzar la playa fue como pisar almohadas, un total alivio para nuestros pies que ya se habían acostumbrado a los duros y afilados bordes rocosos. Sin embargo, agradecida de haberme quitado los zapatos por la grata sorpresa de conocer la orilla, me acerqué para que el vestigio de las olas me besara los pies. Me quité la chaqueta y le pedí a Francisco, que volvía a guardar su espacio y me dejaba un momento a solas con el mar, que me tomara otra foto y, una vez más, me tomó miles.
Cuando se acercó, se rompió la onda silenciosa y en calma que traíamos hasta ahora. Me salpicó con los pies cuando la ola se nos acercó y trató de empujarme hacia el agua. Retozamos y correteamos como niños por un segundo. Le lancé un puñado de arena que le asestó en el pelo y él se regresó para perseguirme. Pedí tregua porque sabía que no era competencia para su agilidad y fuimos a sentarnos en la arena, embelesados una vez más por el movimiento del agua y su rumor, por el sol que ya teñía el alrededor de fuego y las sombras que empezaban a cernirse sobre nosotros, escondiéndonos los rubores.
-No voy a esperar hasta que estemos a la puerta de mi casa para decirlo, me ha gustado mucho esta tarde – le confesé.
-A mí también. Gracias por aceptar, no habría sido lo mismo sin ti.
-¿Quieres decir que igual vendrías?
Asintió.
-Ya le había dicho a este par… Aunque el día que hubieses aceptado igual te habría traído aquí.
Me contó que Barón y Marta solían ser sus vecinos y que cuidaban de él y de su hermano cuando eran pequeños y sus padres trabajaban. Ellos se habían mudado a esta pintoresca casita marina y los Alarcón les habían prometido nunca olvidarse de ellos y cumplían siempre que podían.
-Se nota que son personas así, de para siempre – le dije.
-Sí, que con sólo mirarlas sabes lo mucho que valen.
Noté que ahí estaba mirándome y le sonreí como una tonta. Como si le hubiese hecho saltar chispas, se metió la mano en el bolsillo de un brinco.
-Te traje un regalo de navidad – me dijo.
Y ahí la cabeza se me volvió a llenar de prejuicios, de que se volvería cursi y dramático, de que era demasiado pronto, de que seguro se haría el importante por darme un regalo costoso y demás tonterías. Me entregó una cajita gris que me cabía en la palma de la mano, la abrí y de ella saqué un llavero de metal con la bandera de Grecia. Puse cara de fastidio extremo y él reventó en carcajadas, casi revolcándose en la arena. Luego, me tuve que reír yo también.
-Eres un estúpido.
-¿Así me agradeces mi regalo tan original? – protestó, todavía riéndose.
-Original sí que es – me reí – Vale, gracias.
-Por nada, Atenas.
-Veo que no te ha ido mal en geografía, pero por lo menos ya estás más cerca.
-Me puedo acercar más si gustas – se pegó más a mí, pasándome el brazo por los hombros.
Sólo me reí y volteé a verlo, él me besó en los labios con suavidad. Lo dejé ser. Esta vez no había prisa, me besaba con una lentitud casi agónica, al ritmo del océano que se mecía hasta alcanzar la playa. Pronto yo descubrí mis propias manos en su barba, estaban como imantadas hacia ese único polo que en secreto siempre querían tocar. Su olor, jabón de niño y madera nueva, me penetró por la nariz y me envolvió, invitándome a acercarme y acercarme.
Me daba rabia que con un beso pudiera borrarme las manías y los razonamientos que tanto me esforzaba en elaborar, como si le cayera a porrazos a mi mente. Pero cuando nos separábamos lo suficiente para mirarnos sin ponernos bizcos y él tardaba un segundo demás en alzar esos párpados con su ejército de pestañas y esos ojos castaños –y verdes, a rayas- volvían a recibirme, era incapaz de algún sentimiento negativo, de rabia menos que todos, y me decía a mí misma que todo estaba bien, que iría mejor incluso, que esa genuina paz no podría conducirme mal.
Estaba perdiendo, gustosa, la batalla de las predicciones. En mi empeño de conocer su lado malo, aguardaba a cada instante que tropezara en sus infamias de -no sé- andar con más de una o de que sus esfuerzos se basaran en arrastrarme a su cama cuanto antes. Y no se trataba de creerme la bomba sexy y asumir de ipso facto que le parecía irresistible, era más bien una imposibilidad de realmente pensar que podría estar buscando algo más. No tuve excusa para seguir pensando lo incorrecto cuando se puso de pie y sacudiéndose la arena, me propuso llevarme a casa. Nos despedimos de Marta y Barón casi con tristeza, si los abrazos de bienvenida habían sido familiares, ya estos fueron cargados de una intimidad hermosísima. Francisco les prometió que volveríamos, no me soltó la mano ni cuando íbamos en el coche y durante el trayecto, me entregó su móvil para que yo misma me enviara las fotos que nos habíamos hecho.
Me daba pánico llegar porque sabía que él querría bajarse a saludar a mamá y ella con su sexto sentido del infierno y apenas verme de vestido, lo adivinaría todo y no me sentía nada lista para contárselo, era demasiado pronto para ser el centro de su emoción y de sus buenos deseos, sobre todo al tratarse de Alarcón. Por suerte, él lo intuyó, no tuve que decirle nada. Apenas alcanzamos la acera de mi casa, me dijo que nadie tenía que saberlo todavía, que lo harían cuando yo quisiera. Le sonreí con la mayor franqueza que me había permitido hasta ahora y lo besé, acariciándole por última vez la mejilla.
En la cama daba vueltas recordando la terraza, la vista, la playa. Me moría de ganas por hablar con él, pero sabía que era una chorrada. Sin embargo, él sí se atrevió y el corazón me dio un vuelco al recibir su mensaje.
Me hizo reír de verdad, no fue una carcajada falsa sólo para WhatsApp. Me sentía ridícula de irme a dormir con una sonrisa inalterable en la cara. Ridículamente feliz de ya no sentir que me estaba equivocando.