La soltería también se elige.
Imagina por un momento que estás reunido con un grupo de amigos, familiares, compañeros de trabajo… lo que tú prefieras, son factores que no van a alterar el producto. Os estáis poniendo al día sobre vuestros últimos movimientos en la Tierra. En un momento dado, esa conversación de lo más cordial, se torna en una encerrona de la que es (casi) imposible escapar. Todo por una «inofensiva» pregunta: ¿Y tú qué, sigues soltero/a?
Prepárate para ser juzgado. Estás sentado en el banquillo acusado de «conducta contraria al orden público» y «delitos contra la familia». No intentes justificarte ante ellos porque si estás soltero «será por algo». Te gustaría añadir el cargo de «fuga» a la lista, pero ya es demasiado tarde. Te has convertido en el proyecto humanitario de alguno de tus amigos y en la oveja negra de la familia. Tu vida se ha reducido a miradas de pena y decepción acompañadas por frases como: «¿no ves que se te está pasando el arroz?» o su variante «vas a morir solo», seguidas por «conozco a alguien perfecto para ti» y «no sabes lo preocupada que tienes a la abuela», o una de mis favoritas «¿es que no quieres tener niños?».
Al parecer, es difícil de comprender que para muchos la soltería sea una elección y no una imposición. ¿Qué tiene de malo estar soltero? ¿Por qué esa necesidad de emparejarnos? Llegados a este punto me pregunto si la búsqueda del amor es algo intrínseco del ser humano o es una simple convención social impuesta desde hace siglos.
¿Nuestras ganas de enamorarnos son reales o es la gente que nos rodea la que nos empuja a hacerlo?
Ser soltero no es una enfermedad, no sintáis pena por nosotros. Si queréis llamarnos egoístas por valorar nuestro espacio, nuestro tiempo y nuestra libertad, está bien. En mi opinión, la historia de la «media naranja» es una patraña. El individuo no es un ser incompleto que necesita de otro para alcanzar la perfección. A aquellos que dicen que «necesitas compartir tu vida con alguien para crecer como persona», les pregunto si no sería mejor crecer como persona para poder compartir tu vida con alguien.
Los hay que no estamos preparados para hipotecar nuestra vida a largo plazo, nos gusta probar, vivir de alquiler e ir cambiando si es necesario, sin compromisos ni ataduras. Esa búsqueda constante de «LA persona» es agotador. Estar con alguien por no estar solos no va con nosotros. Como dijo Bukowski «si no te sale ardiendo de dentro, a pesar de todo, no lo hagas».
Ese «pack de la felicidad» que intentan vendernos no es genérico, es personalizable. Trabajo, casa, pareja y niños puede ser un infierno para muchos. Sobre todo en lo referente a «niños». Parece que tengas que disculparte por no entrar por el aro o que estés atentando contra la especie humana por no querer reproducirte. Que hayas tenido descendencia no te garantiza la felicidad ni te convierte en mejor persona, fíjate en el futuro que le estás dejando a tus hijos.
No estoy en contra del amor. Estoy en contra de que se señale con el dedo a los que no lo buscan, de que se avergüence a los que son vírgenes más allá de los dieciocho o que se considere un caso de caridad a aquellos que están «solos». Y ya no hablemos de la hipocresía que sale a relucir cuando «por fin» se encuentra ese amor, que han intentado inyectarnos en vena a lo largo de nuestra vida, pero no entra dentro de sus cánones.
¿Es el amor una necesidad? ¿Es una elección? Lo mejor sería organizar prioridades. Deberíamos agarrar la pirámide de Maslow por donde más rabia nos de, darle la vuelta, diseccionarla o tirarla por un puente. Debemos pensar en nosotros y no dejar que nadie nos diga, que por no tener pareja, nos estamos perdiendo la mejor experiencia de nuestra vida. No estamos renunciando al amor. Abrazamos la libertad para decidir cómo, cuándo y con quién queremos pasar nuestro tiempo. No es justo que nos hagan sentir culpables por ello.
Pero qué podemos esperar de una sociedad que nos adoctrina en unos valores clásicos y nos presiona desde la infancia. No hay más que prestar atención a la salida del colegio para ver a esas abuelas que recogen a sus nietos de cuatro años y les preguntan: «Entonces esa niña de ahí ¿es tu novia?».











