Hay muchas maneras de esclavizar a los pueblos. Y si bien la esclavitud de cadenas y bolas de hierro fue abolida hace muchísimos deceños, los gobiernos “democráticos” de la actualidad siguen encontrando maneras de esclavizar a la gente.
Hay muchas maneras de esclavizar a los pueblos. Una de ellas es sumergirlos en la miseria y la marginalidad. A un niño que no se lo educa, que no se lo estimula desde una temprana edad, se le está coartando su posibilidad de ser. Se lo está privando de aquello sagrado, de aquello que nos diferencia de las bestias, se lo priva de pensar.
Solo basta recorrer los pueblos del interior de muchos países latinoamericanos para recolectar pruebas de esto. Pueblos en lugares paradisíacos, con vastas playas y hermosos paisajes para que lo niños puedan jugar por doquier y dar rienda suelta a su imaginación. Pero no es esto lo que sucede, en el mejor de los casos.
Nos encontramos con pueblos silenciosos, de calles desérticas, donde no se escuchan risas ni juegos… Y nos vemos obligados a preguntar si es que verdaderamente hay niños allí o si es un pueblo de fantasmas.
Y sí los hay, los hay por todas partes, pero su silencio lo invisibiliza. Los hallamos sentados en bancos, debajo de palmeras, como estatuas, inertes, aburridos, con movimientos y reacciones demasiado lentas para niños de su edad… Como si de cierta manera, estuviesen cumpliendo con un designo, con un destino que no eligieron, pero que saben de alguna manera inevitable… El de no ser niños.
Y Guadalupe sabe esto… Sabe que quizás la vida no le repare grandes cosas en su futuro, pero lo acepta con dignidad y resignación, como le enseñaron en su casa, y lo acepta además, porque no conoce otras cosas.
De todas maneras, como cualquier niña de 15 años, no puede dejar de verse atraída por todo lo novedoso y ocurrente que pueda suceder en un pueblo muy poco novedoso y ocurrente como el suyo.
Por eso, a la hora de la siesta, le gusta caminar por las tranquilas calles del pueblo en busca de alguna aventura… Pero en el último tiempo, se ha dado cuenta que se ha vuelto demasiado grande para las aventuras… Y ha decidido comenzar a mostrarse como una niña de su edad.
Entonces, a la hora de la siesta, mientras sus padres descansan, roba el pequeño celular de su mamá y sale pasear en busca de algo nuevo, pero con el apoyo de aquel diminuto aparatejo que mucho no sabe usar, pero que le sirve para fingir desinterés por las cosas.
Esa tarde de enero, salió igual que como cualquier otra, con su celular en la mano, y dio la recorrida que usualmente da por el centro del pueblo.
Pero lo que encontró ese día no era lo que usualmente encontraba. Dos cuadras antes de llegar a la plaza del centro, escuchó risas y gritos que despertaron su atención y comenzó a caminar más rápido para descubrir la fuente de tanto divertimento. Al llegar, de todas maneras, realentó su paso, fingiendo no estar verdaderamente interesada por lo que acontencía.
En la plaza, estaban todas sus vecinas, que eran cuatro niñas entre 9 y 10 años jugando a una especie de “mancha pelota” con un joven blanco, más grande, de quién no podía precisar bien la edad, pero le parecía era “mucho muy grande” y “americano”. Así le dicen los lugareños a los nativos estadounidenses.
Decidió pasar por delante de ellos para ver qué hacían y pegar una mejor hojeada a aquel hombre extranjero. Y se dio cuenta que estaba equivocada. Ni el joven era tan grande, ni era tan americano como ella pensaba… “porque hablaba como nosotros, pero raro”, me dijo después cuando le pregunté; y entendí enseguida, que “como nosotros” significaba en español, pero de algún otro lugar de Sudamérica.
Se sintió inmediatamente atraída por aquel juego de correr y lanzar la pelota… pero no podía demostrarlo… No podía fingir interes en algo que pensaba no era propio de su edad… Así que pasó por delante, los miró de arriba abajo de forma desinteresada y algo altanera, y continuó su recorrida por el pueblo.
Quince minutos más tarde, habiendo ya recorrido cada recoveco de aquel acotado lugar, decidió pasar nuevamente por la plaza… Y ahora el panorama había cambiado aún más… Ya no eran solo sus vecinas las que estaban jugando “a la mancha o el manchado, no me acuerdo bien”, sino que se habían acoplado niños de las casas aledañas, y ya eran diez en total… Y los vecinos, habían comenzado a salir de sus hogares para ver qué pasaba, porque aquel estruendoso sonido de risas y alboroto era algo a lo que, definitivamente, no estaban acostumbrados.
Y nuevamente, sintió ganas de jugar… Y nuevamente, las reprimió con toda la fuerza que su madre le había enseñado a tener… porque no sabía cómo acercarse, porque le daba vergüenza, porque ya estaba grande. Así que desfiló nuevamente, frente aquella muchedumbre de niños, con su rostro desinteresado, como si nada pudiese cautivarla más que aquel juego de viborita del celular al que, en realidad, no estaba jugando.
Decidió, entonces, emprender su recorrido hacia la playa… donde podría estar sola y analizar mejor todo aquello extraño y nuevo que sucedía. Se distanció dos cuadras, entró en la primera playa costera, y se sentó en un tronco a mirar el mar, de espaldas a todo aquello que tanto interés le causaba. Y se puso a llorar… Pero no sabía bien por qué… No sabía si era la emoción de que alguien, finalmente, hubiera decidido jugar con los niños de aquel olvidado lugar, o si se debía a su propia imposibilidad de formar parte de esa experiencia… O quizás, a una mezcla de ambas.
Y mientras las lágrimas brotaban de sus hermosos ojos morenos, escuchaba como el ruido del juego se acrecentaba por doquier. Ya no parecían diez o veinte, parecía como si hubiera cincuenta niños jugando en esa pequeña plaza.
Entonces, supo que no podía más. Se secó rápidamente las lágrimas de rostro y corrió las dos cuadras que la alejaban de ese centro de alegría y diversión… Llegó corriendo y esta vez no le importó que la viesen corriendo, se acercó al muchacho blanco de ojos de cielo, le tiró de la remera y le dijo entusiasmada: “¿Yo también puedo jugar?” “Claro”, respondió él, “te estábamos esperando”.
El resto es historia. Su historia. Mi historia ahora. Una tarde en la vida de una niña que decidió vencer sus miedos y los de su pueblo, para entregarse al juego, aunque fuera un ratito, aunque fuera con gente que no conocía bien, aunque se sintiese demasiado grande para hacer lo que estaba haciendo.