«El hombre es una parte indivisible del mundo rico en partes. El mundo crece a través de sus edades. Tiene su propio destino. El destino del hombre es una parte de este destino. Pero no se diluye en él, no desaparece en él. Es una parte, sí, pero no partible. El hombre es microcosmos. Así, su destino es, en el destino del mundo, que va madurando en las edades del crecimiento de éste, semejante a un instante determinado en la corriente del tiempo. No se lo puede reemplazar, no se lo puede desplazar, ni tampoco disolver en la totalidad de la corriente. Es una parte de esa totalidad, pero una parte insoluble, impartible. Un instante en las edades del mundo. Quizá, dicho con más claridad: una hora.»
Franz Rosenzweig: Estrella de redención. Ediciones Sígueme, pág. 331. Salamanca, 1997.
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