el regalo para el bebe araña
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En cuanto lo vio, Peter se quedó clavado en mitad del pasillo.
—No… —murmuró, como si hubiera encontrado un artefacto místico—. No puede ser real.
Dick, que venía detrás empujando el carrito con desgana de padre que preferiría estar colgándose de azoteas, alzó la vista por encima de una torre de cajas de Lego.
—¿Qué cosa mal diseñada por marketing de Wayne Enterprises tenemos aho…?
Y entonces también lo vio.
En la estantería de peluches, ocupando media balda, estaba aquello: un enorme muñeco redondo, básicamente una bolita gris con una chaqueta marrón abierta, un cinturón negro y una máscara roja con ojos enormes y negros cosidos. El murciélago en el pecho sobresalía como una manchita rojo oscuro en mitad del torso de nube.
Era Jason Todd.
Versión chibi.
Versión… considerablemente expandida.
Peter se acercó como si no quisiera asustarlo.
—Papá. —Alzó la mano, sin llegar a tocarlo—. Es… es Fatson Todd.
Dick soltó una risa tan rápida que casi le salió a la defensiva.
—¿Le han puesto ese nombre en serio? —Se inclinó, buscando la etiqueta—. No puede ser. No puede ser que Bruce haya dejado que registren eso.
Cogió el peluche para verle mejor el frontal. Pesaba más de lo que parecía; se sentía blando y denso, como una nube compactada. La etiqueta colgando de uno de los diminutos brazos decía: “RED HOOD SQUISH HERO – Colección Oficial Gotham Vigilantes™”.
—Cobardes —resopló Dick—. Ni una mención a que parece un globo.
Peter no se rió. Estaba demasiado ocupado mirándolo como si hubiera encontrado la cosa más importante del universo después del oxígeno.
—Es adorable —dijo al fin, con una seriedad que a Dick siempre le había recordado un poco a Alfred cuando hablaba de porcelana fina—. Es tío Jason pero… abrazable. Sin cigarrillos. Y sin escopeta.
—Eso esperamos —musitó Dick, apretando la costura del costado para comprobar que no llevase nada raro. Viejas costumbres.
El centro comercial rugía a su alrededor: niños gritando frente a la sección de videojuegos, luces parpadeando sobre una montaña de juguetes de plástico, un altavoz repitiendo una oferta de “2x1 en figuras de Batman” que Bruce habría detestado. Desde la sección de disfraces llegaba el eco de una risa infantil imitando al Joker, y Dick tuvo que recordarse que ese día estaba de civil, que era sábado, que había prometido un día normal. Un padre en vaqueros y camiseta, con su hijo y un batido de vainilla a medio terminar en el vaso de cartón.
Y ahí estaba, sosteniendo un peluche oficialmente licenciado de su cuñado vigilante homicida en rehabilitación.
—Jason va a tener un infarto cuando vea esto —murmuró, más para sí que para Peter.
—¿Se lo vas a enseñar? —preguntó el chico, sin quitar los ojos del peluche.
—Por supuesto. Les mandaré una foto al grupo. —Frunció una sonrisa—. “Mirad lo que Gotham considera merch familiar”.
Peter sonrió también, pero en un segundo la sonrisa se le volvió tímida, casi tímida de más, como si estuviera negociando consigo mismo.
—Podemos… podemos verlo solo, ¿no? No hace falta comprarlo.
Dick bajó la vista al peluche. Era horriblemente caro para lo que era, seguro; ya había visto los precios de la sección de “héroes locales”. Te cobraban incluso el aire dentro de las bolsas. Pero había algo en la forma en que Peter estaba parado: las manos metidas en los bolsillos de la sudadera, los hombros tensos, el gesto contenido como si no quisiera pedir demasiado.
Dick conocía ese lenguaje. Lo había inventado él.
—Sí, pero no pasa nada. —Encogió un hombro—. O sea, es gracioso. Y grande. Y… blandito. Pero ya me compraste el tomo de Nightwing hace dos semanas y…
—Peter, acabo de sobrevivir a tres reuniones en la Wayne Enterprises, firmando papeles que no entiendo, solo para poder pagarte la adolescencia. Voy a sacar algo de satisfacción de eso. —Le puso el peluche en los brazos, que casi desaparecieron entre la tela—. Además, mira su cara. No puedes abandonarlo aquí. Jason estaría traumado.
El chico abrazó la bola gris y roja. Casi le cubría el torso entero.
—Jason estaría insultando a los diseñadores —respondió, pero la sonrisa se le estaba escapando de control.
Dick lo observó un segundo.
Peter hundió la barbilla en el borde de la chaqueta marrón del peluche, como probando cuánto confort podía extraer de aquel artefacto absurdo. Sus dedos palparon la costura del bat-símbolo, luego una de las manitas grises.
Había algo increíblemente tierno en verlo así.
El hijo del acróbata que se convirtió en soldado de la noche; el niño que había visto demasiado de Gotham demasiado pronto. Y aun así, ahí estaba, dejándose ganar por un muñeco blandito de su tío reinsertado.
—¿Sabes qué es lo mejor? —dijo Dick, para romper el silencio antes de ponerse emocional de más en mitad de una juguetería—. Que si lo pones boca abajo, sigue siendo Jason.
Le dio la vuelta al peluche. La panza redonda apenas cambiaba la silueta.
Peter soltó una carcajada, de esas limpias que sonaban todavía a niño.
—Es un 360º de trauma —dijo—. Pero suave.
Dick rió también, y se le deshizo algo en el pecho.
A veces la vida era simple: estabas en un pasillo iluminado por fluorescentes baratos, tu hijo se reía de un peluche ridículo y, por unos minutos, Gotham no existía más allá de esos metros de linóleo.
—Venga —añadió—. Lo adoptamos. Antes de que Bruce saque una campaña anti-mercancía no regulada.
Se encaminó hacia la caja con el peluche rebotando en los brazos de Peter a cada paso. El chico lo iba apretando contra sí con la discreción de alguien que aún cree que mostrar que quieres algo demasiado es peligroso. Dick fingió no verlo, pero lo memorizó. Había aprendido, con los años, que los momentos que de verdad importaban eran los que parecían pequeños, ridículos, casi impropios de héroes.
El tipo de cosas que nunca salen en los informes de misión.
En la caja, la cajera —una chica con uñas negras y pegatinas de Harley Quinn en el identificador— escaneó el peluche y silbó.
—Vaya, Red Hood premium. Se vende mucho. —Miró a Peter—. Es el más blandito.
Peter, sujetándolo con cierto orgullo, bajó un poco la voz para conspirar:
—Es para que mi tío Jason vea que puede ser adorable.
La cajera soltó una risita cómplice.
—Eso no se lo digas a la cara —aconsejó, guiñando un ojo.
Mientras pasaba la tarjeta, Dick se dio cuenta de que le importaba menos de lo que debería cuánto estaba pagando. Gotham les había robado tantas cosas que empezar a comprar algunas atrás, aunque fuera en forma de peluches ridículos, le parecía casi un acto político.
Salieron de la tienda con la bolsa enorme colgando del brazo de Peter. Sin embargo, solo cruzaron dos tiendas cuando el chico ya la estaba abriendo para sacar al peluche y abrazarlo directamente.
—Va a ser un problema llevar eso en la moto —señaló Dick, divertido.
—Lo llevo yo en brazos —respondió Peter, como si fuera obvio—. Tú conduces, yo protejo a Fatson.
—Jason va a matarnos si se entera de que le llamas así.
La lluvia de Gotham estaba en modo “llovizna pegajosa” cuando salieron del centro comercial. El cielo era un techo gris sucio, reflejado en los charcos del aparcamiento. Dick se puso la chaqueta de cuero, algo que siempre lo hacía sentir diecisiete años otra vez, y miró la moto con resignación.
Peter se plantó a su lado, con el casco colgando del antebrazo, mientras llevaba el peluche apretado al pecho.
—Creo que necesita uno, ¿no? —preguntó, mirando la moto—. Un casco.
—Fatson Todd no cabe en un casco, pequeño —dijo Dick—. Además, casi seguro que es ignífugo. Legalmente tiene que serlo.
Sacó su móvil y, con una sonrisa que ya era malvada, colocó el peluche sobre el asiento de la moto, bien centrado, como un piloto redondo y pequeñito. Luego se agachó un poco para que el encuadre fuera perfecto: volante, peluche, lluvia cayendo, aquel fondo de Gotham elegante y miserable.
Peter se unió, haciendo un pequeño gesto con la mano detrás del peluche, como si estuviera saludando. Click.
Dick abrió el grupo de chat “Batfamily (sin Bruce)” y escribió:
Nuevo fichaje para las patrullas nocturnas. Más estable emocionalmente que la mitad del equipo.
Adjuntó la foto y le dio a enviar.
El móvil vibró menos de diez segundos después.
JAJAJAJAJAJAJAJAJAAJAJAJ
Fatson Todd canonizado.
Estadísticamente, tiene más probabilidades de sobrevivir a una explosión que el original. Es pura masa.
Peter se inclinó para leer y empezó a reírse tan fuerte que casi se le resbalaba el peluche.
—Tío Jason va a borrar el grupo —dijo entre risas.
—Que lo intente —respondió Dick—. A ver quién paga entonces las pizzas del jueves.
El móvil vibró de nuevo.
Jason:
PETER
no tú, el mini-Grayson
si traes eso a la cueva lo quemo
Peter resopló, encendiendo la pantalla de su propio móvil.
—Es tu tío. Tienes derecho a traumatizarle un poco.
Peter tecleó rápido, los dedos bailando sobre la pantalla. Luego le enseñó a Dick el mensaje antes de enviarlo.
Demasiado tarde, tío Jason. Ya duerme conmigo.
Dick se llevó una mano al corazón, teatral.
—Eso le dolerá más que cualquier crowbar —comentó.
Peter envió el mensaje, triunfante, y guardó el móvil para volver a abrazar al peluche.
—Te das cuenta de que acabas de declarar oficialmente una guerra de peluches, ¿no? —añadió Dick—. Jason va a contraatacar. Va a aparecer un día con un Fatwing, o algo así. Versión tuya.
Peter se sonrojó, pero los ojos le brillaron.
—No me importaría —dijo, bajito—. Sería justo.
Dick se quedó callado un momento, observándolo.
Eso era lo que más le desarmaba de su hijo: esa forma de aceptar el cariño disfrazado de broma, de guerra de peluches, de memes en el grupo. Como si hubiera entendido demasiado bien que en su familia las cosas importantes siempre llegaban camufladas de chiste.
Se subió a la moto, acomodó a Peter detrás, verificó dos veces que el casco estuviera bien abrochado. El peluche quedó atrapado entre ambos, una almohada absurda pero cálida.
—Listo —respondió Peter, y Dick sintió cómo el chico lo rodeaba con un brazo, apretando al mismo tiempo al peluche.
Cuando arrancó, el rugido del motor se mezcló con el murmullo lejano de la ciudad. Gotham era una mancha de luces difusas en la distancia, un monstruo familiar que se desperezaba bajo la lluvia. Había noches en que se sentía solo contra ella; había noches en que cada sombra le recordaba todas las cosas que no había conseguido arreglar.
Pero esa noche, en ese trayecto de vuelta a casa, llevaba a su hijo pegado a la espalda, un peluche ridículo de Jason Todd aplastado entre los dos, y el eco de las risas del grupo de chat todavía vibrando en el bolsillo.
No era una victoria épica.
No era una batalla ganada.
Era algo mejor:
una pequeña, absurda prueba de que, pese a todo, seguían encontrando maneras de abrazarse. Aunque fuera a través de un muñeco redondo con máscara roja y chaqueta marrón.
Y Gotham, por una vez, parecía un poquito menos oscura.
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