CONTRO IL TOTALITARISMO. GEORGE ORWELL.
“Es probable que la guerra española haya producido una cosecha de mentiras más abundante que cualquier otro suceso (...). Son los periódicos de izquierdas, el News Chronicle y el Daily Worker, con unos métodos de distorsión mucho más sutiles, los que han impedido que el público británico comprenda la verdadera naturaleza de la contienda.
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Parece evidente que Alemania avanza rápido hacia el socialismo (...)
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La historia de los últimos siete años ha dejado clarísimo que el comunismo no tiene la menor posibilidad de éxito en Europa occidental.
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Un partido socialista que deseara de verdad alcanzar algo (...) habría reconocido que la “revolución proletaria” a la antigua usanza es inviable.
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Cuando aparezca un movimiento socialista autóctono de Inglaterra, los marxistas, al igual que todo el que tiene intereses creados en el pasado, serán su más enconados enemigos. Inevitablemente lo denunciarán por “fascista”.
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Se propusieron ser “antifascistas” de una manera puramente negativa, posicionándose “contra” el fascismo sin estar “a favor” de ninguna política concebible, y por debajo de tal actitud subyacía la pusilánime idea de que, cuando llegara el momento, serían los rusos los que se encargarían de entablar combate en nuestro nombre. Es asombroso que esta ilusión persista.
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El capitalismo liberal ha muerto. La disyuntiva se encuentra entre el tipo de sociedad colectivizada que Hitler establecerá y el tipo de sociedad que pueda surgir si es derrotado.
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Mientras exista la democracia, incluso en la muy imperfecta forma que ha adoptado en Inglaterra, el totalitarismo corre un peligro mortal. (...) De la cultura de lengua inglesa, si no perece antes, brotará una sociedad de seres humanos libres e iguales.
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En el plazo de un año es probable que tenga lugar, en la intelectualidad de izquierdas, una reacción prohitleriana. Ya hay señales premonitorias. (...) pasarán a sostener que, a fin de cuentas, la democracia el “lo mismo que” el totalitarismo o que es “igual de mala”. (...) no es verdad que sean iguales. (...) Y al elegir entre una y otra se escoge no tanto según la fuerza de lo que ahora son, sino en función de lo que son capaces de llegar a ser. (...) Cuando llegue la hora de la verdad, nadie que se haya educado en la tradición occidental podrá aceptar la visión de la vida que propugna el fascismo.
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Mucho de lo que Wells ha imaginado, y para lo que ha trabajado, está fisícamente ahí, en la Alemania nazi. El orden, la planificación, el apoyo del estado a la ciencia, el acero, el hormigón, los aviones, todo está ahí, pero al servicio de unas ideas propias de la Edad de la Piedra. La ciencia está combatiendo en el bando de la superstición.
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Es evidente que el período del capitalismo liberal está tocando a su fin, y que los países, uno detrás de otro, están adoptando una economía centralizada que podemos llamar “socialismo” o “capitalismo de Estado” según se prefiera. Con ello, la libertad económica del individuo, y en gran medida su libertad para hacer lo que quiera, escoger trabajo y moverse de un lado a otro de la superficie del planeta, llegan a su fin. Bueno, hasta hace poco no se habían previsto las implicaciones de esto. No se había comprendido por completo que la desaparición de la libertad económica tendría algún efecto sobre la libertad intelectual.
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(...) hay varias diferencias fundamentales entre el totalitarismo y todas las ortodoxias del pasado, tanto en Europa como en Oriente. La más importante es que las ortodoxias del pasado no cambiaban, o al menos no lo hacían rápidamente. (...) Pues bien, con el totalitarismo ocurre exactamente lo contrario. La peculiaridad del Estado totalitario es que, si bien controla el pensamiento, no lo fija. Establece dogmas incuestionables y los modifica de un día para otro. (...) los repentinos cambios emocionales que el totalitarismo exige a sus seguidores son psicológicamente imposibles.
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No se me ocurre un ejemplo mejor de la superficialidad moral y emotiva de nuestro tiempo que el hecho de que ahora todos seamos más o menos pro-Stalin. El asesino repugnante está de momento de nuestro lado, de manera que las purgas, etc., se olvidan de repente.
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(...) lo peculiar de nuestra época, sin embargo, es el completo abandono de la idea de que es posible escribir la historia con veracidad. (...) El objetivo tácito de este modo de pensar es un mundo de pesadilla en el que el líder máximo, o bien la camarilla dirigente, controle no sólo el futuro, sino incluso el pasado. Si sobre tal o cual acontecimiento el líder dictamina que “jamás tuvo lugar”... pues bien: no tuvo lugar jamás.
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El pacifismo, por ejemplo, se funda ampliamente en esta creencia: no opongáis resistencia al mal y este de algún modo se destruirà a si mismo.
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En cuanto a los rusos, sus motivos para participar en la guerra de España son absolutamente inescrutables. (...) De hecho, cuanto hicieron se explica más fácilmente si uno asume que actuaban guiados por diversos motivos contradictorios. Creo que en el futuro llegaremos al convencimiento de que la política exterior de Stalin, en vez de ser tan diabólicamente lúcida como se presume, ha sido meramente oportunista y estúpida.
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Casi cualquier intelectual inglés se escandalizaría ante la afirmación de que la raza blanca es superior a las otras, mientras que afirmar lo contrario sería irrecusable, incluso sin estar de acuerdo con ello.
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(...) hay una minoría de pacifistas intelectuales cuya auténtica - aunque nunca admitida - motivación parece ser el odio a la democracia occidental y la admiración por el totalitarismo.
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Pero, hoy en día, el principal peligro para la libertad de pensamiento y expresión no es la injerencia directa del Ministerio de Información o de otra instancia oficial. Si los responsables de las editoriales se afanan porque determinados temas queden inéditos, no es porque tengan miedo de que los persiga la justicia, sino porque temen a la opinión pública, (...) Lo siniestro de la censura literaria en Inglaterra es que en buena medida es voluntaria. Decir esto, eso o lo otro en realidad no está prohibido, pero es “impropio” exactamente como en plena época victoriana era “impropio” hablar de pantalones en presencia de damas. (...) En este momento, lo que la ortodoxia predominante exige es una admiración acrítica hacia la Rusia soviética.
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El servilismo con que la mayor parte de la intelligentsia inglesa se ha tragado y ha repetido la propaganda rusa de 1941 en adelante sería realmente asombroso si no fuera porque en varias ocasiones anteriores ha obrado de modo parecido. (...) Lo que resulta inquietante es que, si se trata de la URSS y su política, uno no pueda esperar una crítica inteligente - o, a menudo, ni siquiera simple franqueza - de escritores y periodistas liberales sobre quienes nadie ejerce una presión directa para que falseen sus opiniones. (...) La intelligentsia inglesa, o buena parte de ella, había desarrollado una lealtad nacionalista hacia la URSS, y en su fuero interno sentía que cualquier asomo de duda sobre la sabiduría de Stalin era una especie de blasfemia.
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Uno de los fenómenos característicos de nuestro tiempo el liberal renegado. Más allá del habitual aserto marxista de que la “libertad burguesa” es cosa ilusoria, hay ahora una tendencia generalizada a plantear que la democracia solo puede defenderse con métodos totalitarios. (...) En otras palabras: defender la democracia conlleva destruir cualquier forma de pensamiento independiente. (...) Esta gente no se da cuenta de que, si uno fomenta métodos totalitarios, puede llegar el día en que sean usados contra él y no en su favor.
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Es importante advertir de que la actual rusomanía no es sino un síntoma del debilitamiento generalizado de la tradición liberal de Occidente.
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Según las conocidas reglas de la antigua libertad.
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Aquella cacería de hombres tuvo lugar en España al mismo tiempo que las grandes purgas en la URSS y fue una suerte de complemento de estas últimas.
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Desde el punto de vista totalitario, la historia es algo que se crea y no algo que se estudia. (...) El totalitarismo exige, de hecho, la alteración continua del pasado y, a largo plazo, probablemente la falta de fe en la existencia misma de la verdad objetiva.
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En cualquier sociedad totalitaria que perdure más de un par de generaciones, es probable que la literatura en prosa, como la que ha existido los últimos cuatrocientos años, termine por desaparecer. La literatura ha florecido a veces bajo regímenes despóticos, pero, como se ha señalado a menudo, los despotismos del pasado no eran totalitarios. (...) La novedad del totalitarismo es que sus doctrinas no solo son incuestionables, sino también inestables.
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Una sociedad se vuelve totalitaria cuando su estructura se vuelve flagrantemente artificial, es decir, cuando su clase gobernante ha perdido su función pero consigue aferrarse al poder mediante la fuerza o el engaño. (...) Pero para dejarse corromper por el totalitarismo no hace falta vivir en un país totalitario. El simple predominio de determinadas ideas puede extenderse como un veneno que impida abordar con propósitos literarios un tema tras otro.
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(...) no existen razones de peso para pensar que la deriva general del régimen pudiese haber sido muy distinta. Mucho antes de 1923, las semillas de la sociedad totalitaria eran ya muy evidentes. Lenin, de hecho, fue uno de esos políticos que se granjean una reputación inmerecida al morir prematuramente.
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En los países donde no son capaces de establecer su dominio, los comunistas actúan como una quinta columna (...). Asimismo, está el asunto de los “compañeros de viaje”, los “criptocomunistas” y los simpatizantes en diversos grados que promueven los objetivos de los comunistas sin tener ningún vínculo oficial con ellos. (...) Probablemente algunos hayan actuado así por pura estupidez. A fin de cuentas, antes ya han pasado cosas así.
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Un intelectual literario moderno vive y escribe en un constante temor (no, por cierto, de la opinión pública en el sentido amplio de la palabra, sino de la opinión pública de su propio grupo). (...) Obviamente, durante los últimos quince años, la ortodoxia dominante, especialmente entre los jóvenes, ha sido la “izquierda”. Las palabras clave son “progresista” “democrático” y “revolucionario”, mientras que los sambenitos que hay que evitar a toda costa que te cuelguen son “burgués”, “reaccionario” y “fascista”. Casi todo el mundo hoy en día, incluidos la mayoría de los católicos y conservadores, es “progresista”, o al menos desea ser considerado así”.
George Orwell, Escritos contra el totalitarismo, 1937-1949.