Una vez te das cuenta de la finitud de las personas, te percatas que el Universo es más real que nosotros.
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Una vez te das cuenta de la finitud de las personas, te percatas que el Universo es más real que nosotros.
«El dolor es el camino de la conciencia y es por él como los seres vivos llegan a tener conciencia de sí. Porque tener conciencia de sí mismos, tener personalidad, es saberse y sentirse distinto de los demás seres, y a sentir esta distinción sólo se llega por el choque, por el dolor más o menos grande, por la sensación del propio límite. La conciencia de sí mismo no es sino la conciencia de la propia limitación. Me siento yo mismo al sentirme que no soy los demás; saber y sentir hasta donde soy, es saber donde acabo de ser, y desde donde no soy.»
Miguel de Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida. Espasa-Calpe, S. A., pág. 109. Madrid, 1971.
TGO
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Tras nuestro último encuentro han pasado más de cien años. Durante todo este tiempo he seguido enfrentándome a enemigos del lado oscuro, de las sombras y de mi propia especie, y he continuado alimentándome de aquellos humanos que están aquí porque, como dicen ellos, tiene que haber de todo, pero que nadie, ni siquiera ellos mismos, podrán echarse de menos. Limpio esta sociedad absurda de seres innecesarios. [...]
Nunca se puede subestimar a una banshee y mucho menos a Letania, cuyas malas artes superaban a las de cualquier ser oscuro. La batalla iba a ser cruenta. Todos mis flancos estaban custodiados. El propósito estaba claro: una especie de embudo para llevarme hacia ella. Qué absurdo modo de enfrentarse a mí. [...]
“Finitud” ©ɱağa
Si deseas leer por completo, pasa por la Trastienda: https://latrastiendadelpecado.blogspot.com/2023/04/finitud.html
«¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: Yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿no es quizás eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.
Quizá la experiencia de la finitud es el único acceso que tenemos a la totalidad que nos llama, y nos pierde, con desmedidas ambiciones totalitarias. Quizá toda experiencia de infinitud es ilusoria, si no es, precisamente, experiencia de finitud. Quizá, por eso, la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.
¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales».
— Gabriel Zaid: Los demasiados libros
Abraza con fuerza a quiénes hoy tienes cerca, el mañana es incierto y a veces en un segundo podemos perderlo todo, y nunca más volver... así de frágil es vivir.
Firthunands
La naturaleza tiene muchas artimañas para convencer al hombre de su finitud –el incesante fluir de las mareas, la furia de la tormenta, la sacudida del terremoto, el largo retumbar de la artillería del cielo–, pero la más tremenda, la más sorprendente de todas es la fase pasiva del silencio blanco.
Jack London
«La vida humana se convierte en instante, y no porque supere la duración, sino porque se desvanece en la nada manifestando su vanidad en el seno de la mala finitud del tiempo en sí. En el ruidoso tic-tac del reloj se percibe el desdén de los años-luz por el palmo de la propia existencia. Las horas que ya han pasado como segundos antes de que el sentido interno las haya asimilado, anuncian a éste, arrastrándolo en su precipitación, que él y toda memoria están consagrados al olvido en la noche cósmica. Un olvido del que los hombres hoy se percatan de un modo obsesivo. En su estado de total impotencia, que se le ha dejado vivir le parece al individuo el plazo breve de un ajusticiado. No espera vivir por sí mismo su vida hasta el final. La posibilidad de la muerte violenta o el martirio, presente a cada uno, se continúa en la angustia de saber que los días están contados y la duración de la propia vida establecida en las estadísticas de saber que el envejecer en cierto modo se ha convertido en una ventaja ilícita que hay que sacar con engaño de los valores medios. Quizá esté ya agotada la cuota de vida dispuesta, con carácter revocable, por la sociedad. Una angustia semejante registra el cuerpo en la huida de las horas. El tiempo vuela.»
Theodor W. Adorno: Mínima moralia. Editorial Taurus, pág. 166. Madrid, 2001.
TGO
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«Así pues, sólo queda la idea de Dios, en la que debe considerarse si hay algo que no pueda proceder de mí mismo. Por “Dios” entiendo una substancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás cosas que existen (si es que existe alguna). Pues bien, eso que entiendo por Dios es tan grande y eminente, que cuanto más atentamente lo considero menos convencido estoy de que una idea así pueda proceder sólo de mí. Y, por consiguiente, hay que concluir necesariamente, según lo antedicho, que Dios existe. Pues, aunque yo tenga la idea de substancia en virtud de ser yo una substancia, no podría tener la idea de una substancia infinita, siendo yo finito, si no la hubiera puesto en mí una substancia que verdaderamente fuese infinita».
Rene Descartes: Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas. Ediciones Alfaguara, pág. 39. Madrid, 1977.
TGO
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