Kuniaki me forzó cuando yo tenía quince años. Puede sonar brutal, pero no se me ocurre otra forma de expresarlo. Yo acababa de entrar en el instituto. Cuando lo pienso me doy cuenta de que entonces no tenía nada en la cabeza. Di por sentado que como mi tío se hacía cargo de mi madre y de mí, no tenía derecho a negarme a lo que su hijo hizo conmigo. Pero el caso es que los siete u ocho años siguientes él siguió usándome como un cómodo desahogo de su lascivia, y ni siquiera entonces se me pasó por la cabeza que aquello era injusto. Debía de ser bastante lerda e insensible. Es más, hasta su compromiso no me di cuenta de que me había utilizado, antes de eso simplemente suponía que acabaríamos casándonos.
El tipo de Maruichi Shoji debió de estar encantado cuando escuchó todo el cuento por boca de Kuniaki: que yo era huérfana y que mi tutor era un viejo, que solía ser su amante pero que eso ya había acabado… Podía hacer conmigo lo que quisiera. ¡Qué modo más conveniente de manejar las cosas! Me estoy alterando, casi le digo ahora a mi tío lo que pasaba por mi cabeza, pero al punto me di cuenta de lo absurdo que sería: tiene más de ochenta años. A veces mi madre se ponía histérica con el asunto, pero le salió una úlcera y murió. Y yo acabé creyendo que si te lamentas de algo que no puedes remediar, te sale una úlcera. También me acuerdo de mi tía Tokie, al principio de aquello, reprendiendo a su hijo y tratando de obligarlo a que se casara conmigo. Quizá fue por ese carácter suyo que también le dio un ataque al corazón y murió.
—¿Qué quieres hacer primero: almorzar o ir a votar?
Mi tío gruñe e intenta incorporarse, agarrándose a la mesa de té. Le tiendo la mano y lo ayudo a levantarse.
—Mejor acabar ya con lo de votar. ¿Vas a venir, Seiko?
—¿Yo? Iré luego. Pondré la mesa mientras estás fuera. Ten cuidado.
Es bastante alto cuando se yergue; incluso ahora, aunque tambaleante, me saca bastante. Lo veo alejarse basculando en dirección a la avenida y me pregunto si debería ir con él. Pero se las arregló para hacer solo todo el viaje desde Urawa hasta aquí, así que no le supondrá ninguna dificultad llegar a la escuela primaria.
En pocas ocasiones despedí a Henri cuando se iba a trabajar. Yo era siempre la primera en salir. Fuera por su enfermedad o por su alcoholismo ya raramente hacía el turno de noche, así que, para un empleado del ferrocarril, tenía una buena vida. Aún así siempre se levantaba antes que yo y me traía el desayuno a la cama: una bandeja con un cruasán y café con leche en un gran tazón, amarillo por fuera y blanco por dentro. El humeante café llenaba el tazón a rebosar y cada mañana sin falta me lo bebía todo.
En la oficina de Maruichi Shoji en París mi trabajo se limitaba a la jornada normal, más el tiempo que empleaba en el traslado. Había muchos trabajadores japoneses con sus familias allí, y los que habían ido solos sabían manejarse bien en París, así que en eso también tenía yo todo resuelto. Me convenía porque ya era hora de que me fuera a vivir con Henri. Mi pobre francés mejoraba poco a poco gracias a las conversaciones con Jacqueline. Podía ya responder el teléfono sin gran dificultad y me mantuvieron en la oficina como trabajadora fija.
Cuando salía a trabajar por las mañanas me asaltaba la idea de que a Henri pudieran darle las convulsiones cuando yo no estaba, pero enseguida me recordaba a mí misma que pronto se iba a morir de todos modos. Desde el primer momento supe que siendo un albino epiléptico y alcohólico no iba a vivir mucho. También comprendí que si no hubiera sabido que sus días estaban contados no habría poseído esa dulzura incomparable: el afecto transparente y compungido del perro que sabe que se muere pero agita la cola a su amo. Saber que su muerte estaba cerca me permitía ser cariñosa, y viviendo así con él podía olvidarme de Kuniaki. Suponía un maravilloso sentimiento de liberación. Al parecer no estaba en mi naturaleza darle vueltas a la brutalidad de Kuniaki y tenerle rencor por haberse aprovechado de mí, o lamentarme por haber crecido sin un padre que hubiera podido evitarlo. Pero no sólo era eso, tampoco tenía lógica. Hubiera sido como convertirme —mi vida entera— en encurtidos hinchándose en la barrica bajo el peso de la piedra cubierta de paja: simplemente me consumiría llorando. No tenía sentido. Llegué a esta conclusión sin apenas discurrir: la manera de Henri era mucho mejor. En vez de amargarse y estar resentido, sencillamente se sentaba en su oscuro rincón del café con una copa de Pernod en la mano, envuelto en su encendida rubicundez. Y yo, estando con él, era capaz de ser una mujer tierna y cariñosa.