Se acerca el feriado de Semana Santa, celular me recuerda un par de videos. Decido escribir, de nuevo.
Mi familia paterna son descendientes de italianos entremezclados con brasileros eso quiere decir que la gastronomía siempre fue un punto muy importante desde que tengo uso de razón.
No hablo de hecho de saciar el hambre, o de preparar los platos más excéntricos. La comida representaba algo más; la magia del encuentro, la unión que habitaba en compartir la mesa.
Los momentos más importantes del día eran cuando nos sentábamos en la mesa.
Siempre se compartía la mesa, siempre. No importaba si era un domingo de resaca, o si habías desayunado pizzas hace media hora. Tenias que sentarte, a charlar, a compartir, a acompañar.
Como buena hija de italianos mi abuela en la cocina tenia un don, se relucía. Era una artista, en serio, no exagero.
Ella era Van Gogh, Da Vinci... En su cocina podías apreciar algo que podría denominar como el arte del ruido de las ollas con los cucharones y suspiros, muchos suspiros: la banda sonora de su vida.
Semana Santa para los practicantes tiene su significado. Yo, practicante de abuelidad y heredera del buen comer, es la semana del pescado; bacalao el Viernes Santo y boga al horno el Domingo.
Mi abuela enseñaba su amor a través de una olla y un cucharón de madera, una sopa de agnolini, un rissotto, pipoca con melado. Pareciera que son cosas superficiales, pero en la familia, sabemos que todo tenia su significado. Ella daba su mejor.
En pandemia pasamos sin agnolinis para las sopas en invierno, mi abuela buscaba la forma que le trafiquen aunque sea un paquetito, porque sabia que ambas teníamos adoración por las pastas.
Era la devoción que había por detrás de ella, de cada ingrediente, de cada dedo quemado por el horno, de cada plato. Era sentarse en la vereda en estas épocas, porque el pescadero iba a pasar y ¡ay! si le querían pasar la perna. Era la preparación con anticipación para conseguir en pescado fresco, perfecto, el pescado. El encuentro alrededor de la cocinera, el parloteo, la charla constante... El aroma peculiar del mondongo cocinándose. Hasta eso extraño.
Desde hace un año, el pescado no tiene el mismo sabor, no tiene la misma magia. Nos tenemos que amañar, seguiremos buscando el pescado perfecto.
Seguiremos honrando su presencia, con un pescado al horno con tomate, cebolla, leche de coco, alcaparras, roquefort y la taza de vino con hielo, del Domingo de Pascua.
Como la vida misma, Lair no tenia recetas. Era todo a ojo, todo era dejado a la percepción del gusto, del olfato y de la vista. Con ella, todo siempre fue sin recetas, por eso se me hace complicadísimo poder traer algo de ella a mis ollas. Si vieran su recetario, encontrabas esquelitas por toda la casa, desde la cocina hasta en el lavadero, capaz de ahí herede un poco la desorganización.
Nose, la ternura de mi abuela, su afecto, sus sonrisitas siempre estuvieron relacionadas con la cocina. Ese era su hogar.
La ternura se presente de manera serena. En las trivialidades de la vida.
El cariño de mi abuela siempre estuvo ahí. No había fuegos artificiales, palpitaciones, gestos grandísimos; era un plato de comida.
Siempre fue el compartir, ver la familia reunida en la misma mesa, las risas, las charlas, el bochinche.