Hace años vengo buscando mi verdad. Me deshago, me desdigo, voy de un extremo a otro. Cuando veo una verdad que ya está adquirida por otra, me voy de ella. Salto de espacio a uno nuevo y desconocido. Así es como he conocido distintas formas de encontrar esto que busco. He probado con lo obvio: terapias. Psicólogas conductuales, humanistas, psicoanalistas, místicas, laborales. Sigo intentado y me agrada mucho el estudio de la mente y el pensamiento, pero no lo es todo. He buscando ayuda en el arte y en las drogas. Momentos de escapes, de lucidez y perdida total. También me he dejado llevar por los astros y el tarot, aunque una amiga una vez me dijo que ella sabía que las respuestas de todo estaban adentro de cada una, creo que el Tarot lo que hace es adivinarlo y cuando saltan del mazo, nos están avisando. Lo importante es saber identificar los símbolos y darle una lectura adecuada y eso sí lo podemos hacer de forma personal. Llevo más de un año asistiendo a círculos de luna, examinando una carta astral que me inventé, descubriendo las dimensiones y las características que se le atribuyen a cada signo y planeta. Me encanta, pero no es mi lenguaje. Sigo en la exploración y hace poco, después de leer Un conjuro, me di cuenta de algo especial.
No escribo poemas porque no puedo sanar todavía. No tengo la fuerza ni el cuerpo formado para hacerlo, pero escribir-no-poesía, solo escribir, lo que salga de mí, me permite imaginar. La imaginación crea mi mundo y de esta forma sin saber he estado conjurando a mis amigas.
Hace un par de días, de forma inconsciente me dediqué a revisar mi antiguo blog y me percaté de que usaba un par de nombres para bautizar a mis personajes. Mariana y Laura. Marina a veces. Desde hace años que lo hago. En Chile nunca conocí a una Laura o Mariana y ahora, dos de mis buenas amigas en Barcelona llevan esos nombres. A ambas las conocí en contextos culturales y artísticos. Ambas son mujeres especiales, sacadas de un cuento. Son complejas, dulces, con un pensamiento voraz y con mucho amor para entregar.
Cuando me sienta preparada comenzaré a sanar.
Entre otras cosas, escribo para que no ocurra lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, lo quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, el desgarro. Porque todos estamos heridos.
Chantal Maillard. Escribir (fragmentos)
para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos
para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa
en el alma
la estimación del tiempo que concluye
y es arriba
algo más que un silencio
con ojos semiabiertos
como condescendencia y como rebeldía
sin elección
sin pausa
porque se va la luz, las fuerzas
se le acaban
y el ser se va de vuelo
en las garras de un ave
carroñera
para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra