📍Cicatrices que no deberían ser parte del uniforme
Me quemé la muñeca con grasa caliente. Feo.
No fui al médico, no hubo incapacidad ni una venda oficial. Al otro día ya estaba de regreso, como si nada.
Porque así es esto, ¿no? “Ni que fuera para tanto”.
En cocina hay una cultura bien torcida de aguantarse.
Te cortas: enjuágate, egapak, guante y a seguir.
Te quemas: un poco de mostaza, clara de huevo si hay.
Alguien te cuenta que él se partió el dedo y siguió cocinando.
Otro que se desmayó y regresó antes de que enfriara la plancha.
Y tú solo piensas: “Entonces yo qué chillo”.
Se espera que tu cuerpo no importe, que tu dolor no estorbe, que no frenes el servicio por estar sangrando.
Y eso, aunque suene normal para muchos, no debería serlo.
No es una queja.
Es una realidad que se repite en cada cocina donde la gente trabaja sin prestaciones, sin seguro, sin protección, con más miedo a perder el trabajo que a perder un dedo.
Este oficio tiene pasión, claro.
Pero también tiene un nivel de abandono al que ya nos acostumbramos.
Y mientras sigamos diciendo “a mí me pasó peor y no dije nada”, vamos a seguir dejando que las heridas cicatricen más rápido que el sentido común.













