«Platón subordinaba la ética a la política, en cuanto consideraba a la segunda como arquetipo de la primera, pero por eso mismo atribuía al Estado ideal una función esencialmente ética: la de realizar la justicia. Su adversario Trasímaco difería de él respecto al concepto mismo de la justicia, pero no negaba que el gobierno del más fuerte fuera un gobierno justo. Para él, la fuerza equivale a la moralidad, y un Estado ético será aquel que se organice en provecho del más fuerte. Hay en Trasímaco, como en otros sofistas, una reducción de la moral a la política de la agresión y de la prepotencia, pero no una antítesis conceptual y de principio entre moral y política. Este es el paso que da Maquiavelo a fines de la Edad Media y comienzos de la Moderna. Era preciso que transcurriera más de un milenio de Imperio cristiano para que alguien pudiera decir en Occidente que Estado y moralidad no sólo son términos diversos, de tal modo que el Estado ha de reconocerse en principio como algo a-moral (o sea, ajeno a toda ética, como los entes de la naturaleza, astros, plantas o bestias), sino también términos contrarios, de manera que el Estado aparezca como algo in-moral, en cuanto no puede lograr sus fines propios sin transgredir los más elementales principios éticos y sin conculcar los más altos valores morales, como la justicia y la libertad.»
Ángel J. Cappelletti: «La política como in-moralidad en Maquiavelo», en Estado y Poder Político en el Pensamiento Moderno. Universidad de los Andes: Consejo de Publicaciones, págs. 37-38. Mérida-Venezuela, 1994.
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